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martes, 15 de abril de 2014

EL CINE Y EL DESEO por José Manuel Campillo Ortega

Hoy hablaremos del deseo, esa fuerza irracional que nos impela en busca de mares ignotos y que estira nuestras capacidades con la misma decisión con la que Nadal pega drives en la central de Roland Garros. Esa Cupiditas que nos excede y proyecta hacia algo siempre superior a nosotros.

Haremos el recorrido a través de diez películas que pueden servir de paradigma para mostrar ese estiramiento del ente en busca del ser. O, sin ser tan metafísicos, del hombre en busca de aquello que él considera que lo completa, aunque algunas veces lo disminuya.

1) El coleccionista (amado).
Terence Stamp secuestra a Samantha Eggar con la intención de que se enamore de él. Considera que no debe hacer lo que todos los mortales, esto es, invitarla al cine, pagarle una cena, decirle mil lindezas, etcétera, etcétera, etcétera… para que al final le diga aquello de … te quiero como a un amigo. Él es más directo. Si bien, como nos muestra William Wyler, hay cosas que la voluntad no puede conseguir.

Evidentemente, no podemos forzar a nadie a que se enamore de nosotros. Incluso, es más, suele guardar una relación directa nuestro acercamiento con el alejamiento de la otra persona.


2) 9 semanas y media (sexual).
Con la música de Joe Cocker. Ya saben «You Can Leave Your Hat On», Kim Basinger levantó el banderín de salida para que nuestro lado más concupiscible aflorara. Bueno… y lo que no es el banderín. Creo que media España deseó a la Basinger durante todo un año. La otra… la sigue deseando aún.

Ese cubito que en la mente de algunos sigue sin derretirse, ha pasado al top ten del fetichismo cinematográfico. ¡Y por méritos propios! ¡Qué bien pespuntea la aterciopelada piel de Kim!


3) El paciente inglés (encontrarse).
A través de una remembranza sin semántica tramposa, Ralph Fiennes intenta hallar quién es y quién ha sido.

Si es difícil para cualquier mortal saber dónde está y adónde debe dirigirse, todavía lo es más para este personaje entreverado en una suerte de Lawrence de Arabia, General Custer y Rick Blaine.

Paradigmático sobre el carácter del protagonista es la escena en la que se nos muestra en el desierto, y comprobamos que en su mochila lleva un libro. ¡Increíble! Con las cosas que uno debe meter en un kit de supervivencia, y Fiennes lleva la Historia de Heródoto.  Por cierto, ¿qué libro llevarían ustedes?


4) El séptimo sello (metafísico).
Esta no es una historia sobre la metafísica, ya saben, ir más allá de la física, de lo evidente. Incluso, o sobre todo, de lo real. Esta es la historia de un director (Ingmar Bergman) que deseó ser tan metafísico que fue más allá de la propia metafísica. La he visto ocho veces y aún no les puedo decir claramente de qué va. Y he de confesarles que di una conferencia sobre ella. Aprovecho ahora para pedir perdón al escaso público.


5) El retrato de Dorian Gray (belleza).
No sé quién dijo que la belleza es una carta de recomendación a corto plazo, pero sí sé que Gray no se enteró.

Mediante un retrato que le hace su amigo Basil busca un pacto con el diablo que le otorgue la belleza eterna. Pero con el diablo, al no ser que seas tú también un pequeño Mefistófeles, no se deben hacer pactos: siempre se pierde.

La belleza y la juventud, al igual que nuestro proyecto de futuro, tienen una existencia exigua. Decaen con la rítmica cadencia de un vals de Strauss, aunque no de manera tan bella.


6) Doce hombres sin piedad (ecuanimidad).
Haciendo suya la idea de la ética habermasiana. Aquella de que mediante el dialogo racional (racionalidad comunicativa) podemos alcanzar la verdad y la validez normativa, Henry Fonda lucha contra la injusticia con la misma determinación con la que el Atlético de Madrid lo hace por la Liga. Con la frase de Thoreau ínsita en él: «Cualquier hombre que tenga más razón que sus prójimos ya constituye una mayoría de uno», no se concede tregua en su búsqueda de la verdad.


7) La naranja mecánica (violencia).
Alex de Largue y sus drugos suelen asistir al Korova Milk bar a beber un poco de leche-plus que potencia aquello que ellos tienen latente: la violencia. Se dedican, acompañados de la briosa gazza ladra de Rossini, a dar rienda suelta a la ultraviolencia que generan sus conexiones neuronales, o la ausencia de estas. En su estreno en Gran Bretaña tuvo que ser suspendida la exhibición porque aumentaron las pandillas violentas. Y es que ya se sabe: todo se pega…


8) Alguien voló sobre el nido del cuco (normalidad).
Randle McMurphy es la persona diferente que hace que nos planteemos si los que vamos en dirección contraria somos nosotros (ya saben el chiste). En una sociedad normalizada, ¿quiénes son los locos? Quizá los normalizados. Eso es lo que nos muestra Jack Nicholson mediante sus vivencias en el hospital psiquiátrico.            

Los cuerdos, dentro de sus particularidades, son los internos. Al fin y al cabo, ya se sabe que la normalidad y la patología la fijan las sociedades; y estas son tan variables como las promesas de amor eterno. Bueno, las promesas no, su cumplimiento.


9) El crepúsculo de los dioses (gustar).
Norma Desmond es la estrella Alfa que se apaga como si ya fuera Omega. No hay luz humana en el firmamento que no se apague. Y el que no comprenda esto que se haga desmoniano. Los egos son tan peligrosos como las malas ideas. Un ego no arrojado nunca al fango de la realidad nos puede hacer más daño que un mal libro.


10) Solo ante el peligro (deber).
Will Kane es el hombre que debe elegir entre la felicidad y el deber, y elige lo segundo. Antepone lo que su conciencia moral le dicta a sus deseos. Y eso lo convierte en una especie de héroe. No importa él, sí su conciencia. ¡Cuánta honradez hay en esa máxima!

Es verdad que los habitantes de Hadleyville nos muestran las miserias del ser humano pero, en contraposición, eso todavía hace más grande su leyenda. Y es que aunque Will esté solo ante el peligro, no hay miedo. Porque Will dispara con el revólver del deber, y este nunca falla.


Posdata: Se ha quedado fuera de esta lista El fontanero, su mujer y otras cosas de meter, pero es que solo podía poner diez. La iba a incluir en la categoría de deseo de… ¿Ustedes en cuál la incluirían? No, esa no. ¡Qué pícaros son! En la de buscar rimas consonantes hasta en el título. Si no me creen, véanla. Las onomatopeyas se lo confirmarán.

JOSÉ MANUEL CAMPILLO ORTEGA

jueves, 27 de junio de 2013

REFLEXIÓN SOBRE EL ESTUDIO DE ANIMACIÓN GHIBLI



En 1985 nació en Japón una de las productoras de animación más encantadoras del planeta, con una cantidad de aportes ya bastante respetable y la dirección de dos genios del cine animado como Hayao Miyazaki e Isao Takahata. En España, a modo de antigua referencia, sus obras suelen ser presentadas bajo el eslogan de los creadores de Heidi y Marco. Estamos hablando, cómo no, de Studio Ghibli, aquella entrañable y maravillosa productora que consigue escapar del tradicional acervo agresivo de que adolece comúnmente el cine animado japonés.

Su mayor conquista quizá sea la de haber conseguido calar entre el público de cualquier edad pese a la más o menos habitual orientación infantil de sus obras, competir muy honrosamente con el agigantado poder propagandístico de Disney en varios países del mundo, o solidificar un mito indestructible en tierra japonesa; pero Studio Ghibli consigue además enamorar a los amantes del buen cine. Bandas sonoras inolvidables de Joe Hisaishi, efectos informáticos muy localizados y de escaso alarde gratuito, y un trabajo a mano que es el sello artesanal de todas sus obras pese a la invasión de las nuevas tecnologías, consiguiendo no sólo dar lo máximo al espectador sino también acompañar sus films de una calidez humana que hace que los que disfrutaron de pequeños ya nunca dejen de seguir el progreso de Studio Ghibli.



La autoría de su éxito tiene indudablemente nombre y apellidos, y por ello debemos citar a Isao Takahata, director de La tumba de las luciérnagas (1988), un escenario brutal de dramatismo capaz de recaudar simpatizantes en cualquier país del mundo, Recuerdos del ayer (1991) o Pompoko (1994), pero sobre todo a Hayao Miyazaki, director de éxitos como La princesa Mononoke (1997) o El viaje de Chihiro (2001), que además de conseguir entrar en el impermeable mercado español a lo grande, es decir desde anunciados estrenos en la gran pantalla pese al concepto gris y homogéneo que por lo general allí se tiene del cine japonés de animación, lograron obtener el prestigioso premio Óscar de la Academia. Sus obras más emblemáticas serán sin duda Porco Rosso (1992), una interesante aventura crítica ambientada en la Italia fascista de los años treinta, Nausicaä del Valle del Viento (1984), la primera gran obra del director, y especialmente Mi vecino Totoro, que desde su aparición en 1988 se impuso de tal modo que fue reconocido como el emblema de los estudios, algo así y dicho humildemente como Mickey para Walt Disney Productions.

Mi vecino Totoro (1988) es mágico, irreal y maravilloso. Desde la óptica de dos alegres e imaginativas pequeñas podremos aprender el sentido espiritual de los bosques del Japón, adaptado para el público de una forma amena y divertida en una ficción en la que no faltarán ni el drama ni la risa. Su rítmica música da comienzo a una aventura con intenciones modestas pero que consiguió dejar sello en cientos de miles de corazones de todo el mundo. Quizá sea esa su grandeza, pues sin gozar de grandes pretensiones logró lo que muy pocos han conseguido: que los espectadores no sólo disfruten viéndola, sino que también queden enamorados de la productiva imaginación de Hayao Miyazaki.


En una valoración general, no puedo recalcar otros agasajos para Studio Ghibli que los ya leídos anteriormente, pues aunque el genio artístico de sus cineastas es manifiesta en cualquier obra, su valor no puede explicarse sin dejarse contagiar por una visión pasional. Studio Ghibli es capaz de envolver los sentidos del espectador, estremecerle y alegrarle la tarde. ¿Hay algo más maravilloso en una obra cinematográfica?

GÓMEZ JORDELL

martes, 3 de abril de 2012

ALIEN (1979) vs. ALIENS (1986)


Tras el éxito cosechado por Ridley Scott se dio paso al regreso de la máquina perfecta, pero lamentablemente esto no ocurre. Alien, el octavo pasajero (1979, Ridley Scott) forma parte de la historia como una de las mejores películas de ciencia ficción, en todos sus aspectos cinematográficos. A raíz de ella permanecen en la memoria personajes memorables como el alienígena y la Teniente Ripley. El primero sigue siendo explotado hasta la saciedad y sin sentido, y la segunda siguió apareciendo en las sucesivas secuelas, salvándose solo la realizada por James Cameron. Tenia un gran recuerdo de Aliens, el regreso (1986), sobre todo por tanta aparición de ese ser diseñado para matar, salvo a Sigourney Weaver y a Michael Biehn; porque claro, una vez que vimos que Biehn lidió contra Terminator, pues no iba a ser menos contra Alien, y encima estaba acompañado de maquinaria pesada. Pero tras otro visionado quedé chafado.

La obsesión de la humanidad por conocer nuestros orígenes y la búsqueda de vida inteligente mas allá de nuestro sistema solar no tiene límites, hasta tal punto de engañar a toda una tripulación y anteponer vidas por unos indicios de vida extraterrestre. Siempre se nos ha considerado meros espectadores en el universo infinito, como a una raza inferior, esperando a que nuestra lenta evolución nos lleve a viajar por el espacio en búsqueda de aquello que anhelamos, y en esta ocasión no iba a ser menos pues se nos muestra como a unos huéspedes para el desarrollo alienígena y posterior colonización, algo aterrador, que desconocemos.


Alien, El octavo pasajero dio otra vuelta de tuerca al género, tras la obra de Stanley Kubrick. Las escenas en las que vemos a la tripulación descendiendo de la Nostromo para explorar las señales alienígenas a través de las cámaras de los protagonistas son portentosas, sobre todo al ver la nave Alien con forma de anillo mediante interferencias. Sin palabras. Cameron aportó armamento y más aliens, y un final flojísimo carente de credibilidad.

Sin mostrar a la criatura en gran parte del metraje, Ridley Scott logró crear una tensión constante manteniéndonos pegados a la butaca y sin aliento, creando un ambiente  de incertidumbre, agonía y terror ante lo desconocido, acompañado por una gran banda sonora que aterroriza. Memorable es la parte de la película en la que algunos miembros de la tripulación descubren el espectacular interior de la nave y la impresionante plantación de huevos Alien, como las vainas de La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), mucho más que la ya famosísima escena del Alien saliendo del pecho. También ésta es impresionante. Como lo es también el Alien babeando, en la quadrilogia, icono de la ciencia-ficción.




El universo de Ridley Scott nos deja atónitos desde los míticos títulos de crédito hasta la aparición de la criatura pasando por el androide, el cultivo de huevos, la lucha por la supervivencia y el miedo a lo desconocido ante un universo oscuro, sobre todo la soledad que representa su inmensidad, y desestabilizador por el poco conocimiento que se tiene de el que pondrá a prueba la capacidad de lucha de Ripley y compañía. Sigue sin atraerme el final de Alien, el octavo pasajero, esa forma tan fácil de poner fin al Alien, sobre todo por la fuerza de atracción que produce la compuerta abierta y que sobre la teniente apenas ejerce; pero aún así esta a años luz de Aliens, el regreso y sucesivas.

Una vez derrotado el Alien y de regreso a casa nos encontramos con que el planeta extraterrestre, cómo no, ha sido colonizado por el hombre. En esta ocasión James Cameron con una visión de la secuela militarizada hasta la médula aprovecha el tirón para demostrar una vez más que segundas partes nunca fueron buenas. Y esta no iba a ser menos. Todo se repite, es el mismo cuento pero diferente director. Nos encontramos con una serie de confrontaciones entre altos cargos y subordinados, no tanto ya entre los "rangers del espacio", que son una unidad de arrogantes que perecerá ante lo inevitable. Mucho Alien por aquí y por allá, para que al final volvamos a ver otra vez a Ripley, esta vez a bordo de un montón de chatarra que es capaz con músculo y medio de vencer al todo poderoso Alien, y  encima idéntico final al del octavo pasajero. Sólo destaco de esta continuación el descubrimiento de la Reina Alien, que es impresionantemente impresionante, incubando y desprendiéndose del cordón umbilical para pasar a la acción, pero que se desvanece con una rapidez que no hace honor a su capacidad destructora.


MIGUEL ÁNGEL ACOSTA RODRÍGUEZ

domingo, 26 de febrero de 2012

GRANDES PELÍCULAS QUE INJUSTAMENTE NO FUERON PREMIADAS POR LA ACADEMIA DE HOLLYWOOD


En la historia de estos premios ha habido injusticias que después de los años, la crítica y sobre todo el público, han  sabido revalorizar y convertir films que no fueron recompensados en ese momento en joyas indiscutibles de nuestro bonito celuloide.

En este reportaje, el segundo de este blog sobre los premios más queridos y criticados de la historia cinematográfica, hago humildemente un corto recorrido sobre aquellos films que injustamente no fueron premiados y que nosotros mismos amamos y no entendemos el porqué de la decisión en ese momento: ¿equivocación o política? La pregunta que siempre nos haremos cuando se conceden estos premios.

La historia ha dado infinidad de personalidades que nunca obtuvieron un Óscar a lo largo de su trayectoria profesional. Bien es el caso que la considerada mejor película de la historia, Ciudadano Kane (1941), obtuviera solo el Óscar al mejor guión; que aunque en mi opinión es el Óscar mas importante, se queda corto para un film donde su técnica y narrativa son un hito cinematográfico, y el tiempo y la critica así lo han corroborado.

Por el contrario películas como Gran Hotel (1932) de Edmund Goulding solamente obtuvo el Óscar al mejor film. Paradójicamente no le recompensaron con otros. Por lo tanto, ¿qué de bueno tiene esta película para conseguir el máximo galardón?.

A continuación les muestro cinco films injustamente olvidados en estos premios y que son considerados obras imprescindibles del cine y de la cultura en general:


-Tiempos modernos de Charles Chaplin (1936). Aunque Chaplin recibió su correspondiente Óscar honorífico en 1977, justo antes de morir, por supuesto fue uno de los films que más hizo hablar a la gente del momento y las ideas políticas de su creador quedaron plasmadas en un film perfecto donde no se sabe si reír o llorar. Fue uno de los directores más envidiados del siglo y tuvo demasiado poder, cosa que en Hollywood no gustaba mucho. Otro caso parecido fue el del citado anteriormente Orson Welles en su ópera prima. Pero Chaplin   llenaba cines por doquier, muy al contrario de Welles, que no era muy querido por el público.


-Uno de los casos mas paradigmáticos es sin duda Gilda de Charles Vidor (1946), película muy querida por el público, y no sólo por la preciosa Rita Hayworth. Tiene un buen hacer difícil de superar y su grandeza la asemejo bastante a la oscarizada Casablanca (1942) de Michael Curtiz. Gracias a su sencillez se convierte en obra maestra del cine, siendo un gran hallazgo para quien no la haya visto todavía, y un deleite para quien la vuelve a ver. Por aquellos años se olía ya el macarthismo.


-Psicosis (1960, Alfred Hitchcock) Hablar de esta película es hablar de un estilo distinto, de una narrativa en la que nace la llamada regla MacGuffin, que rompe todo arquetipo clásico y nos traslada a otra trama que jamás hubiéramos pensado. Porque si era interesante la trama de Marion Crane (Janet Leigh) es más aún la de Norman Bates (Anthony Perkins). Dos películas, me atrevo a decir, distintas en una sola. Tampoco recibió el Óscar Bernard Herrmann y tampoco su montaje, esos 70 tiros de cámara en una ducha con un cuerpo que no enseña ninguna parte que la censura pudiera cortar. Eso ya es para darle el Óscar.


-Blade Runner (1982, Ridley Scott). Hito de la ciencia ficción. Película que marcó un antes y un después en cuanto a efectos especiales y paradigma cinematográfico con una estética difícil de igualar. Scott ya nos tiene acostumbrados a esto. Una historia que nos ayuda a amar la vida y darle la máxima importancia, en un excelente guión de David W. Peoples y una magistral dirección. ¿Pero cómo un film de ciencia ficción iba a ser premiado por la academia?.


-Cadena perpetua (1994, Frank Darabont). Para muchos no estaría a la altura de estas últimas obras, pero en mi opinión es un gran película que podría tener varios oscars. Porque si tiene Óscar al mejor film películas como Shakespeare enamorado (1998, 7oscars); En tierra hostil (2008, 6 oscars); o El mayor espectáculo del mundo (1952, 2 oscars), por citar algunas; ésta que gustó mucho al público y a la crítica, bien que de sus 7 nominaciones hubiera recibido alguno. No hubiera sorprendido a nadie. Ese año estaba Forrest Gump (1994, Robert Zemeckis).

En fin, todos estos films ya no necesitan ningún premio porque las recordaremos como films absolutamente inolvidables. Sí que es verdad que estos films, si hubieran sido realizados en otro año hubieran llegado a conseguir algún que otro galardón, e incluso el máximo galardón. Menos mal que son obras que el tiempo le ha sabido dar la importancia que tienen y tanto el público como la crítica las han dejado en el altar de  clásicos del cine y si cabe en nuestro corazón cinéfilo.

Aunque siempre pensaré que mejor no premiar algo que no se entiende, como es el caso de 2001: Una odisea en el espacio (1968, Stanley Kubrick), Óscar a sus efectos especiales pero incomprensiblemente ningún Óscar más. Un film que revoluciona el cine en todos sus aspectos remarcando el año 1968 como el germen de la modernidad del cine de ciencia ficción. Pero Stanley Kubrick es palo de otro costado y es un film muy adelantado a su tiempo.

Otro caso que sorprende que no obtuviera el Óscar a mejor película es El crepúsculo de los dioses (1950, Billy Wilder); obtuvo el guión, banda sonora y dirección de arte; pero ese año estaba otro hallazgo de suma importancia: Eva al desnudo (1950, Joseph L. Mankiewicz).

Estos casos se cuentas por millares y no terminaría nunca así que invito a nuestros lectores a que nos den, por lo menos, un film olvidado.

CARLITOS WAY

jueves, 20 de octubre de 2011

EL OTRO CINE AMERICANO

Al margen de Hollywood y mucho más al margen de los que se enfundan en sus pretendidos trajes de al margen del margen de Hollywood (por Dios, que todavía exista gente que piense que el cine americano equivale a California, es deprimente), existe una forma de vida cinematográfica  formada por un grupo de directores y actores, que ven la vida desde puntos de vista muy diferentes al del resto de sus compatriotas. Unos tipos, tras pasar por diferentes festivales,  que se conocieron y llegaron a la conclusión  de  que sentían y compartían las mismas maneras a la hora de enfrentarse al cine. Y lo que les une es la preocupación por los hombres y todos sus estúpidos comportamientos cotidianos, unas planificaciones semejantes y un amor por el cine puro: una cámara, digital por supuesto, bajo presupuesto, buenos actores y argumentos que se anclan en un presente perecedero, absurdo y salpicado de pánico.
Como nuestra sociedad está tan empeñada en colocar etiquetas a todo lo que se mueve, estos chicos tienen la suya: Young American Filmmakers.  Aunque alguno sin escrúpulos esté decidido en denominarlo  Cine Indie. Me quedo con lo de Filmmakers. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón que cuando te dedicas a  hacer cine, o simplemente narrar, y no eliges otras profesiones más valoradas, despojadas de desengaños vitales y mejor remuneradas, es porque te gusta lo que haces y ya está. Pero no por el mero hecho de compartir tus anhelos y temores, más bien porque es un proceso doloroso del que no te quieres bajar y porque llega un momento en que no conoces otra cosa, no sabes hacer otra cosa, un terrible dolor al buscar el plano perfecto, bañado de juventud, una secuencia novedosa.  Dirigir, para  muchos, es una forma de suplir sus carencias afectivas que anidaron en su juventud, de dar rienda suelta a cualquier estupidez que se les pase por la cabeza, a decir tonterías en una entrevista (como si algunos nos importará) o en un blog, acostarse con fulanas y fulanos y ganar, ganar mucho dinero, ver cuatro películas de estreno y querer ser uno más de la manada. No, no. No es pesimismo es realidad. Uno tiene que ser consciente  que día tras día trabajas para lo efímero e inmediato y que, con suerte, tu trabajo quedará para  un puñado de idiotas como tú. ¿Cómo demostrar tu trabajo? No puedes. En una fiesta nunca serás el centro, a no ser que toques la guitarra, como en Hannah takes the stairs, Hannah, guionista desquilibrada, le dice a su compañera de piso que la envidia porque en una fiesta no pude demostrar su talento. Claro, su compañera de piso canta y toca la guitarra.
Hacer cine es otra cosa. Y creo que esta gente,  a no ser que un día me lleve al desengaño, lo hace. Sin embargo sus influencias, admitidas o no, se vislumbran en sus películas: de la Nouvelle vague, han tomado nota, no sé sin pretenderlo o no ,un aire político los acaricia( la era Bush), Cassavettes, el gran olvidado por todos los que le llevaban como estandarte o los hermanos belgas Dardenne, mencionados por los también hermanos Zellner. Pero yo iría más allá y apuntaría hasta el John Huston de Fat City (1972) e incluso el primer Jarmush.
Lo bueno de este grupo de cineastas es que no son unos meros ensimismados de sus pulsiones, realidades individuales, y sólo les preocupe contar  y aburrir al personal con sus cotidianidades americanas. No. Porque son capaces de atreverse con distintos géneros, como a continuación veremos, de terror, comedia, drama…
Ya advertimos con “Wendy and Lucy” de Kelly Reichardt que convergían dentro del cine norteamericano otros horizontes y otras maneras de hacer películas, bueno, pues aquí está la prueba.

Goliath . David y Nathan Zellner. 2008

Goliath es un gato y está perdido. A partir de esta idea los hermanos Zellner fabrican una comedia amarga en la que su personaje, a raíz de este desencadenante, observa (porque al igual que nosotros se convierte en un agente paciente), como toda su superflua  vida comienza a impregnarse de miseria. Los Zellner manejan a su personaje por una sociedad fatua, falta de ideales, individual y miedosa, y no hay mejor crítica que la que se limita  a sugerir más que a señalar.  Los hermanos saben de cine y lo demuestran. Una comedia no es sólo un compendio de chistes fáciles o escatológicos, lo visual es un pilar maestro aunque parezca que se haya olvidado, el cine actual ya no sugiere, lo que hace es recalcar, subrayar y aburrir con palabrería. El cine no es sólo palabra, es sonido y fotografía, y eso muchacho, pues ya ves, se olvidó.
La película se abre  con el protagonista, encarnado por uno de los hermanos, justificándose ante su exmujer  por móvil, bueno, más bien dejando un mensaje en el buzón de voz. Llega a casa, comida preparada y un poco de porno asiático. Búsqueda del gato con la única herramienta que podría llamar la atención del felino: un exprimidor de zumo (impagable la secuencia  del desesperado propietario  con el susodicho trasto  conectado a un altavoz, al borde de una autovía). Le degradan  en el trabajo y encuentra a su gato, muerto en un arcén. A partir de ahí su obsesión es la caza  de un pederasta que vive cerca (el otro hermano Zellner es quien le da vida) cuya única forma de expresarse es un micrófono que aproxima   a sus cuerdas vocales.
Es una comedia  con muy mala sombra, dirigida por  unos tipos que están muy cansados de ver que nada a su alrededor funciona, que la vida, nuestras relaciones sociales, y la tecnología burocrática siempre andarán en conflicto.
Luke & Brie are on a first date. Chad Hartigan. 2008


El título ya lo dice todo, la acción de la película se sitúa en la primera cita de Luke y Brie. Encorsetándola, diríamos que estamos ante una comedia romántica. Pero no es sólo eso. Ante una premisa simple y universal,  el tan agotado chico conoce a chica, Hartigan desarrolla  un tema poco tratado por el cine: la fascinante ceremonia del primer encuentro. Poco a poco el director nos introduce en el universo de los dos personajes y de  todos los complejos, debilidades y fobias que subyugan al ser humano. La película  aparentemente no pretende ninguna transcendentalidad. Lo dicho aparentemente. Porque Luke & Brie are on a first date al finalizar  nos lleva a plantearnos muchas cosas sobre nosotros y a preguntarnos sobre el futuro, probablemente incierto, de los dos personajes y, aunque algunos digan qué demonios tenemos que ver con una pareja americana, asistimos ante algo muy familiar.
Hartigan planteó el rodaje  en cinco días, con dos localizaciones, pocos dólares y dos cámaras. De ahí la frescura del film. ¿Qué lleva a un grupo de jóvenes cineastas a esto? Sencillo, lo mismo que movió a los antiguos directores cuando se dieron cuenta que el cinematógrafo era un arma muy poderosa, contar historias, y con ello empatizar y entretener al espectador. La televisión y la MTV ha hecho mucho daño, sin embargo ellos apuestan por lo más ancestral, desde las cavernas, que es narrar de forma efectiva. Saben mucho del  Free Cinema inglés, Nouvelle Vague (ya que dudo que conozcan  las patrias  Escuela de Salamanca y la de Argüelles ) y de los, ya, viejos directores americanos antes de que se vendieran a las exigencias del mercado. Algo, desgraciadamente, tan presentes en todas las Artes.
La planificación del director podría plantearse como heredera directa de los realizadores de televisión de estos momentos, sin trípode, ajustes de foco  en el momento menos indicado y largos planos secuencia. No lo creo. En esta película todo gira ante el trabajo, por cierto solvente, de los dos actores. George Ducker en el papel de Luke y , una vecina del director sin nociones de interpretación, Chad Hartgan, que  intervino en el guión para dar más similitud a la postura femenina.
Baghead. Jay y Mark Duplass. 2008.


Los Duplass en su segundo largometraje abarcan el género de terror, sin dejar de lado los principios comunes a esta generación  DIY (Do It Yourself). La idea surgió durante el rodaje de su primera película, The Puffy Chair (2005) , cuando alguien del equipo planteó  qué era lo que podía dar miedo en una película de terror. La respuesta llegó en forma de film.
Un grupo de actores que se mueven por los circuitos alternativos, y hastiados de éstos, lo que plantea una especie de crítica a su propio movimiento, deciden hacer una película en la que ellos serán los protagonistas. Los cuatro  cogen sus bártulos y se encierran en una cabaña alejada en el bosque, intentando desarrollar un argumento sin mucho éxito ya que a  los personajes parece preocuparles más sus impulsos y conflictos sexuales. Una noche en la que se reúnen, con alcohol de por medio, para conseguir sacar en claro alguna idea, tras una ventana de la cabaña aparece la imagen de un perturbado con un cuchillo y una bolsa sobre su cabeza. Hasta aquí se cumplen los patrones clásicos del género, pero no por mucho tiempo, porque los Duplass prefieren profundizar en otros temas más que ajustarse a los añejos planteamientos de una película de terror: la amistad, la soledad, el cansancio existencial, la estupidez pseudoartística y las relaciones de pareja. Los directores saben manejar los tempos del ritmo narrativo y el suspense, intercalando situaciones de comicidad (en algunos momentos nos recuerdan a Hitchcock) y una refrescante manera de mover las subtramas en pos de afianzar la trama principal: el supuesto psicópata que los acecha . El espectador, poco agudo, y después de un mal día de trabajo, puede perderse y aburrirse. Lo que plantea  Baghead  es, y otra vez me repito, la estupidez y soledad humana que al final del film se confirma. No es  una película de terror al uso.

Hannah takes the stairs. Joe Swanberg. 2007.

El título que más nos gusta, literalmente,  algo así como Lucy in the sky with diamonds (The Beatles) y más que nada porque la gente piensa que poner un título  a una obra es como poner nombre a un perro o a un hijo no deseado: pasamos el trámite y ya está. Pues no, un título encierra y aglutina, es como el puñetazo con el que te presentas, todo lo que quieres transmitir con tu obra, algo contundente con el que abrimos el apetito, un aperitivo. ¿ O no estamos en una sociedad plagada de etiquetas?
Para Swanberg Hannah vive en las estrellas: nada la satisface. En cada momento de su vida, el director la quiere plasmar corta y rápida, y de esa manera la apercibimos los espectadores,  se transmuta , se adapta a su tren , elegido, de vida . Una parada de autobús da cuenta de sus continuas transformaciones, la  que imagino como sala de espera ante la vida, provocadas por los caprichos de la protagonista. Swanberg nos presenta a Hannah como a una persona en busca continúa de una relación estable, sin embargo termina por cansarse de sus novios pronto y echarse en los brazos de otra relación, un espíritu contradictorio que no sabe  muy bien que es lo que quiere.
Hannah trabaja en una productora como guionista, tras dejar a su novio, un tipo que deja de trabajar porque se quiere dedicar profesionalmente a no hacer nada, inicia una relación con uno de los compañeros de trabajo. Lo que empieza como una amor divertido y apasionado termina con una ruptura fría y fútil, ya que desde la base era inocua. La película termina con el inicio de otra relación, con el otro compañero de trabajo, amigo del primero, que nos deja entrever que tampoco llegará muy lejos por la persistente búsqueda inútil de Hannah por  la relación perfecta.  
Swanberg  nos propone un cuadro en el que la única culpable de la desidia de la protagonista no es Hannah, los otros personajes tienen su parte de culpa, porque se comportan como seres abúlicos y fatigados por lo que les rodea.  Hannah takes the stairs  se sustenta en una buena dirección de actores, unos diálogos inteligentes, incide en la idea de  una sociedad rápida, automarginada, encerrada en una crisis  crónica emocional y de ideales,  y una planificación, como no podía ser de otra manera, directa. El director, partiendo de la historia particular de Hannah, nos lleva hasta un fino análisis de la sociedad norteamericana, por no decir occidental. En suma, una obra amarga y  con pocas pretensiones  (aparentemente) sin embargo necesaria.
JUAN AVELLÁN

sábado, 25 de junio de 2011

WOODY ALLEN HABLA SOBRE CINE CLÁSICO


Siempre es un lujo oír hablar de cine a los grandes directores. Las personas que más conocen el cine son ellos, los que se enfrentan directamente a la aventura de realizar una película. Los que controlan todo. Ellos, y no los críticos corruptos de la prensa y de las revistuchas de cine que venden por ahí.

Woody Allen nos relata en el vídeo el amor que siente por el cine de los años cuarenta, el de la época dorada. Era un niño cuando asistía a las salas de cine a presenciar el milagro cinematográfico. Esa experiencia no se olvida nunca, se impregna en el alma humana para siempre, sobre todo en el alma cinéfila. Y más el cine de ese tiempo, un cine que nunca volverá, un cine único, irrepetible y canónico.

Los cineastas que cita como ejemplos característicos de tan maravillosa era son Billy Wilder o Ernst Lubitsch. Y pasa a explicar a continuación el concepto de cine clásico: "Un clásico sería las miles de películas que se hicieron en Hollywood en esos años de entre las cuales hubo unas pocas que eran películas superiores, realmente maravillosas, no muchas... sobre todo si las comparas con la calidad de las películas que se hacían. Y esas películas serían los clásicos". O, dicho en otras palabras, las películas de esa época eran tan buenas que tan sólo unas pocas ya suponían el summum, la obra maestra, el verdadero clásico.


¿Ejemplos? Woody Allen cita Perdición (Billy Wilder, 1944) y El halcón maltés (John Huston, 1941), a las que compara con la música clásica porque sobreviven más allá de la época en que fueron creadas. Por eso son verdaderos clásicos, porque son superiores al resto. No puedo estar más de acuerdo.

Allen continúa. Cita otras grandes películas como Rashomon (Akira Kurosawa, 1950), La regla del juego (Jean Renoir, 1939), La gran ilusión (Jean Renoir, 1937), y Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941), para acabar concluyendo que las películas que él hace no están a la altura de ninguna de ellas.


Los grandes cineastas se inspiran en los clásicos y en modelos anteriores. No puede ser de otra forma. Forma parte del proceso creativo, no se puede crear de la nada. Siempre existe un referente. Las influencias recibidas por Woody Allen son muy variopintas, van desde Bergman hasta Fellini, pasando por Chaplin y Keaton.

Nunca, o casi nunca, se supera al clásico. Es el referente, la Idea, el canon, lo atemporal. Es un paso imprescindible. Por muy original que parezca una obra, siempre parte de una influencia, aunque no sea conscientemente. Así, en Billy Wilder podemos apreciar el "toque Lubitsch";  Clint Eastwood siempre ha reconocido que sus maestros son Don Siegel y Sergio Leone; en Tarantino existen multitud de referencias al cine que adora; por su parte Polanski siempre admiró a Hitchcock y se nota en su estilo... y así podríamos repasar toda la historia del cine. Y los que superan al maestro, que los hay, son los genios. Pero eso es otra historia.

EDUARDO M. MUÑOZ

sábado, 18 de junio de 2011

VIDA Y CINE: ANHELO HIPERREALISTA.


He puesto una película de Bergman. Versión original subtitulada. Recuerdo las palabras de un libro que lei. Decía Woody Allen de sus primeros filmes que sus guiones tienen un ritmo subyacente, un ritmo semejante en todos ellos. Decía que de ver tantas veces las películas de Bergman tiene en su haber el ritmo que tienen los subtítulos. Lógicamente esto no es una influencia del director sueco sino más bien de un traductor desconocido que trabaja para algún organismo o una empresa cuya labor consiste en traducir los guiones de estas películas. Por ello, en realidad el ritmo que presentan los subtítulos no es en puridad el ritmo del guión original, que vete tú a saber qué ritmo le había dado el guionista en cuestión. Lo de los ritmos es algo que aprendimos en las asignaturas de lengua y literatura en el colegio. Nuestros autores clásicos son dados a la cuaderna vía, a los endecasílabos, a los heptasílabos o a los octosílabos. Un texto como éste en heptasílabos tiene una música oculta que sin embargo marca nuestra memoria viva. También en los subtítulos como en todas las formas de la expresión escrita, es importante dar algo de sonsonete en cada frase. Al leer de esta forma el pensamiento se deshace en un mar de afinación y consonancia. Lamentablemente los hombres en nuestras propias vidas, en nuestra vida cotidiana, no hablamos calibrando las sílabas y los acentos tonales. En realidad unos hablan de un modo y otros tantos de otro. Este es quizá uno de los muchos defectos que veo los guiones de hoy en día. Tanto perfeccionismo actúa contra la realidad. Los guiones se hicieron para ser representados y la representación requiere una comunicación clara y efectiva. Sin embargo en la vida cotidiana la comunicación no es clara y efectiva y muchas veces hay que dar muchas vueltas en una conversación para clarear el mensaje. Ni siquiera el cine más realista raya la realidad. No estaría mal introducir algo de caos, desorden y sobretodo gracia e inspiración para recomponer una forma desde lo más parecido a las maneras reales que tenemos de expresarnos. Hablamos y hablamos y a menudo las frases se entrecortan, redundamos, repetimos, incurrimos en lapsus, nos quedamos en blanco, perdemos la memoria, formulamos las frases con un cierto desorden gramatical, contestamos con algo que no tiene nada que ver con el objeto de la conversación... ¿dónde está todo esto?, ¿dónde está todo esto?. Éste es quizá un territorio impracticado, el reto aventurado de un guionista atrevido con vocación de realidad . 

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

jueves, 16 de junio de 2011

UN PUÑADO DE ESTRELLAS ILUMINAN EL FIRMAMENTO ENTERO


Un puñado de estrellas iluminan el firmamento entero. Las estrellas de Hollywood se han hecho necesarias en esta oscura noche. Nada vemos sin ellas. Sin estrellas no hay filme y siempre son las mismas las que salen. ¿Dónde están los actores que sólo Dios conoce?. Todos los días salen miles y miles de actores excelentes de las escuelas de arte dramático y nadie sabe nada de sus vidas. Actores que se ven avocados a vivir de otra cosa, a lamentarse en las colas de la oficina del INEM, a malvivir sencillamente en un mundo oportunista, inhóspito, y desagradecido.

Cualquier chaval de quince conoce a los actores de nuestra cartelera. Los conocemos todos. Son los de siempre. Parece que no hay otros distintos. Por eso me figuro que hay demasiado talento desechado. Porque ser buen actor o, más aún, ser excelente no garantiza el éxito ni nada parecido. También un actor bueno ha de tener una cara bonita, presencia, algo de pose, firmeza y personalidad, labia voraz y sobretodo colosal atractivo.

Y eso por no contar con las maldades de nuestro amado mundo. ¿Cuántas grandes actrices tuvieron que ponerse de rodillas?, ¿qué hay que tocar, qué hilos hay que mover para que todo vaya?, ¿qué oscura mano asigna los papeles al elenco de actores?, ¿acaso el director decide por sí mismo cada acto?. Son muchas las preguntas que inducen a sospecha. Los intereses puestos en juego no son nada baladí. Las productoras, las empresas que financian los proyectos quieren también su parte de la tarta, su rédito, su rentabilidad, y, en definitiva, su cuota de decisión. Porque el que paga manda, decide e impone condiciones.

Mientras tanto las calles de la gran factoría de Hollywood están asfaltadas con miles y miles de cuerpos de aspirantes a estrella. Chavales y chavales con las cabezas llenas de pájaros negados que un buen día lo abandonaron todo por entregarse a ciegas a la interpretación. Abandonaron su casa, su ciudad y su familia. ¿Con cuánta denodada pasión, disciplina y entusiasmo no habrían trabajado quienes quieren comerse este afamado mundo?. ¿Cuánta ilusión truncada?. ¿Cuánta pasión desbocada?. Los criterios económicos requieren a las grandes figuras de la escena. El resto son sencillamente prescindibles.

Quizá no hemos sabido bien pulimentar tantos diamantes brutos, deslumbrados como estamos con la luz sideral. A mí personalmente nunca me satisfizo mucho las películas donde todo giraba entorno a un puñado de estrellas luminosas. Porque de alguna forma cuando vemos que el ilustre Al Pachino interpreta a Benjamin 'Lefty' Ruggiero en Donnie Brasco (1.997), también vemos al Michael Corleone de la saga de El Padrino, y al teniente coronel Frank Slade de Esencia de mujer (1.992). Y cuando vemos a Julia Roberts en Erin Brockovitzs (2.000) también la estamos viendo en Notting Hill (1.999), en Pretty Woman (1.990)  o en La boda de mi mejor amigo (1.997). Viendo una sola película estamos viendo muchas trayectorias.

Uno tiene grabado en la memoria la trayectoria del actor de renombre, sabe quién es, conoce su valía, su voz y sus capacidades, hemos reído y llorado en sus hombros, hemos visto su vida en nuestra vida. Sucede parecido cuando vamos por la calle y de repente nos cruzamos con alguien a quien conocemos de toda la vida, cuando le saludamos vemos toda su vida, su biografía, le preguntamos por su familia, sus hijos, sus problemas, su pasado.

Afortunadamente algunos directores se mantienen al margen de este leve desvío. Mel Gibson por ejemplo en sus películas se presta a los actores que no conoce nadie. Basta echar un vistazo a La pasión de cristo (2.004), o a Apocalipto (2.006) para caer en la cuenta de lo que aquí se sostiene. Sus actores no nos suenan de nada. La dimensión que cobra la trama argumental raya el verismo de forma inusitada. Al visionar la cinta no sale a relucir a la memoria el glorioso pasado que algunos le antecede. En tales casos somos espectadores vírgenes, y quedamos pendientes de que alguna actuación nos marque la memoria para siempre.

Supongo que lo bueno de ver cine diferente, asíatico, europeo, o hispanoamericano, es, justamente, esta ventaja. La posibilidad que nos brinda un director de enfrentarnos a un filme como a cualquier historia de nuestra vida cotidiana, como a cualquier suceso digno de ser contado en la página impar de un periódico de tirada nacional. Borremos las estrellas de nuestro comprado mundo y demos paso a nuestras jóvenes promesas. Más nos vale. El talento no es patrimonio exclusivo de las corporaciones económicas. Las oportunidades sí. Un puñado de estrellas iluminan el firmamento entero.


ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS