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sábado, 13 de abril de 2013

Crítica de 'EL PRIMER DÍA DEL RESTO DE MI VIDA' (2012) de Marta Loza Alonso


"El primer día del resto de mi vida" reflexiona sobre la rutina de las relaciones de pareja. El grueso del discurso se desarrolla en clave de humor pero asistido de una evidente carga de ironía. La directora, Marta Loza Alonso no solo comunica a través de las palabras, también forja al silencio, y la mirada, y abre espacio con ello al complejo sentimental que relaciona. Flaco favor no obstante coadyuva al cortometraje los bailes desnudos que se marcan unos y otros. Sobre todo porque la provocación está más que pasada de moda y en este caso el argumento clama por su inveracidad. El acartonamiento de la trama culmina lo que no pasa de ser un producto cargado de buenas intenciones, salpimentada con algunos lejanos ecos de la reconocida Ventana Indiscreta de Alfred Hichcock.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

miércoles, 10 de abril de 2013

Crítica de 'NO TIENE GRACIA' (2012) de Carlos Violadé


"No tiene gracia" es otro de los cortometrajes exhibidos en la 14 temporada del Festival de Cortometrajes Cortogenia. Un cortometraje de 14 minutos dirigido por Carlos Violadé, e interpretado por una estupenda y natural Mercedes Bernal y un estravagante y gracioso Andrés Berlanga. A pesar de estas bondades, "No tiene gracia" es una especie de entremés pueril e insustancial que quiebra por la falta de credibilidad de algunas escenas. Este defecto no se desprende de la actuación de los actores -que lo hacen estupendamente-, sino de la desatendida dirección de los mismos en el momento del nudo, cuando le pone la almohada encima de la cara. Por eso, en general, la historia se defenestra por su propia oquedad, entre otras cosas porque además no toca los resortes esenciales del ser humano, ni mucho menos se asienta sobre la memoria y la conciencia de los espectadores. Es cierto que tampoco  lo pretende pero quizá por ello, el cortometraje, pasa inadvertido. La banda sonora, aunque anticipa el nudo de la historia, no armoniza con el tono general, ni mucho menos pega con los gustos musicales que cabría esperar de los personajes tal y como han sido concebidos. Destaco la actuación de los actores, la bis cómica que se pone en escena y los encomiables títulos de cierre.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

domingo, 7 de abril de 2013

Crítica de 'HIBERNATION' (2012) de Jon Mikel Caballero


Sensacional cortometraje éste de Hibernation, exhibido en el Festival de Cortogenia del pasado 4 de abril de 2.013 en Madrid. Jon Mikel Caballero deja constancia de su valía como director, y augura un prometedor futuro. El director aborda el género de la ciencia ficción desde nuevos enfoques. No se contenta con fijar la tradición del género, la trasciende y la decanta sobre el abigarrado universo de los sentimientos mundanos. La técnica es impecable. La puesta en escena está cuidada. La labor de vestuario se adecua al tiempo narrativo de la historia y al lugar geográfico en el que se desarrolla. El decorado se inspira en la estética de la inclasificable 2.001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1.968), y atiende con prestancia los pequeños detalles. El director tiene marca personal. Hibernation son 18 minutos de puro cine.

Aquí dejamos el making off del cortometraje:



ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS 

sábado, 6 de abril de 2013

Crítica de 'PRIMERÍSIMO PRIMER PLANO GENITAL' (2012) de David Planell


Primerísimo Primer Plano Genital fue el segundo de los cortometrajes estrenados en el Festival de Cortogenia. El corto no sólo hace gala de un título estridente, aparatoso, y antiestético; sino que además, el argumento constituye una simple ligereza, ocurrente y jocosa, que se consume en la banal provocación de una conversación. Una provocación que sin embargo no proyecta mayores pretensiones. Lo que no sabe, el director, David Planell, es que los espectadores ya estamos cansados de ver tantas escenas de cama y conversaciones de alcoba. Cortometrajes como éste los hemos visto mil veces. Son todos parecidos. Tan solo la actuación naturalísima de Luis Calleja brilla por encima de todas los elementos narrativos del cortometraje. 

Para ver el corto pique aquí.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

Crítica de 'NIEBLA' (2012) de Bruno Sarabia


El Festival Cortogenia inauguraba ayer, 4 de abril de 2.013, en el cine Capitol de Madrid, la 14ª temporada de estrenos de cortometrajes. El joven realizador mexicano Bruno Sarabia abre el festival con este cortometraje de 11 minutos. Un cortometraje que exhibe una factura técnica bien lograda, y una notable interpretación de los actores, sobre todo la de ese jovencísimo y prometedor actor llamado Javier Calvo. Por lo demás Niebla se agota en lo que no pasan de ser los restos de un mero ejercicio de la escuela de cine, un ejercicio tímido, truncado, sin desarrollo, ni proyección que valga, en todo caso insuficiente para el certamen.

Para ver el trailer picar aquí.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

martes, 2 de abril de 2013

Crítica de 'EL AMANTE DEL AMOR' (1977) de François Truffaut




François Truffaut estrena "El amante del amor" en 1.977. Un año antes, Federico Fellini estrenaba su sin par Casanova. Aunque ambas películas comparten contenidos, y estructuras comunes, la perspectiva desde la que cada una aborda ese mismo argumento es diferente. Truffaut humaniza al trascendental Casanova de Fellini, lo convierte en un hombre normal y corriente, de carne y hueso, cotidiano, de la calle, al alcance de la mano. El protagonista pasa de mujer a mujer, una tras otra, incesantemente, hasta el momento culminante en que la fatalidad del destino le pone en manos de la muerte más fortuita. El trasfondo no obstante no alcanza, ni por asomo, los tintes metafísicos que coloran la versión de Federico Fellini. François Truffaut, sin mayor trascendencia, no mira al cielo, ni escancia sus esencias más allá del horizonte. Truffaut habla del mundo en el que el hombre vive, del amor humano, sin mayor pretensión, sin mayores proyecciones. El filme concluye con una mujer última que confiere sentido y redondez a la película, que comprende al amador desde su núcleo íntimo. La muerte abre y cierra la película. Comienza con el entierro de Berthand Morane, un entierro que transcurre en un tiempo real y que prosigue con los recuerdos de la historia de su vida, y se resuelve en una escena final que retoma la escena del entierro. Por eso la muerte constituye el alfa y el omega de la historia, el espejo supremo ante el que la vida de un hombre alcanza su sentido más profundo y verdadero, el fruto final, la liquidación de la balanza contable, el ajuste vital. Pero el filme no define texturas de fina hilada, y el argumento defrauda por su ramplonería barata. Provista de narrativa plana y de estructuras repetitivas, "El amante del amor" podría prolongarse durante todo el tiempo que el director quisiera. Tanto si la duración de la cinta sumara 15 horas como si durara 15 minutos ello en modo alguno alteraría el significado de la película. Un corto de 15 vale tanto como este largo de 120. Porque en este caso la duración no viene dada por el tiempo que una determinada historia precisa para su exposición, sino por la decisión del director de no incorporar más escenas y más mujeres en el iter de la trama. La historia no conduce a ningún nudo interesante o de interés dramático, la trama se defenestra por los acantilados de la soberana insulsez y los desaboridos regustos del sabor recalentado.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

domingo, 31 de marzo de 2013

Crítica de 'EDIPO, EL HIJO DE LA FORTUNA (EDIPO REY)' (1967) de Pier Paolo Pasolini




Edipo Rey es la película más autobiográfica de la filmografía de Pier Paolo Pasolini. Así lo ha manifestado el director en muchas ocasiones. Las primeras escenas y las últimas representan momentos narrativos que transcurren en la época de Pasolini (1.922-1.975), son acciones que se desarrollan durante el siglo XX y por lo tanto vemos calles y coches y ciudadanos vestidos a la usanza de la urbe. Las primeras escenas, se refieren a sus primeros años de vida y constituyen el prólogo del filme. Las últimas escenas, relativas a sus años de mediana edad, constituyen el epílogo. Entre las primeras y las últimas escenas, entre el prólogo y el epílogo, se abre, -sin transición-, una nueva estructura narrativa desde la que se representa la antigua tragedia griega del Rey Edipo; la vieja y conocida tragedia concebida por el gran dramaturgo de la antigua Grecia, Sófocles, escrita en el siglo V a. C., y laureada por el mismísimo Aristóteles en su Poética al considerarla como la más representativa y perfecta de las tragedias, aquella en que el mecanismo catártico final alcanza su mejor clímax. Pero el interés de Pasolini, .y aquí radica la clave de todo-, no pasa por adaptar al cine una antigua obra de teatro. La cinta no es una adaptación ni lo pretende ser. El discurso que aquí vemos se destila sobre los entramados conceptuales del complejo de Edipo. Y por ende, Edipo Rey es una representación cinematográfica de un concepto científico que se utiliza en el mundo del psicoanálisis.  Sigmund Freud, sostiene, en Totem y Tabú (1.913), la universalidad de lo que ha dado en llamar el complejo de Edipo. Desde entonces han corrido ríos y ríos de tinta que han venido en dar carta de validez a éste concepto de la psicología moderna. Un concepto que se ha demostrado hábil para la curación o comprensión de la neurosis en su más variada tipología, y que hoy en día es ampliamente aceptado en los círculos más elitistas del mundo de la psicología. El complejo de Edipo está íntimamente relacionado con la tendencia sexual de un individuo. La solución del complejo y su adecuada superación posibilitará el mantenimiento de relaciones sentimentales, afectivas y sexuales libres de todo sentimiento de culpabilidad. Pier Paolo Pasolini, decidido homosexual, siempre se vio turbado por lo que él consideraba una resolución defectuosa del complejo. Toda esta problemática se refleja en ésta cinta. Y de hecho y tal como el propio director ha manifestado en más de una ocasión,  el niño que aparece en el prólogo representa su trasunto biográfico; el padre de ese niño es el padre de Pasolini, un oficial veterano de artillería; el prado que vemos en las primeras imágenes es el prado en el que Pasolini paseaba con su madre cuando era niño; algunos complementos de la vestimenta de la madre como el vestido y el sombrero amarillo son reproducciones fieles de los que utilizaba la madre de éste. Pier Paolo Pasolini nos presenta la experiencia íntima y personal más profunda de su vida, su propio complejo de Edipo, el conflicto vivido y la tensión vigente. No obstante y a pesar de los logros intelectuales del filme, la cinta se desenvuelve en el marco de un esquematismo añejo y de una narrativa descarnada, sin densidad, huesuda, despojada de elementos periféricos, sin envolturas, con escasos diálogos, y sin silencios significativos. Mientras que los acontecimientos se suceden con grosera brusquedad, Pasolini reconduce la frescura de los actores hacia los despeñaderos de la razón más empecinada. Pasolini constriñe la espontaneidad de la puesta en escena, y nos ofrece una representación vacía, desprovista de fulgurante vida, desprovista de instinto, y desprovista de la más penetrante intuición poética. Edipo Rey es una película simplona, rancia y cansina cuyo mejor valor reside en recordarnos de qué iba aquella renombrada tragedia de la antigüedad.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

jueves, 28 de marzo de 2013

Crítica de 'CASANOVA' (1976) de Federico Fellini




Casanova no figura incluida dentro del elenco de las mejores películas de Federico Fellini, pero aborda los temas constantes y cruciales de su filmografía. La condición humana constituye el centro de su discurso cinematográfico. Pero en este caso Fellini lo articula desde una perspectiva muy diferente a como lo hiciera en sus anteriores trabajos.  La dinámica narrativa se desenvuelve mediante una sucesión de escenas que adolece de definidas transiciones. La técnica de montaje funciona de manera muy semejante a como lo hiciera con la precedente Amarcord (1.973). Las escenas aparecen sin antes ni después, de pronto, como un retablo de recuerdos cuyo único hilo conductor es la voz narrativa de Giacomo Casanova. La dimensión del filme se expande hasta esbozar un canto a la locura marcado por la estridencia y el delirio más impúdico, obsceno y libertino de la alta sociedad de la Europa del siglo XVIII. Las aventuras y las vicisitudes que Giacomo Casanova experimenta con las innumerables y variopintas mujeres que pasan por sus manos a lo largo y ancho de diversas capitales europeas, representan un viaje, -que se destila en un plano alegórico-, y que fija como puerto de destino el alma humana. Un viaje cuyas distancias se recorren a través de los cuerpos y que colocan en un primer plano el afán de plenitud y el desentrañamiento de misterios del ser en el mundo. La ambientación y la textura argumental se destilan en un marco de perfiles estrambóticos, aderezado con personajes dementes, y provisto de contextos construídos con los hálitos de la hilaridad y el amargor de los sucesos trágicos. Una suerte de vodevil desarreglado y libidinoso, que se articula mediante esquemas visuales de enorme fuerza expresiva, y alegórica. Nino Rota compone una banda sonora digna de elogio, donde las armonías y las imágenes generan una simbiosis impoluta. Los acordes utilizados, los estribillos, y los juegos de notas electrónicas que, en ocasiones, semejan las disonancias de nuestra música clásica más contemporánea, (como por ejemplo las de Karleinz Stockhausen), evocan un universo de corte futurista que encaja muy bien con la naturaleza estravagante de la trama, y con el vestuario pretendidamente grotesco y desmedido que corre a cargo del distinguido diseñador italiano Danilo Donati. No obstante lo anterior, quizá el punto más débil de la cinta radica en la falta de rigor que evidencia la dirección de los actores, sobre todo a la hora de poner en escena el trabajo de las interpretaciones. Porque la ejecución de los personajes resulta caricaturesca, falsa, bosquejada a línea gruesa, sin mesura ni medición, o peor aún, negligente. Las escenas sexuales por ejemplo son, todas, pantomimas baratas, farsas en las que se ve claramente que Giacomo Casanova ni siquiera se quita los pantalones, cuando sin embargo actúa como si los tuviera quitados. Las escenas sexuales no buscan el realismo sino la coreografía, la simulación, la silueta simbólica. Y otro tanto hay que decir de la calidad del maquillaje, que muchas veces peca de exagerado en aquellos personajes que no requieren ni pretenden aparecer notoriamente maquillados. Casanova es una obra menor de Federico Fellini, de gran fuerza expresiva, eso sí, pero rodada por un director que no sabe qué decir, ni qué contar, que no es capaz de aventurarse en una historia proyectada en el tiempo, y que por tanto monta, -obsesivamente-, una y otra vez la misma escena, con los mismos significados alegóricos, pero con formas diferentes. 

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

sábado, 23 de marzo de 2013

Crítica de 'PARIS, TEXAS' (1984) de Wim Wenders





Con marcada parsimonia, y dilatados ritmos, la cámara de París, Texas, recorre el espacioso y hermoso desierto de Chihuaha, en la árida geografía del estado de Texas. El protagonista (Harry Dean Stanton), - a quien se le vislumbra algún tipo de transtorno de la personalidad o algún tipo de trauma profundo-, recorre un espacio interior desde el que poco a poco va reconstruyendo su identidad personal. Las trama, los diálogos y los comportamientos de los personajes se ordenan a la averiguación de estas experiencias traumáticas que el protagonista ha vivido. Esta curiosidad es el hilo que conduce a los espectadores hasta la escena final en la que se resuelve todas las intrigas. La estética de los desiertos, los crepúsculos enigmáticos, o la gama lumínica de rojos que en muchas escenas inciden en los rostros, en los paisajes y en las cosas, confiere a la fotografía una interpretación pasada por el filtro de la subjetividad. Lo que por otro lado resulta muy acorde con la manera que tiene el protagonista de sentir su mundo como un insoportable surtidor de sufrimiento, dolor y soledad que sin embargo se expresan fuertemente contenidos. Por eso la puesta en escena no es acreedora de un sentimentalismo barato ni deudora de una ñoñería insufrible y pastelosa. La seriedad y la profundidad con que Wim Wenders aborda los sentimientos humanos recuerda en algo a Secretos de un Matrimonio (1.973) de Ingmar Bergman. La ambientación adensa los significados: el colorido del desierto y la elección de las ubicaciones nutre considerablemente la palabra de los actores, a las que da pleno sentido y contundencia expresiva. Este coctel de elementos narrativos culmina con una inmejorable banda sonora que corre de la mano del conocido guitarrista de música country llamado Ry Cooder y que embelesa nuestros sentidos con el dominio de la melancólica técnica del slide (que consiste en deslizar un dedal de metal por las cuerdas de la guitarra); una banda sonora que se adecua con justeza al sentimiento general de la cinta, y que elucida las claves solipsistas e introspectivas que recorren la trama. No obstante la película es lenta y gusta de un tipo muy particular de espectador, más familiarizado con las lecturas del silencio narrativo que con la acción trepidante, más con las lecturas del gesto que con el torrente de la palabra, y sobretodo más familiarizado con la limitada expresión de los diálogos, que con la explicación grosera y redundante del peor cine comercial.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

jueves, 21 de marzo de 2013

Crítica de 'REBELDE SIN CAUSA' (1955) de Nicholas Ray




Por su temática, Rebeldes sin causa, recuerda a Los olvidados (1.950) de Luis Buñuel. Ambas ponen su punto de mira sobre el fenómeno de la delincuencia juvenil.  Los desviados comportamientos de nuestros impúberes constituye el objeto de un discurso que carga las tintas contra la responsabilidad de los padres. La falta de amor y la falta de cariño es el caldo de cultivo de todos aquellos actos que se sustraen a la acción de la justicia. Padres despreocupados es igual a hijos extraviados, descuidados, desconsolados, afligidos, y por lo tanto prestos a llamar la atención. Este discurso se articula mediante la actuación de tres adolescentes cuyas vidas se entrecruzan en un nudo central, y se resuelve al cabo en los trágicos desfiladeros de la muerte. No obstante la factura técnica del filme deja que desear, el alma de la cinta no se halla, los actores fracasan con personajes huecos, con groseros perfiles, torpes en la expresión veraz, vacíos, enlatados, arquetípicos, pensados en el guión pero en modo alguno sentidos. Y eso por no hablar del raquitismo de la acción narrativa de los protagonistas, quienes nos deleitan con un abanico de acciones inexplicadas que no remiten a un punto anterior en la biografía del personaje. Las acciones por veces se presentan excesivas o nimias, pero en todo caso descompensadas y pobladas de impulsos falaces que evacuan la dimensión del personaje. Las escenas se suceden una tras otras a un ritmo bien marcado, pero la puesta en escena carece de emanación poética, de ambiente fundacional, y de atmósfera bajo cuyo envoltura los elementos narrativos puedan cobrar sus significados más poderosos. La intuición del director no se decanta por la ancha superficie de los escenarios. Pero el exceso de cálculo defenestra la hilazón de algunas escenas y descuadra la medición de los comportamientos. La interpretación de James Dean es un alarde de gran versatilidad expresiva, y de valía profesional pero es incoherente con el tono natural de la trama y los contextos dados, que en todo caso requiere un perfil de acción más contenida. La banda sonora no se acopla con coherencia al contenido concreto que se narra en cada escena. La música más que incidir, distrae, despierta en los espectadores sentimientos diferentes a los que, al mismo tiempo, producen las interpretaciones. Rebelde sin causa no pasa de ser una película entretenida, que no está bien, pero que tampoco está mal, pasable y apta para esos momentos en que uno no tiene otra cosa que ver.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS 

lunes, 18 de marzo de 2013

Crítica de 'LOS SUEÑOS DE AKIRA KUROSAWA: LA TORMENTA DE NIEVE, 1990) de Akira Kurosawa




"La nieve es cálida. El frío es calor."  (Los sueños de Akira Kurosawa: La tormenta de nieve)

Un grupo de montañistas escala una montaña. Avanzan a través de una senda borrada por una masa de nieve que se levanta hasta la cintura, aproximadamente 1 metro por encima del nivel del suelo. Es tarde y oscurece, el tiempo se viene encima y una tormenta de nieve arrecia, inesperadamente, su intensidad. Los montañistas se debaten entre la vida y la muerte. Luchar o sucumbir son las consignas que atenazan al hombre que escala las montañas; y estas consignas son también las consignas que convienen a los hombres mundanos; y los que mortifican en estos campos de Dios. Kurosawa rubrica un relato universal con unos pocos elementos narrativos. Plasma la hondura con sencillez de medios. Dibuja claramente, sin distracciones superficiales, un relato lleno de fuerza, de intensidad y provisto de una proyección metafísica incontestable. Este sueño es el tercero de la película, una precisa alegoría sobre el hombre enfrentado con las fuerzas del mundo, sobre el fatal destino de los que aquí nos hayamos inexorablemente ligados a los padecimientos. Kurosawa traspasa la frontera que separa la narración con los espectadores. Y por eso sentimos los hondos estertores de los protagonistas, las respiraciones al límite, los cansancios totales que dibujan las líneas divisorias entre la vida y la muerte; sentimos la voz y la caricia gélida del bellísimo ángel de la esperanza. "La nieve es cálida, el hielo es caliente" son las palabras de aliento que una divina sobrenatural mujer profiere a los exhaustos. Una clásica transformación de los significados en sus opuestos que une la tradición japonesa del taoismo con la trascendencia espiritual de los que se hallan sumidos en la terrible niebla de la vida. La tormenta de nieve aúna la estética de las montañas, con la fragilidad humana, la representación de la muerte con la esperanza salvadora,  la soledad del hombre con el más allá, las funciones del mundo con el sentido de la vida. Kurosawa vuelve a plasmar el tema subyacente en todas sus películas, sus obsesiones íntimas, su pretensión impulsadora, la misma idea pero con otras formas.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

Crítica de 'KAGEMUSHA: LA SOMBRA DEL GUERRERO' (1980) de Akira Kurosawa




Kagemusha: la sombra del guerrero, es un drama épico de gran altura que se desarrolla en el contexto histórico del japón medieval del siglo XVI. La puesta en escena deduce el esfuerzo hercúleo que suponen los fastuosos trabajos de producción. La gestión de los recursos, la disposición adecuada y la ordenación de grandes ejércitos de samurais y de largas caballerías enjaezadas acarrearon serios problemas de financiación para la compañía Toho. Al final se resolvieron gracias al apoyo económico de los afamados George Lucas y Francis Ford Coppola a través de la Century Fox. Más allá de los problemas financieros que sobrevuelan siempre los proyectos más ambiciosos del mundo del celuloide, Kurosawa impone su sello personal en este drama cuyo marcado trance se desenvuelve a través de una trama sencilla y bien narrada; una trama que quizá pueda pecar de ser demasiado larga (son más de 2 horas y media), pero que ante todo inocula en el espectador la sensación de que se haya ante una gran obra maestra. Las doctrinas tradicionales del acervo cultural japonés (wu wei, la fuerza de la no-acción, etc...), unido al juego de las apariencias y la estrategia militar, y unido a los egoísmos narcisistas de los nefastos gobernantes, representan los cimientos sobre los que se asienta uno discurso cinematográfico tan lúcido como aplastante. Un discurso que concurre aderezado con una riqueza plástica tan impoluta como conmevedora y de una fuerza visual tan arrolladora como significativa. Aunque es cierto que hay escenas que rompen ligeramente el equilibrio del montaje y el equilibrio de la estética general de la película; como también es cierto que hay momentos en que la técnica de la iluminación no consuma su función expresiva; ello no obstante estos defectos se compensan sobradamente con aquellas otras escenas donde gracias a una loable iluminación alcanzan una proyección metafísica bellísima, inusual y poderosa, muy típica del estilo de Kurosawa y, en general del cine japonés. En cualquier caso el desmerecimiento de unas pocas escenas no eclipsan el total de la cinta, ni mucho menos menoscaban su riqueza visual.  Porque Kagemusha rezuma por doquier una belleza metafísica que se emparienta con la muerte y la sabiduría;  y que redunda en el embelesamiento de nuestros más refinados sentidos. Akira Kurosawa ha construido una obra universal, capaz de traspasar el devenir de los tiempos, la ignorancia de los vulgares, y el olvido de las nuevas tecnologías. 

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

jueves, 14 de marzo de 2013

Crítica de 'WITTGENSTEIN' (1993) de Derek Jarman




Wittgenstein (1.993) es una joya de la filmografía del director británico Derek Jarman. Ya mostró su característico estilo con su anterior, y no menos excelente, Caravaggio (1.986). En ambos filmes la forma de abordar al biografiado es semejante. Jarman se acerca a Wittgenstein de una manera insólita, inusual, característica, quizá algo extravagante pero sobretodo efectiva. Porque consigue entrar en el personaje desde su propio interior, desde su mundo personal, desde su mente, y desde allí, lo explota hacia el exterior mediante el uso de una variada gama de recursos estilísticos a los que estamos poco acostumbrados pero con los que al final nos hace respirar las atmósferas de Ludwig Wittgenstein. Mediante un juego de metáforas Derek Jarman establece una identidad entre el niño y el adulto Wittgenstein, mediante el uso idóneo de la metonimia nos revela los distintos aspectos que conforman su personalidad caleidoscópica y embaucadora; y mediante el uso de la alegoría nos describe su universo afectivo, su quehacer cotidiano y el abanico de estrafalarias posiciones filosóficas que abandera en contra del sentir de su círculo cultural, como aquella en la que manifiesta que no ha leído a Aristóteles, ni a Hegel porque no tienen nada que contar. Y todo este juego de recursos estilísticos se ponen al servicio de una técnica de montaje atípica y eficiente con la que logra penetrar en su mente intuitiva, temperamental, insobornable, extravagante y terriblemente inteligente. Gracias a ello la cinta no pasa inadvertida como tampoco se decanta en las soporíferas aguas de la simpleza más tonta. Antes al contrario Derek Jarman rueda una película sui géneris, y enormemente sugestiva más que por el fondo mismo, por la forma en que se narra la historia. Hay que considerar además que uno de los problemas a los que se enfrentan los directores cuando se deciden a filmar una biografía de un personaje renombrado del mundo de las ciencias o como en este caso de la filosofía, es el de salvar la distancia existente entre la jerga propia de un área específica de conocimiento y el habla de uso cotidiano. Derek Jarman sale airoso del embate, resuelve bien, y nos deleita con una cinta de marcado intimismo, soberana en estilo, redonda, y conforme consigo misma. 

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

martes, 12 de marzo de 2013

Crítica de 'CENTAUROS DEL DESIERTO' (1956) de John Ford




La carrera profesional de John Ford comienza con la película muda El tomado, estrenada en 1.917, y se prolonga a lo largo de una copiosa y prolífica filmografía salpicada de grandes títulos como por ejemplo: El delator (1.935), La diligencia (1.939), Las uvas de la ira (1.940), ¡Qué verde era mi valle! (1.941) o El hombre tranquilo (1.952),  para culminar con un documental de 30 minutos, titulado Chesty: A Tribute tu a Legend, estrenado en 1.976 y dedicado al general más condecorado de los E.E.U.U.. Entre una y otra fecha suman 59 años de experiencia profesional y un bagaje de 136 películas. John Ford se erige como uno de los grandes cineastas de todos los tiempos. Centauros del desierto (1.956), es el título español de la que en los Estados Unidos se conoce como The Seachers (Los buscadores), un western que cuenta con la elogiable interpretación de John Wayne y que narra la aventura de un par de vaqueros que se lanzan al rescate de su inocente sobrina raptada por los indios comanches.  Rodada en los bellísimos parajes de Monument Valley, en la gran depresión que se sitúa en la frontera sur de Utah con Arizona, la dirección de fotografía peca de pretenciosa. Porque una fotografía tan hermosa como la que aquí se utiliza rompe los equilibrios que se generan en el seno de la propia narración. El espectador se embelesa con los paisajes, con las bellísimas formaciones geológicas que predominan en los fondos, se distrae y casi sin darnos cuenta quedan truncadas las cotas del verismo que trasciende a la historia. La peripecia requiere unos entornos de mediano perfil, habituales, anodinos, comunes, lugares donde sin perder el tono mesurado de la estética del desierto, no despunte en las estéticas inolvidables de los posters publicitarios. Los exteriores no deben usurpar el lugar de los museos, los encuadres no deben consentir que los paisajes usurpen los papeles al actor protagonista. Los paisajes han de estar relegados a los segundos términos de la acción principal, han de pasar inadvertidos en todo momento, han de estar silenciosos. Centauros del desierto pone en juego un fondo que deviene en figura con respecto de otro fondo más profundo. Dentro de este juego de figuras y fondos, la linealidad de la acción converge con el uso de una trama sencilla y de un guión que no presenta una especial complejidad. Los actores sostienen la sustancia del filme, sus voces y sus textos asientan los cimientos de una alta, firme y armoniosa arquitectura. Aunque el tono general no dispone de graves orfebrerías, ni de mimbres alambicados, ello no desmerece el ritmo cinematográfico que conserva la cinta, ni mucho menos la medida gestión de los impactos en el escala emocional de los espectadores. La tensión de ciertos nudos, e incluso la soberana gravedad de algunas escenas, se descarga mediante habilidosos toques de humor que llegan en el momento justo y airean el serio cariz de los acontecimientos. Quizá por todo ello Centauros del desierto está considerada como una obra de culto dentro de su género, un clásico en todos los sentidos y que no podría por menos que formar parte de esos libros de la editorial Taschen que recopilan las 1.001 películas más importantes del cine mundial.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS 

domingo, 10 de marzo de 2013

Crítica de 'PANTALEÓN Y LAS VISITADORAS' (1999) de Francisco Lombardi




Pantaleón y las visitadoras representa una historia que destaca por su creatividad. Uno no tiene la sensación de haber visto la película mil veces. Muchos cineastas, -aunque quizá sería más preciso decir que muchas productoras- incurren en el vicio ese de abordar constantemente los mismos temas, con los mismos elementos narrativos, y las mismas soluciones. ¿Acaso la comedia romántica americana no es siempre la misma comedia?. No es nada fácil salirse de las estructuras dadas, de los temas enquistados y del perfil marcado de los protagonistas. Afortunadamente ésta película peruana nos propone una historia diferente, una historia basada en la novela del mismo nombre que Don Mario Vargas Llosa publicó en 1.973 con una tirada de 100.000 ejemplares en la primera edición. Y nos la cuenta con una sólida puesta en escena, y un guión depositario de un discurso brillante y caudaloso. Un discurso donde las necesidades libidinosas del hombre, el miedo a la libertad, la corrupción de los medios y las instituciones, la represión estigmatizante de los temperamentos humanos y el lenguaje mismo como síntoma indicativo de un complejo social, conforman sus contenidos esenciales. Porque la perífrasis revela la hipocresía social en que nos hayamos, y las "visitadoras" es el nombre que se utiliza para evitar decir "las putas" o "las prostitutas" o "las rameras", y la negación a llamar a las cosas por su nombre, -es decir, el enmascaramiento linguístico-, no es más que el trámite necesario para que estas cosas puedan ser introducidas en nuestras conversaciones y puedan ser soportadas sin el rubor de la vergüenza o el sentimiento de culpabilidad. El director peruano Francisco J. Lombardi esgrime de esta forma en una crítica mordaz de las instituciones peruanas y al mismo tiempo una reflexión sobre el lenguaje y sobre los complejos psicológicos que nos traen nuestras tradiciones más antiguas. Particular mención merecen el actor protagonista, el peruano Salvador del Solar quien hace gala de un laudable rigor militar, Tatiana Astengo y la sensacional Angie Cepeda en el papel de "visitadoras" y el locuaz y elocuente Aristóteles Picho, en el papel de locutor de radio. La fuerza de los actores, el verismo presente, y el trabado guión de esta película forman una simbiosis exquisita, natural e interesante, un cóctel de sabores contrapuestos pero armoniosamente mezclados para delicia de los paladares más refinados. Pantaleón y las visitadoras evidencia un magnífico equilibrio de fuerzas y contenciones, donde los elementos narrativos, técnicos, y actorales se conjugan con atinada mesura.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

viernes, 1 de marzo de 2013

Crítica de 'DERSU UZALA: EL CAZADOR, 1975) de Akira Kurosawa






Dersu Uzala (El cazador) es una coproducción sovietico-japonesa dirigida en 1.975 por el celebérrimo y afamado Akira Kurosawa. Dersu Uzala obtuvo reconocidos galardones pero me niego a nombrarlos  porque en el fondo no creo que ninguno de estos reconocimientos oficiales hagan justicia a la calidad de las películas que se someten a su juicio. Al fin y al cabo lo que cuenta es que a lo largo de 140 minutos, Kurosawa realiza una fabulosa adaptación de la novela homónima de Vladímir Arséniev. El director de nacionalidad armenia Agasi Babayan ya lo hizo con anterioridad en 1.961. Pero Kurosawa lo hace con su particular visión. Por lo pronto porque Dersu Uzala es una muestra ejemplar y elogiable de cómo con unos elementos narrativos mínimos, -un par de actores principales que desarrollan la acción sobre los paisajes boscosos, nevados o llanos de la taiga rusa, (en la zona más próxima a la línea de vegetación ártica) -, origina una tensión nervuda y conmovedora. Y lo curioso de todo es que la dinámica narrativa se halla despojada de cualquier ápice de complejidad. Los lazos de amistad que poco a poco van estrechando Derzu Uzala, el cazador vernáculo de los parajes de la Taiga, y el capitan Arséniev, el militar que estudia la naturaleza geológica del terreno; conforman la textura sustancial de la trama a través de la cual se desarrollan las peripecias vitales y mortales que la intemperie impone a cualquier forma de vida. De esta forma Kurosawa rastrea los núcleos esenciales de la naturaleza humana, construye un discurso que dimana de un encuentro fortuito de culturas, y de una visión universal y armoniosa sobre el hombre en el mundo. Kurosawa compone un bellísimo canto hacia la naturaleza. La película comienza y termina con la pronunciación del mismo nombre propio: "Dersu"; el nombre del cazador es el nombre de quien con su ejemplo, con su forma de vida, y con su bondad connatural, predica una lección moral incontestable. 

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

jueves, 28 de febrero de 2013

Crítica de 'DESEOS HUMANOS' (1954) de Fritz Lang




Fritz Lang estrenó Deseos Humanos en 1.954. Ésta película pertenece a su etapa americana que se prolonga desde 1.936 hasta 1.956. Durante este lapso de tiempo realiza más de 20 películas, a una media de una película al año. 16 años antes del estreno de Deseos Humanos, Jean Renoir estrenó La Bestia Humana en 1.938. Ambas películas se basan en la misma novela del novelista francés Èmile Zola y por tanto comparten el mismo argumento y una trama muy semejante. La historia cuenta con todos los ingredientes para convertirse en una historia con mayúsculas, movida por aludes de celos, de ambición, y de pasiones; y aderezada con crimen mortal que resuelve la película. Cuando Jean Renoir rueda su versión, -en ciernes del cine sonoro-, no acierta a integrar el argumento, ni a manejar el guión con la destreza requerida, aunque destaca por la sensualidad excelsa de la fotografía y por el poderío de la composición que articula. A Jean Renoir se le queda hueca la película, hueca y artificial, inverosímil, provista además de un ritmo tan vertiginoso que desatiende el peso y el asentamiento de los diálogos y que al cabo no conecta con el espectador. Fritz Lang, por el contrario, filma con pulso firme, con rigor, con densidad, con ritmo más pausado, y explicando el sentido de los comportamientos, de los gestos, de las palabras de los actores. Hace gala de una fotografía tan vigorosa, como bien compuesta; y de una banda sonora que se acopla con justeza al calibre de la tensión de las escenas a las que acompaña. Fritz Lang dirige con profesión y oficio, y desenvuelve la historia con pasmosa naturalidad, con el peso específico de un guión bien trabado, y sobretodo concediendo sentido común a las acciones de los actores; rasgos éstos característicos de ésta de Lang, pero que, sin embargo, fallaban, estrepitosamente, en la versión de su compañero Renoir. Bien por Lang.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

miércoles, 20 de febrero de 2013

Crítica de 'BUSCANDO A ERIC' (2009) de Ken Loach




Buscando a Eric es diferente. Su atmósfera y sus emanaciones carecen por completo de un influjo americano. Aquí lo que se ve concuerda con lo que uno vive cuando sale a la calle o cuando cierra la puerta de su casa. El realismo constituye la primera pretensión del director. Por eso no vemos modelos publicitarios paseándose por las calles de Manchester. Los protagonistas carecen de atractivo especial. Los actores que actúan no son reconocibles. A ninguno de ellos se les ha relacionado con alguna estatuilla. Sus rostros no nos resultan familiares. Son caras desconocidas. Y por tanto comparecen virginales ante la pantalla y ante nuestra memoria de espectadores y no recordamos los anteriores trabajos que hayan podido desarrollar en otras películas o series. Son tan normales y corrientes como lo podemos ser nosotros, tienen defectos, y barrigas, y complejos y fealdades, y miedos. No tienen cualidades especiales, ni personalidades fuertes, ni emanaciones intensas de carga sensual. Ken Loach forja una cinta cuyo discurso se decanta desde el caudal más puro de la verdad, de la compasión y de la humanidad; y sienta sus cimientos sobre el corazón de una urbe británica y bajo el prisma de una ideología de estricto corte social con regustos marxistas. Buscando a Eric es un canto de amor y de amistad hacia los inocentes, hacia los solitarios, hacia los desprotegidos, hacia los divorciados, hacia los oprimidos, hacia los azotados por esta dura vida que nos ha tocado en suerte, hacia quienes anhelan renacer con otro nombre de sus cenizas y su miseria humana. A fuerza de concreción, y a fuerza de realismo, Ken Loach interpela al hombre de nuestro tiempo y lo pone ante el espejo de su cultura. Ken Loach esgrime un discurso sobre el hombre de hoy en día y sus desazones cotidianas, un discurso que abriga un fuerte trasfondo moral en sus entrañas, y un compromiso social, tan agresivo como insobornable.  Como no podía ser menos.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

domingo, 17 de febrero de 2013

Crítica de 'DON QUIJOTE DE ORSON WELLES' (1992) de Orson Welles y Jesús Franco




Don Quijote de Orson Welles, es una película que en cierto sentido sigue inacabada. El material en bruto estaba listo desde 1.969. Orson Welles no tuvo tiempo ni dinero para montarla completamente antes de que falleciera en 1.985. Pero en 1.992, uno de los que en el momento del rodaje formaba parte del equipo técnico, el director madrileño Jesús Franco, conviene en concluir la obra. Jesús Franco elige los materiales y monta las partes pendientes. De esta manera se crea una película que ya desde su origen se construye desde dos concepciones, dos estilos y dos maneras diferentes de hacer cine. Esto se nota porque hay ciertas irregularidades y ciertos desequilibrios de tipo técnico que desbaratan y desconciertan el conjunto total. Y no solo me refiero al hecho incontestable de que el estilo narrativo puesto en acto carece por completo de uniformidad, sino además al hecho de que el ritmo cinematográfico que se revela adolece de cambios, caídas y remansos que no obedecen a un fin ordenador. El montaje de Jesus Franco no sólo hace un flaco favor a la historia, y la idea nuclear que la configura, sino que además se despacha groseramente con escenas que reflejan nuestra España más turística: la fiesta de los sanfermines, muchachas bailando flamenco y cosas así. Don Quijote debería de ser ante todo una película y no una especie de documental turístico, descriptivo y vanguardista. No es fácil trascender la imagen típica que un pueblo proyecta al exterior. Esa imagen no penetra en lo más profundo del corazón de España. Lo esencial de esta tierra no radica en la fiesta de los toros, ni en el cante jondo, ni en su gastronomía. España es más la sensación mortal que cualquier otra nota diferente. Éste error de concepto se encauza mediante un nefasto montaje que acaba por dar al traste con el ritmo general. Hacia el ecuador de la cinta, las escenas y los asuntos se reiteran, la historia se detiene y la trama transcurre por bucles obsesivos e incomprensibles que no van a parar a ningún sitio. La acción dramática de Don Quijote no prospera hacia una idea, un mensaje o una finalidad bien definida. Pero Orson Welles hace gala de un variado abanico de técnicas formales que vienen en asentar un vigoroso y característico estilo de rodaje. Los anacronismos constantes, la ruptura del sistema clásico de alternación de planos (general- medio y primer plano), los frecuentes entrelazamientos de planos picados y contrapicados, e incluso, lo que podría darse en llamar la ruptura de la quinta pared (los personajes interactúan con el equipo técnico que los dirige), son elementos dignos de mención que confieren un lejano halo de brillantez y nos da una idea de la obra maestra que se podría haber gestado. Don Quijote de Orson Welles es una cinta cargada de buenas intenciones que no se haya conforme consigo misma. Las pretensiones del filme superan con demasía la capacidad de un director -Orson Welles-, que se dio por vencido.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS    

miércoles, 13 de febrero de 2013

Crítica de 'LA BESTIA HUMANA' (1938) de Jean Renoir




La Bestia Humana hace gala de una sensacional y magnífica dirección de fotografía en blanco y negro que corre a cargo de Curt Courant. Los encuadres y la composición artística revelan una sensibilidad digna del mayor elogio. Pero no así sucede con la historia, con la puesta en escena, ni con la construcción de los personajes. Quizá esto se deba a que Jean Renoir, al igual que gran parte de los directores de cine de su generación, se hallaban fuertemente influenciados por las maneras del cine mudo. Cuando el cine sonoro demostró su rentabilidad, las películas mudas, a pesar de su arte, quedaron condenadas a pasar a la historia. La primera película sonora -y por sonora nos referimos solo a la implementación de música de ambiente y otros efectos de fondo-, data de 1.926, se titula Don Juan y la dirige el director estadounidense Alan Crosland (1.984-1.936). La película sonora más antigua  reconocida como un obra maestra es M de Fritz Lang, que se estrenó el 11 de mayo de 1931. Charles Chaplin no diría ni mu hasta el año 1.941 con El Gran dictador. Quiere decirse con ello que esta cinta que data de 1.938 es deudora de los más de 35 años de tradición del cine mudo. Quizá esta sea la causa por virtud de la cual la densidad narrativa que presenta esta cinta deja mucho que desear si la comparamos con los índices de calibración que se manejan en la actualidad. Los diálogos son vanos; y los personajes no se encuentran insertos en un contexto biográfico, están huecos, y actúan desde una suerte de vacío vital. La acción dramática transcurre al desnudo, sin encarnado, sin contexto explicativo, a la manera de esos sucesos ilógicos que a menudo nos escandalizan cuando los leemos en la sección de sucesos de la prensa diaria.  Se hecha de menos un acervo periférico, un soporte anterior de referencia para la historia misma. La Bestia Humana representa un gran logro dentro del contexto en que la misma se produce, es una película menor dentro de la filmografía de Jean Renoir. Pero deja una muestra incontestable del talento de un director que constituirá uno de los pilares básicos de la Novelle Vague.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS