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lunes, 13 de octubre de 2014

Crítica de 'CHLOE' (2009) de Atom Egoyan


Hay dos elementos que, de entrada, pueden tirar para atrás a cualquier espectador antes de aventurarse al film de Atom Egoyan. La primera, que es un remake. La segunda, que es un film de encargo. Pero, ¿acaso no existen remakes fabulosos en la historia del séptimo arte? ¿Y las películas de encargo son por definición detestables y susceptibles de ser arrojadas a la basura por el mero hecho de serlo? Si lo segundo fuera cierto, ‘Casablanca’ (1942, Michael Curtiz) no estaría en el podio de los mejores films de la historia del cine, se hubiera quedado por el camino… Porque sí, también algunas obras maestras fueron películas de encargo, como ‘Casablanca’ o ‘El padrino’ (1972, Francis Ford Coppola).

Dios me libre de estar catalogando a ‘Chloe’ de obra maestra. Pero sí me aventuro a defender el, hasta la fecha, último film de Atom Egoyan, por encima de prejuicios sin fundamento. ‘Chloe’ habla del derrumbamiento del matrimonio y lo que ello conlleva (desconfianza, dudas…), con una premisa más que interesante, basada en las sospechas que alberga una ginecóloga de éxito, Catherine (Julianne Moore), hacia su  aparentemente infiel marido David (Liam Neeson). Con el fin de descubrir la verdad de su distanciado matrimonio, decide poner a prueba a David a través de una atractiva y deseable prostituta de lujo de nombre Chloe (Amanda Seyfried).


Egoyan sabe usar con acierto las cartas que tiene sobre la mesa, creando un juego de intriga a tres bandas donde los límites entre la verdad y la mentira no están del todo claros. Egoyan maneja al espectador, en este sentido, a su antojo, para llevarlo al terreno elegido, usando con inteligencia los recursos que tiene a mano. El guión de Erin Cressida Wilson puede ser tachado de tramposo, no sólo porque nada es lo que parece, sino por el hecho de utilizar algunos falsos flashbacks como hiciera Alfred Hitchcock en ‘Pánico en la escena’ (1950). En su favor hay que considerar que consigue el mismo objetivo que el maestro del suspense, distraer la atención del espectador para conseguir una vuelta de tuerca en la trama no advertida. Por tanto, los trucos narrativos estarían más que justificados.

La cinta ‘Chloe’, sin embargo, no está exenta de defectos. El final está resuelto de una forma un tanto manida, sobre todo en lo que respecta a la fatalidad impuesta al relato, y se echa en falta alguna que otra explicación en algún punto (por ejemplo, ¿a qué se debe el distanciamiento del hijo de Catherine hacia su madre?). La trama está forzada en algunos puntos, incluso desde su comienzo (la única explicación que nos da el film de los celos y sospechas de Catherine se deben a que David no se presentó a su fiesta sorpresa de cumpleaños).


No obstante, ‘Chloe’ posee el ritmo, el interés y el morbo necesarios para impedir que los defectos superen a los aciertos y la función caiga en picado. Atom Egoyan planifica con acierto el film y lo adorna de elegantes planos, si bien donde más falla su trabajo es en la dirección de actores, sublime en el caso de Julianne Moore y Liam Neeson, mejorable en el de Amanda Seyfried y Max Thieriot (quien interpreta el papel del hijo, personaje que no termina de encajar del todo). Pese a los defectos, una buena e interesante película. Mejor en su comienzo y en el primer tercio del metraje, que en su final.

EDUARDO M. MUÑOZ

miércoles, 26 de marzo de 2014

Crítica de 'LA CUEVA DE LOS SUEÑOS OLVIDADOS' (2010) de Werner Herzog




La cámara de Werner Herzog siempre se ha caracterizado por dotar al fotograma de un realismo extremo, con cierto estilo documental fuera de todo artificio. Recordemos las asombrosas imágenes que nos regaló en la inclasificable Fitzcarraldo (1982), donde no se recurrió a ningún tipo de truco en las imágenes y en las que vemos cómo un barco es arrastrado en mitad de la selva por indígenas, hasta el punto de que alguno de ellos resultó gravemente herido durante el rodaje. O esas otras de Klaus Kinski a través del río Amazonas en Aguirre, la cólera de Dios (1972). Hasta en Nosferatu, vampiro de la noche (1979) Herzog parece estar filmando a un vampiro de verdad y no a una réplica encarnada de nuevo por Kinski. No es de extrañar, por tanto, que La cueva de los sueños olvidados esté firmada por Herzog, un maestro en el arte de atrapar la naturaleza en imágenes tal y como se presenta ante él. En ella introduce su cámara hiperrealista dentro de la cueva Chauvet, al sur de Francia, para mostrarnos in situ unas pinturas del hombre del Paleolítico de 32.000 años de antigüedad.

El documental  nos sitúa cara a cara ante las obras maestras realizadas por nuestros antepasados, como si el tiempo no fuera ni impedimento ni barrera, como si estuvieran recién pintadas. A través de angostos y oscuros pasillos bajo tierra, Herzog y su equipo parece que estuvieran buscando un tesoro, que hallaron en forma de bisontes, leones, caballos y diversos animales, los cuales fueron trazados por hombres que sabían jugar a la perfección con las formas irregulares de las paredes para conseguir así relieve y perspectiva en las pinturas, para que a través del fuego obtuvieran la sensación de movimiento. ¿Estaremos ante el descubrimiento de los verdaderos orígenes del cine?



Junto al equipo de filmación de Herzog presenciamos el asombro ante tal maravilla, como en ese momento donde, ante el silencio cautivador de la cueva, las pinturas hablan por sí solas. Los hombres primitivos encontraron la espiritualidad mediante el arte, y Herzog nos hace partícipes de todo ello. Y eso ya de por sí es un privilegio, teniendo en cuenta que el acceso a la cueva está cerrado al público en general. Únicamente los paleontólogos y arqueólogos pueden entrar, pero tan sólo un número muy limitado de veces al año, ya que hasta la propia respiración podría afectar a la conservación de las pinturas. El documental se pudo realizar gracias al permiso que obtuvo Herzog por parte del Ministro de Cultura francés, que permitió al cineasta introducir un pequeño equipo de rodaje para una duración total de seis días. El resultado es un viaje temporal de miles de años que difícilmente olvidaremos. Un viaje largo pero al mismo tiempo corto, ya que nos sitúa cara a cara con nosotros mismos.

EDUARDO M. MUÑOZ

lunes, 6 de junio de 2011

UN PROFETA (UN PROFHÈTE, 2.009) de Jacques Audiard


Un profeta es quizá una de las mejores películas que he visto en los últimos años. No es casualidad que haya arrasado en toda Europa. En Francia ha cosechado 9 premios Cesar incluido el de mejor película; en España ha sido nominada al Goya a la mejor película extranjera; cuenta con 6 nominaciones y 2 premios del cine Europeo; ha sido ganadora del Gran Premio del Jurado del festival del Cannes; y ha sido nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

El filme desarrolla un drama carcelario donde un magnífico Tahar Rahim interpreta a un joven francoárabe de 19 años que se las ha de haber en un centro penitenciario de Francia. Allí ha sido confinado para cumplir una condena de 6 años de pena privativa de libertad y se haya inmerso en un crisol multicultural, multiétnico, multilingüístico, y multirracial en el que tiene que sacarse las castañas del fuego.

El director escenifica los problemas de convivencia que a menudo se dan entre el conglomerado de culturas distintas en el que vivimos. Efectivamente en el centro penitenciario se forman grupos de semejantes y de esta forma se ven inexorablemente avocados a relacionarse y a entenderse apesar de las barreras idiomáticas y culturales. El protagonista Malik Eljebena (Tahar Rahim) se integra con los miembros de la mafia italiana, aprende italiano y poco a poco va ganando prestigio y progresando en la escala de valoración del grupo. Al mismo tiempo se entiende con los árabes y al mismo tiempo con los franceses.

Por momentos la trama adquiere tintes místicos y sobrenaturales. Pero no demasiado. No son excesivos. El director, con buen hacer, logra un maravilloso equilibrio entre los elementos reales y los pocos elementos sobrenaturales que interfieren en la trama. Apenas unas escenas, apenas unos matices. Pero lo justo para dotar al filme de un interés especial y de una carácter inusitado.

Un ejemplo muy claro lo tenemos con la relación que se establece entre Malik y Reyeb. Malik se integra en el grupo de los italianos con la perpetración del asesinato de Reyeb. Desde entonces Reyeb se convierte en el guía sobrenatural de Malik, un guía lleno de amor y comprensión, de inteligencia, que le asesora silenciosamente, un guía que instrumentaliza a Malik para consumar desde el otro mundo su venganza.

La virtud de Malik es sin duda alguna que se entiende con todos: comprende a los italianos, comprende a los árabes, y coquetea con las fuerzas del más allá. Malik es una especie de místico musulmán que sabe abrirse paso en un mundo asestado de culturas y de formas diferentes de ver el mundo. Así, en el juego de unos y otros finalmente confluye con su propia identidad y queda, por fin libre, abierto a un mundo lleno de esperanza.


Jacques Audiard, el mismo que otrora dirigió De latir mi corazón se ha parado (2.005), ha rubricado una película excelente, creativa, emocionante, turbadora, sugestiva por momentos, atrayente y evocadora. A mí personalmente me dejó sin palabras. Al verla sé que estoy ante un gran director de cine. No hay que dejar de ver esta película, porque consagra el flamante talento de un director que todos los cinéfilos habríamos de tener un poco presente en la memoria.   

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

viernes, 25 de febrero de 2011

MIS SECUENCIAS FAVORITAS: Créditos iniciales de BALADA TRISTE DE TROMPETA (2010, Álex de la Iglesia)


Éste es un claro ejemplo de la fuerza que poseen algunos títulos de crédito para adentrarnos en la historia de lleno. Es la función de los créditos inciciales de Balada triste de trompeta. De la Iglesia los utiliza como un elemento narrativo más de forma muy original, utilizando unas poderosas imágenes muy significativas de la Historia de España y del folclore popular (desde su lado oscuro) que contienen toda la esencia del film: desde la Semana Santa andaluza hasta imágenes de la Guerra Civil Española y del régimen franquista, sin olvidar la imagen de un payaso equiparada a los monstruos de la Universal. Y como fondo musical una saeta que más bien parece una agonía. Magistral.

EDUARDO M. MUÑOZ

lunes, 3 de enero de 2011

BALADA TRISTE DE TROMPETA (2.010) de Alex de la Iglesia. Una tercera interpretación.



Me esperaba algo más. Salí decepcionado. No disfruté. Otros más previsores se levantaron de la butaca 10 minutos antes de que terminara la función. Porque la película hace aguas por todos los costales, está deshecha y desvencijada. Y más vale revisar aquellos primeros filmes del director con los que dio en ganarse un reconocimiento en el mundo del celuloide; y en forjarse un estilo personal con el que, para satisfacción de todos, nos ha deleitado en más de una ocasión. En efecto,¿dónde está aquel Alex de la Iglesia que nos deleitó con El día de la bestia, (1.995), Perdita Durango (1.997) o La comunidad (2.000)?, ¿dónde están los trabados guiones de sus primeros trabajos?, ¿dónde están los montajes ordenados y efectivos?, ¿cómo es posible que un director de cine tan experimentado como Alex de la Iglesia se despache con una cinta como ésta tan deslavazada como deshilvanada?.

Menos mal que por lo menos la película se abre con unos títulos de crédito que son de los mejores, -por no decir los mejores-, que una recuerda de la historia del cine español. Ellos mismos por sí solos podrían representar una composición video artística del más alto nivel. La música que lo acompaña, poderosa y marcial, sucede jalonada con un buen elenco de imágenes poderosas. Vemos entre ellas obras de arte universales, el rostro escultural de una virgen llorando, o retratos de artistas renombrados del panorama internacional de aquella época. Todo ello, - música e imágenes -, se integran magistralmente con el inicio del filme mediante una transición donde los acentos del ritmo musical se transforman en el ritmo que producen los golpes que un hombre asesta contra una puerta de hierro.

Las primeras escenas, soberbias, dan paso al inicio del fiasco. El director no acaba de encontrar el pulso a la tragicomedia grotesca, esperpéntica y caricaturesca que trata de componer. El filme no está conforme consigo mismo. Tiene hallazgos de mérito pero pronto decaen ante el fracaso del montaje y la inconsistencia del guión. Cabe mentar la fuerza visual de algunas escenas que embelesan a la sala de cine. ¿Quién no recuerda al payaso triste embebido en una rabia descorazonadora, y consumido en su afán de ametrallar los estantes de un bar de carretera?, ¿quién no recuerda al payaso triste caído y disfrazado de hombre de hojalata mientras la trapecista desciende paradisiacamente de lo alto?. La poética visual y las referencias cinematográficas a otras películas vertebran el devenir del filme. Es el cine de la postmodernidad. Hay alusiones claras a Allen, Duguay, Hitchcock, Welles, Gutiérrez Alea, Tarantino, Robert Rodríguez y tantos otros.

Destacan los actores principales, tanto Carlos Areces que interpreta al payaso triste como Antonio de la Torre que interpreta al payaso tonto, quienes no sólo rubrican una actuación impecable sino que además representan el motor de la historia con una mediocridad grandilocuente. Porque hay que aclarar que una cosa es valorar la interpretación de los actores escena por escena, una a una por separado, y otra cosa muy distinta es hacer esa valoración desde el conjunto total de las escenas montadas. En el bien entendido de que si hay claras carencias en las interpretaciones de los payasos, éstas no son debidas tanto a una falta de pericia personal de Carlos y Antonio, como a una nefasta dirección de los mismos a lo largo de toda la trama. El guión y el montaje imponen a los actores unas maneras que dan en desensamblar el argumento.

Pienso por ejemplo en el acceso a la locura que experimenta el payaso triste a quien nadie pone en duda su excelente interpretación, pero que no obstante se enfrenta al absurdo de volverse loco de la noche a la mañana, o mejor dicho, de una escena a la siguiente, máxime teniendo en cuenta la causa tan nimia que motiva esta locura como es la de haber vivido un desengaño amoroso y la de haber vivido una experiencia traumática en el pasado: la de la guerra civil española. Esta transformación tan drástica y repentina no hace uso del tiempo suficiente como para que todo cobre algo de sentido, y por lo tanto convierte la película en un pastiche insufrible que da al traste con todas sus virtudes. El proceso de transformación que vive el payaso triste es grosero, artificial y forzado, y se echa de menos la implementación de ciertas elipsis narrativas u otras técnicas cinematográficas que den lugar al aquilatamiento de los tiempos del argumento. Hay que ralentizar el devenir atropellado de los sucesos para que los asuntos adquieran visos de veracidad.

Por otro lado la nefasta actuación de los actores secundarios brilla por su falta de verismo. Ni Santiago Segura, ni Fernando Guillén Cuervo, ni pollas en vinagre. Ambos son acreedores de una actuación impostada y no menos desmerecedora de su profesión. ¡Esta gente no sabe interpretar!. Dicen lo que dicen en medio de la guerra civil española y parece que estén en medio del cumpleaños de Milikito. Probablemente el film tiene más suerte fuera de nuestro país con los actores de doblaje. En cualquier caso destaca la actuación de un espectacular Sancho Gracia que aquí como en casi todas sus películas, nos deleita con una humanidad y un buen decir que lo elevan a los estantes más altos del olimpo de la interpretación de nuestro cine patrio.

A lo anterior hay que sumar los defectos del montaje. Un destrozo en toda regla. Un destrozo, o si se me permite la  ironía, una referencia cinematográfica más al monstruo de Frankenstein. Porque la película está desorganizada, desestructurada y desacompasada. La trama se desarrolla mediante unas escenas principales a la que se le añaden, artificiosamente, una serie de sketch que desconciertan la línea argumental. Repárese en aquella en la que el payaso triste sale del hospital, le parte la cara al payaso tonto, y, como por arte de magia, sin venir a cuento, de buenas a primeras, lo vemos en medio de un monte rodeado de vegetación y animales salvajes, lo vemos desnudo y comiendo carne cruda de ciervo, actuando como un perro salvaje, quemándose la cara con una plancha y echándose sosa cáustica en el rostro. ¡Esto no tiene sentido si se narra tan rápido!. ¡La locura se cuenta en un instante!. Es drástico, forzado, repentino, inexplicable, improvisado, y no concierta ninguna lógica con el desarrollo natural que requieren las escenas anteriores.

Lo mismo cabe decir de la escena del atentado de Carrero Blanco: otro sketch y otro pastiche. El bombazo que hace saltar por los aires el coche de Carrero Blanco hasta el ático de un edificio es absolutamente excesivo.  Esta escena además tiene otro grave defecto y es que entrelaza groseramente imágenes digitales que rematan la película indecorosamente. No quedan nada bien ni las digitales del atentado de Carrero Blanco ni las digitales del final de la película que se ruedan en lo alto de la cruz. Y por si esto fuera poco, en otro momento se montan otra serie de imágenes en blanco y negro de noticieros de periódicos que tampoco vienen al caso, que están de más y que no obstante están ahí, no con el fin de dar conformidad a la película, sino con el de forjar referencias cinematográficas a clásicos de antaño, en este caso a Ciudadano Kane. Todo este totum revolutum viene aderezado con otras escenas sin sentido donde por ejemplo vemos al hombre de la moto del circo que salta para darse un porrazo contra el pilar de la cruz del Valle de los Caídos o aquella otra en la que vemos a los compañeros del circo del payaso triste que aparecen de la nada para entretener a la policía y que éste pueda escaparse. Son escenas que no vienen a cuento y que acontecen sin ningún suceso anterior que las motive.

En general la falta de trabazón del guión, el montaje desarreglado, rudimentario, desestructurado y desacompasado, la fatal mezcolanza de las tomas digitales con las tomas que no lo son, el montado de escenas absolutamente innecesarias, los pegotes absurdos, los sketch impertinentes y ajenos al desarrollo principal del argumento, convierten esta película en la peor de la carrera de Alex de la Iglesia, un fracaso absoluto que sin duda alguna merece los premios a la mejor dirección y al mejor guión del Festival de Venecia o un oscar honorífico. Porque quizá fuera mejor que el director le diera un giro de 180 grados a su carrera y se dedicara a dirigir los sketch de fin de año, los de José Mota, pero asistido, eso sí, de algún guionista experimentado con algo más de gracia.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

viernes, 31 de diciembre de 2010

BALADA TRISTE DE TROMPETA según Carlitos Way


Estamos ante un cineasta con un universo muy particular que hace cine como pocos, y también ante un coupage de géneros. De la Iglesia demuestra ser un maestro en cada uno de ellos. Lástima que en esta ocasión no haya sabido enlazarlos pefectamente en el ritmo externo o montaje. Éstos son sobre todo thriller y comedia que nos ofrecen secuencias de acción de indudable valor y otros no tan buenos momentos cómicos donde el film pierde intensidad, en mi opinión. Esto puede ser causa de distracción para el espectador.

Sin embargo, su ritmo interno (me refiero principalmente a los actores y la planificación de movimientos dentro de cuadro) es absolutamente genial y concuerda a la perfeccion con la intensidad del film. Sin embargo, hay mucho tiroteo al final donde se le podía haber dado mas intensidad de intriga. Es decir, no haber enseñado tanto despliegue pirotécnico y haberle dado una belleza mas poética que, sin embargo, la tiene.

Metaforicamente el guión es de una incalculable belleza de expresiones y sentimientos. Nos transporta maravillosamente bien a una época de la cual somos partícipes en cuanto a memoria histórica (muchos de nuestros familiares sufrieron la posguerra y lucharon en la Guerra Civil). Aqui Álex de la Iglesia nos divide de la misma forma que esa España que se dividió a la fuerza. Los Republicanos están simbolizados en el Payaso triste (maravillosamente interpretado por Carlos Areces, el Goya al Actor Revelación ya tiene nombre), llegando a una locura de amor para convencer a unos españoles de su bondad. Su personaje avanza como la espuma hasta límites insospechados, como esa España engañada que sufrió una posguerra lamentable. Al igual que su personaje está anclada en un pasado que ya no le pertenece, después de unas heridas de guerra marcadas en su rostro. Por otro lado, los nacionales están representados por el Payaso tonto. Y los españoles en su conjunto por Natalia (una actuación sólo aceptable de Carolina Bang) que representa a esos españoles que siempre dudaron sobre su ideología política, del mismo que su personaje  duda de su amor hacia uno o hacia otro y que por amor o por corazón seguía equivocándose. Y es que en una guerra elijas lo que elijas siempre te equivocas.

La película, por tanto, es el arquetipo de un cine de entrenimiento elevado al máximo exponente y es una de las revisiones más loables de la Guerra Civil Española. Mezcla la lucha de los payasos (de lo mejor de nuestro cine en cuanto a acción), la comedia ácida y el cine documental de indudable valor histórico. Arriba el cine español.

CARLITOS WAY

jueves, 23 de diciembre de 2010

BIUTIFUL (2.010) de Alejandro González Iñárritu


La integración cultural, el choque de civilizaciones, la diversificación lingüística y, en general los problemas de comunicación entre los hombres, son temas recurrentes en la filmografía de Alejandro González Iñárritu. En su última película, Biutiful (2.010), vuelve a tratar los mismos temas de siempre pero esta vez puestos en relación con la tragedia de Uxbal, un hombre al que le han dado tan solo un mes de vida, y que antes de irse tiene que dejarlo todo preparado por el bien de sus hijos.

El título de la película nos da las claves bajo la que hemos de interpretar el desarrollo de la trama. Con una falta de ortográfica y lo que también es una transcripción de una palabra inglesa a la fonética del castellano nos informa de los problemas de adaptación y los obstáculos que deben sortear quienes se establecen en un lugar ajeno a su nación vernácula, con costumbres ajenas, y lenguajes distintos. Nos adelanta así la primera línea de acción desde la que se vertebra el argumento.

La segunda línea argumental no tiene que ver con el significante y su error ortográfico sino con el significado de la palabra Biutiful. Ello nos pone sobre la pista del tema primordial que desarrolla el filme: la belleza y la estética. Aclaro que contempla un sentido de belleza muy distinto al que entendemos usualmente. Iñárritu no habla de la estética de la moda de Milán, ni mucho menos de la esbeltez de las modelos parisinas. Habla de algo más profundo, de una belleza que trasciende al propio ser y se destila en el comportamiento ético. La idea de bien, decía Platón, es la idea de belleza y viceversa. La ética se identifica con la estética. Ambas se confunden y de este modo obrar bellamente es obrar éticamente. En efecto Alejandro González Iñárritu nos narra la historia de alguien que hace lo que tiene que hacer ante unas circunstancias extremas, a pesar de su propia y doliente mortandad y a pesar sobretodo de lo que su propia muerte puede representar para sus hijos que se hallan a su cargo y dependen de él.



De esta guisa Uxbal, el protagonista, interpretado buenamente por Javier Bardem, tiene que sacarse las castañas del fuego en un crisol multicultural, multiétnico y multilingüístico como es Barcelona. Una ciudad donde desde hace mucho tiempo se ha discutido sobre la identidad nacional, el derecho de autodeterminación y la lengua inmanente. Los problemas culturales que se vienen dando en Barcelona tienen un correlato expreso con la historia de Uxbal.

Desde este contexto, Uxbal ha de habérselas con el futuro de sus hijos, con su ex-mujer desentendida, con su hermano descarriado por las bajas pasiones, y sobretodo con la mismísima muerte, su enfermedad mortal, ese cáncer de próstata que no le deja tiempo apenas para dejar atados los cabos de su vida. Una enfermedad que le aqueja durante todo el argumento y representa el motor fundamental de sus acciones y el punto neurálgico de la textura narrativa.

Por eso Biutiful es un canto al coraje de un hombre que es capaz de remover Roma con Santiago, el cielo y la tierra, o rasgarse las vestiduras en plena vida para sobreponerse a su fatal e irremediable desenlace. Vemos por tanto a un padre que ejerce como padre en un ambiente sórdido y paupérrimo y vemos al mismo tiempo a Uxbal como un punto de entendimiento común entre los hombres, un auténtico canal de comunicación entre las diferentes culturas de la tierra, entre las diferentes razas, entre las diferentes lenguas, y, más aún, entre los hombres y las instancias sobrenaturales del más allá. En su persona confluye la línea vertical con la línea horizontal, el mundo espiritual con el mundo terrenal, y, en definitiva, la vida con la muerte. Por eso Barcelona no es Barcelona sino, antes, un escenario de confluencia, y Uxbaldo lejos de ser Uxbaldo es también un instrumento al servicio de los encuentros culturales y los encuentros espirituales. Todo en el filme tiene que ver con el encuentro, la conexión y los entrelazamientos de toda índole.

Si en Amores Perros (2.000), y en 21 gramos (2.003) se daban tres tramas diferentes que convergían, todas ellas, en un mismo accidente de tráfico; y si en Babel (2.006) se daban cuatro historias y cada historia se enlazaba con la otra mediante una delicada relación de causalidad; ahora, con Biutiful (2.010), el director desarrolla la narración a lo largo de una trama lineal, en cuyo protagonista converge un dechado de subramas que no sólo convienen en enriquecer la trama principal, sino que además coadyuvan en la construcción de los personajes. Es cierto que la deconstrucción narrativa de la que Iñárruti hace gala en esta última cinta es menos notoria que en la llamada trilogía de la muerte, pero lo que está claro es que cuando uno ve la película, apenas cae en la cuenta de esta circunstancia.

En cualquier caso tiene sentido que todas las subtramas converjan en figura de Uxbal pues él no es otro que el gran intermediario de culturas y lenguas, el que comprende a todos, el que habla el lenguaje de Pentecostés, el que es capaz de contactar con los actores muertos de la vida, el que, en resumidas cuentas, contraviene la maldición de la torre de Babel. Esto explica la pertinencia de las tramas adyacentes. La subtrama con los africanos, la de los chinos, y la que se da con algunos miembros corruptos de la policía barcelonesa. Uxbal se constituye de esta forma en la rueda dentada que hace que todo funcione con precisión suiza. Él sabe estar en medio en armonía sin que nada entorpezca.

A pesar de estas virtudes que hemos esbozado, hay secuencias que desfavorecen notablemente la película. Hay subtramas y acontecimientos que quedan forzados y artificiales. Nos falta información adicional para entenderlas con un poco de lógica. Hay una por ejemplo en la que un empresario chino asesina a su amante homosexual y no se comprende muy bien como se llega a esa situación, ni mucho menos los motivos que llevaron a aquel a acometer tal tropelía. En otra imagen vemos una playa con un montón de chinos fallecidos y varados en la arena. La imagen en cuestión representa una estética rayana con la muerte, muy bella eso sí, pero que en nada acompaña al tenor argumental de la primera línea narrativa. Zanjar algunas de estas secuencias, recortarlas quizá, redundaría en beneficio de la historia.


Todo lo cual no quita mérito a la película, que además cuenta con un reparto de excepción. Javier Bardem interpreta a Uxbal y nos deslumbra con una gama de sentimientos tan ambiguos como contradictorios; capta todas las sutilezas y delinea un personaje telúrico y espiritual, comprometido y ansiado de un orden en el mundo; no obstante lo anterior no es menos cierto que en alguna escena que otra decae su calidad interpretativa y se nos vuelve espesa y atorada. En cambio la actriz argentina Maricel Álvarez se erige en la estrella actoral de esta película. Su interpretación no sólo carece de fisuras sino que además exhibe una portentosa capacidad para transmitir sentimientos, sus ojos por ejemplo, se humedecen en las escenas de mayor carga emotiva; siente lo que dice, cada frase, cada gesto, con todo su corazón, mientras que su talento se desborda en cada uno de los fotogramas en los que aparece.

Aparte del estupendo plantel de actores, principales y secundarios, con el que cuenta Iñárritu, y aparte de la magnífica dirección que hace de los mismos, no podemos pasar por alto el bellísimo final que cierra el film. Uxbal muere, pero su muerte es concebida como una puerta más que se abre hacia una segunda vida. Una vida donde se encuentra con su padre, más joven que él, en una paisaje nevado y lleno de pureza. El espectador, después de recorrer las calles desamparadas, sórdidas y deshumanizadas de la ciudad de Barcelona, después de soportar la iniquidad de los agraviados, la algarabía familiar y la muerte  descorazonadora, respira en paz por fin, a gusto de una vez, y encuentra su descanso merecido ante ese bosque inmenso, desolado y purificador.

Para terminar me gustaría recordar el origen primigenio de este filme: aquel concierto de piano en sol mayor de Maurice Ravel que un buen día sonaba mientras que Iñárritu y sus hijos se preparaban el desayuno; al escucharla sus dos hijos rompieron a llorar desconsoladamente. Esa misma mañana un personaje llamaba a la puerta de Iñárritu y le dijo: “Hola me llamo Uxbal”; esa música que dio lugar a todo esto.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

lunes, 20 de diciembre de 2010

BALADA TRISTE DE TROMPETA (2010) de Álex de la Iglesia


Las películas que no te dejan pestañear ni mirar el reloj durante las dos horas de visionado y que hacen de la experiencia de ir al cine una delicia deberían tener una categoría especial, un género propio. Da igual de lo que traten, ya sea comedia, drama o terror. Balada triste de trompeta pertenece a ese género que aquí propongo, el género de las películas que te dejan clavado en la butaca.

Desde el comienzo ya sabemos que algo inquietante va a ocurrir, con unos maravillosos títulos de crédito que nos hacen un resumen fotográfico del pasado reciente de nuestro país. A continuación, no hay respiro que valga, ya estamos metidos de lleno en el universo de Álex de la Iglesia. Desde la brillante primera secuencia de la película, este bilbaíno de 45 años y Presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, sabe cómo atraparnos. Ha estudiado al público sabiamente, como hacía Hitchcock, y sabe lo que el espectador quiere. Y todo esto sin dejar de hacer un cine tremendamente personal.

La historia arranca a finales de los años 30, en plena Guerra Civil Española, y posteriormente se sitúa en los años 70 del último franquismo. El enfrentamiento entre dos payasos por el amor de una trapecista es el núcleo central de la cinta. La Guerra Civil no sólo sirve a De la Iglesia para formar una trama brillante, sino también de metáfora: Dos payasos enfrentados, dos Españas enfrentadas.


El mundo del circo es mostrado de una forma muy personal, muy original. Todos son personajes marginales, una peculiar parada de los monstruos a la española. Y cada uno tiene un motivo para dedicarse al circo, sobre todo la figura del payaso. El personaje de Antonio de la Torre (el payaso tonto) llega a decir en un momento de la película que él es payaso porque de lo contrario sería un asesino. También sirve de metáfora, en mi opinión, al tema central de la película: la guerra como un circo.

La mezcla de géneros que desarrolla Álex de la Iglesia es formidable, hay de todo: comedia, amor, pinceladas extraídas del cine de terror, acción, algo de gore... aunque fundamentalmente es una historia trágica. En otros trabajos suyos, como la magnífica El día de la bestia (1995), también descubrimos que se desenvolvía muy bien en la combinación de diferentes géneros, pero aquí ha alcanzado su grado máximo. Ha demostrado ser un maestro en hacer un tipo de cine muy arriesgado del que muy pocos salen airosos. Y no sólo lo ha bordado, sino que ha firmado su mejor película.

La mayor parte del éxito reside en los actores protagonistas. Me quito el sombrero sobre todo ante Carlos Areces, conocido por los programas de televisión Muchachada Nui, La hora chanante y Museo Coconut. Me dejó sin palabras su interpretación, que transmite de forma excelente la transformación que sufre su personaje a lo largo del film, de la cordura a la locura... No hay palabras, es mejor verlo. Antonio de la Torre también está magnífico. Quizás quien no esté tan a la altura es la actriz que interpreta a la trapecista, Carolina Bang, que también trabajó con Álex de la Iglesia en la serie de televisión Plutón BRB Nero. Pero ante semejante dúo la chica lo tenía complicado.


La ambientación, los decorados y la excelente fotografía de Kiko de la Rica recrean de forma magistral la época. Por momentos parece que estemos asistiendo a un documento audiovisual, y a este respecto ayuda que sucesos reales se fusionen con la trama (por ejemplo el atentado de ETA contra Carrero Blanco).

Y en todo este universo personalísimo no podía faltar un final apoteósico, como ya tenía El día de la bestia (1995) en las Torres Kio de Madrid o La comunidad (2000) en la azotea de un céntrico edificio también madrileño. En esta ocasión el final no podía desarrollarse en otro lugar que el Valle de los Caídos, que sirve a De la Iglesia para hacer un homenaje al Hitchcock de Con la muerte en los talones (1959), cuyo final se desarrollaba en el monte Rushmore.

Estamos, por todo lo dicho, ante el mejor cine español que hayamos visto en mucho tiempo. Pocas películas actuales tienen un arranque y un final tan magnífico como ésta y te dejan reflexionando durante días. La balada triste de De la Iglesia lo consigue. Es una película con sabor trágico, nostálgico, diferente, que ha triunfado por derecho propio en el Festival de Venecia. Quizás no sea apta para paladares exquisitos, pero el análisis que hace de las raíces del país en el que vivimos no dejará indiferente a nadie.

EDUARDO M. MUÑOZ 

viernes, 17 de diciembre de 2010

Crítica de 'CHLOE' (2009) de Atom Egoyan


Chloe es un remake de una película francesa Nathalie X (2.003) que dirigió Anne Fontaine e intepretó Emmanuelle Beart, Fanny Ardant y Gérard Depardieu. Es un remake y peor aún, ¡un encargo!. Por lo visto un estudio contrata a un director para hacer una película y ganar dinero. A tal fin se contratan a 3 ó 4 actores de encanto y proyección transfronterizo, y se urde una trama de tipo sexual que alimente el instinto y los fantasmas de la masa ignorante.

Julio Medem también perdió todo su prestigio (y su honestidad) de la misma manera. Habitación en Roma (2.010) no es nada menos, pues se trata también de una película detestable donde el sexo lésbico se convierte en su único y deplorable reclamo. Hay más imaginación y más talento en cualquier película porno de Nacho Vidal que en estas obras maestras de las que tenemos el placer de hablar.

A mí no me parece mal que se traten estos temas, pero, joder, que por lo menos se haga con algo de talento. Que no de la sensación que las cosas se hacen por hacer, así, sin ton ni son, como para coger un buen pellizco en un momento dado y si te he visto no me acuerdo. Ahora ya no es como antes. Los tiempos van cambiando y un director tiene que adaptarse a la nueva sensibilidad de los espectadores, debe evitar caer en los lugares comunes del sexo y la sexualidad. Estamos muy cansados de ver este tipo de escenas, las hemos visto mil veces, hasta la saciedad, y por eso cuando los vemos de nuevo nos da una sensación de hartazgo y hastío monumental. ¡Siempre lo mismo!. Ganan más enteros las películas que soslayan o eliden la pasión enloquecedora de las escenas de cama, los enamoramientos profundos de un solo día y cosas así tan procaces y directas.  En los tiempos que corren el sexo y la sexualidad es algo que debe mostrarse con mucha delicadeza y más  creatividad. Hay que marcar la diferencia con respectos de esas escenas de cama que hemos visto en tantas y tantas películas. Hay que abordar la sexualidad desde otro nuevo enfoque. Las modas pasan y de la misma manera que ya no queda bien rodar películas como las que se rodaban en la época del destape, -tan en boga en la España de los años 80-, tampoco queda bien que Chloe nos obsequie con sus escenas lésbicas o con el resto de los reclamos sexuales que nos propone.

Por eso Chloe no sólo es una película que ha nacido obsoleta sino que, además, descansa en un guión nefasto y una trama que brilla por su falta de verismo. ¿Cómo nos vamos a creer que una prostituta se va a enamorar de buenas a primeras de una ginecóloga?, ¿cómo nos vamos a creer que esta prostituta Chloe, interpretada buenamente por Amanda Seyfried, y movida por su pasión irrefrenable, no tenga otra cosa que hacer que acosar y acosar a Catherine (Julianne Moore) y a su familia, hasta el momento en que la muerte, de una forma azarosa, le para definitivamente los pies?. No sé... Los sentimientos que se ponen en juego resultan artificiales a todas luces. No obedecen a una lógica común. La película hace aguas por todos sus costados. 

Además, aunque al principio la trama fluye de una manera natural con un juego de ambigüedad y falsas apariencias, lamentablemente en el último tercio, se produce un giro inesperado que acaba por hundir definitivamente la película. Este giro se traduce en el desvelamiento de una obsesión enfermiza de Chloe por Catherine. Una obsesión que raya la patología psicológica y que rompe con el clima de naturalidad que se venía dando desde el principio.

Salta a la vista la factura mediocre que tiene la película. Se nota que se trata de un trabajo de encargo. No hay inspiración sino factura ciega. No hay talento ni sensibilidad cinematográfica sino carnaza humana para los pobres de espíritu. Se trata de un producto perfecto para el vulgo soez y para los cavernícolas que fuimos algún día. Por ello es preferible bajar aún más abajo, descender la escalera que nos llevan al sótano, disfrutar tranquilamente de una buena película XX de nuestro mejor cine porno. De esta manera, por lo menos, tendremos el descanso de no pensar en nada.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

sábado, 11 de diciembre de 2010

ENTRELOBOS (2.010) de Gerardo Olivares


Entrelobos no cumple con los expectativas que cabría esperar de una película que nos cuenta la historia de un chaval de 7 años, que en la vida real se llama Marcos Rodríguez Pantoja, y cuyo padre, que no alcanza a alimentar las bocas de su familia, le desahucia y le entrega a su señor. Éste le deja al cuidado de un anciano cabrero que vive en los parajes, boscosos y montaraces, del bellísimo valle del Silencio de Sierra Morena. De su mano comprende la vida en armonía con la naturaleza, asimila las técnicas de caza, la medicina autóctona y los usos ganaderos hasta el momento en que la muerte se lo lleva por banda. De este modo el destino le empuja a vivir una vida miserable y neolítica, de mala muerte en suma, en la que él solo, -muchacho todavía-, tiene que componérselas para vivir, para cazar, para curarse, rodeado de hostilidad: la fauna, el monte que se cubre de nieve cuando llega el invierno, los hombres agresivos de los terratenientes.

La película empieza y decepciona. Los niños interpretan sin sentir lo que dicen, sin sentir lo que pasa, y por ello carece de presencia el peligro que quiere convocarse. Los padres de los niños, en especial la actriz Luisa Martín está sobreactuada, en su boca el diálogo no alcanza la emoción precisa que su actuación requiere. El resto del plantel está de cine. Juan Manuel Soto, el cantante, con un minuto apenas y cuatro o cinco frases, nos desvela, con calibre y dicción, el perfil psicológico del terrateniente al que da vida. Iguales alabanzas se merecen Carlos Bardem y Sancho Gracia, actores de reconocida trayectoria, que en esta película bordan sus papeles, y saben conferir, con profesión, relieve y dimensión a sus palabras. No tanto se merece el jovencísimo Juan José Ballesta que con su fugaz presencia, pasa por el film, sin pena ni gloria, igual que un secundario.  Se constatan, no obstante, diversos desajustes, sobretodo al principio, entre el guión de los actores y el guión técnico allí donde los planos y el movimiento de las cámaras no acaban de encajar y resolverse bien. 

El guión mejora a medida que avanza la película. Mejora notablemente. La profunda llaneza con que hablan los actores, los giros andaluces, la manera directa con que se abordan los asuntos, nos dejan sin palabras. La belleza, a partir de la segunda mitad, es incontestable. Hay expresiones dignas de guardar en la memoria, expresiones profundas, sencillas, claras penetrantes. Estas pocas frases y la estupenda labor del director de fotografía de unidad de la naturaleza, Joaquín Gutierrez Acha, hacen de la película un ensayo encomiable.

Aunque es cierto que la trama no se encuentra bien trabada, ni el nudo bien contado, ni mucho menos el desenlace, no lo es menos que la belleza de los parajes ibéricos, los encuadres centrados, y la composición ordenada de los elementos puestos en escena, revelan una estética muy española, que no pasan indiferentes al espectador sensible. Antes al contrario, le emociona y lo vive como algo muy propio de su identidad. Se nos presenta así una fauna de lobos ibéricos, y búhos reales, ciervos y liebres, jabalíes, conejos y águilas reales, halcones y caballos andaluces en un paraje de rocas y musgos, con riachuelos y ríos, con ramajes profusos de jara y carrasca, de romeros y tomillos, de yerbas y arbustos de la zona; un paisaje que pertenece a lo que hoy se denomina el Parque Natural de la Sierra de Cardeña y Montoro, y que no sólo se ve, sino que también se toca, se huele, se siente y se oye.

Entrelobos no llega a ser una película película, pero tampoco se queda en el género documental. Se encuentra fatalmente a medio camino. En un término intermedio que atesora las carencias de ambos géneros. Ni desenlaza bien ni documenta. Es una película malograda, realizada por un director, Gerardo Olivares, que no ha sabido trazar una trama efectiva y consistente, ni construir una historia verdadera con una idea fresca, que daba para mucho, pero que en sus manos no ha dado para otra cosa que para sacar a la palestra a un sensacional director de fotografía de unidad de la naturaleza, Joaquín Guitierrez Acha, conocido director de documentales y colaborador habitual de National Geographic y la BBC. No tiene otra virtud esta película. Quiera el azar y la academia que el susodicho se alce con el merecido Goya.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

martes, 7 de diciembre de 2010

TRES METROS SOBRE EL CIELO (2010) de Fernando González Molina


Tres Metros sobre el Cielo está dirigida por Fernando González Molina, quién ha dirigido Fuga de cerebros (2009) y algunas temporadas de la serie de televisión Los hombres de Paco.

No hay nada nuevo en esta película ya que la historia está vista hasta la saciedad, sólo que aquí está amoldada a los nuevos tiempos. Está basada en un libro homónimo de Federico Moccia. Es la historia de un amor imposible entre dos personajes de clases diferentes. Aquí la chica es una pijita de buena familia, y el chico es un macarra poligonero.

En el visionado se constata el origen del mundo de la televisión por parte del director porque la película sigue completamente los parámetros de un telefilm. Ya no sólo por la historia, sino por la torpe realización, que deviene en un capítulo largo de cualquier serie de adolescentes de las que tanto triunfan en nuestras televisiones.

Los actores no consiguen pasar la línea del simple aprobado, incluyendo a María Valverde, muy lejos de esa dulce Lolita que nos cautivó en La flaqueza del Bolchevique (Manuel Martín Cuenca, 2003). Pero más grave aún es la participación de Mario Casas, un actor popular en base a sus trabajos en televisión que se limita durante todo el metraje a ir sin camiseta luciendo musculitos.

El guión está exento de todo interés. El chico se supone que es problemático porque ha tenido un pasado difícil. Pero la explicación que se nos da en la película mediante un flashback es totalmente banal y exagerada, una tomadura de pelo. Con el resto de personajes sucede algo similar, están faltos de veracidad, son todos de cartón piedra.

A lo anterior se une que el director parece no saber cómo resolver la realización de la mayoría de las escenas. Valga como ejemplo las secuencias de carreras de motos entre los poligoneros en las que es imposible percibir qué está ocurriendo porque la cámara no deja de moverse, en un vano intento de dotar de realismo a lo rodado.

Si es este el cine español que se va a poner de moda, es para echarse a temblar. Eso sí, el público adolescente hará de la película un éxito estas Navidades. No lo duden. Y mientras tanto veremos cuántos homenajes harán al recientemente fallecido Luis García Berlanga.

EDUARDO M. MUÑOZ 

lunes, 6 de diciembre de 2010

TAMARA DREWE (2.010) de Stephen Frears


Tamara Drewe es una comedia romántica del director británico Stephen Frears. Una comedia estupenda y animosa de quien otrora obtuviera un gran reconocimiento con películas  tales como Las amistades peligrosas (Dangerous Liason, 1.988) o The Queen (2.006). Naturalmente el film presenta una factura propia de quien ostenta profesión, madurez y experiencia en el mundo del celuloide, pero en lo que aquí respecta, no se trata de un trabajo destacable ni mucho menos acreedor de críticas sobresalientes.

Se nos cuenta la historia de una periodista, Tamara Drewe (Gemma Arterton) que después de varios años, regresa, con su nariz operada, atractiva y urbana, a su pueblo natal, donde vivió sus primeros escarceos con Andy Cobb (Luke Evans), un chaval que, ahora, ha vinculado su vida a las labores del campo. Su llegada despierta el interés de los hombres, el de Nicholas Hardiment (Roger Allam), un maduro escritor de contrastado éxito; el de Andy Cobb su compañero de adolescencia; y el de un archiconocido batería de un famoso grupo de rock, Ben Sergeant, interpretado magistralmente por Dominic Cooper, con quien vive un romance desatado y pasajero.

En el juego de estos tres romances se desenvuelve una trama salpicada de chispazos cómicos que mueven a la gracia pero que, sin embargo no aciertan a convocar las carcajadas limpias. A pesar de estas virtudes, el guión y la trama, no dejan de sorprendernos por su insistente superficialidad. Los elementos cinematográficos se ordenan hacia el mero entretenimiento sin otra pretensión de más calado. Hay además un tufillo intelectual que acartona la atmósfera y la distancia de los espectadores. El devenir de los sucesos acontece desde el refinadísimo prisma de un elenco de escritores que representan el centro de actuación. Desde esta perspectiva el director penetra, banalmente, en las capas oscuras de los sentimientos, el amor y la atracción, el sexo y la infidelidad, así como en la tentación que se queda al alcance de la mano.

Esta adaptación cinematográfica de un comic del mismo nombre firmado por su autora Posy Simmonds, nos recuerda las comedias que tan buen resultado le han dado al director americano Woody Allen. Su influencia está presente y vemos los mismos líos amorosos protagonizados por escritores, artistas, y gentes de semejante cepa, que se enfrentan a los mismos problemas, a las mismas contradicciones y que, en definitiva, les llevan a rayar los síntomas de la neurosis y de las inseguridades psicológicas. La película Tamara Drewe nos hace pasar un rato divertido, agradable y ameno y donde la risa contenida se convierte en la protagonista de esos 111 minutos de metraje. 

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS.

viernes, 3 de diciembre de 2010

HABITACIÓN EN ROMA (2.010) de Julio Medem


"Habitación en Roma" no se encuentra a la altura de los mejores films del cineasta Julio Medem. "Los amantes del círculo polar" (1.998), o "Lucía y el sexo" (2.000) son buenas referencias, -excelentes-,  de quien en ellas hizo gala de una capacidad inverosímil para contar historias de bellísima hechura. “Habitación en Roma” es un remake de la película “En la cama” (2.005) del director chileno Don Matías Biza. Representa la historia de dos mujeres que se conocen, se atraen, y pasan juntas una noche en un hotel romano.

Pasado el ecuador, la película aburre. Todo está dicho, todo está hecho y el desenlace no nos sorprende en nada. Desde entonces se estiran las escenas artificiosamente, y el guión y los diálogos resultan de una pesantez y de una afectación, que nos abren la boca en un bostezo celestial. El director se las compone para rellenar el metraje y hacerse con el tiempo que estipulan los largos. El problema es que cuando se pone a ello salta a la vista una innegable ramplonería y un no menos detestable adocenamiento, que da al traste con la cinta en todos los sentidos.

Julio Medem no saca a relucir ni su talento ni su universo estético. No vemos los espacios naturales tan hermosos que filmara en otros films. No vemos referencias a los astros, a los círculos, o a las casualidades que destrenzan el amor y el vacío.  No vemos nada que no sea un oculto interés por desbancar nuestros bolsillos, una pérfida abdicación de su perfil de artista.

En su lugar Medem nos cuenta una historia manida, fácil, una historia que funda su centro de atención en la lujuria y el morbo de ver a dos mujeres acostándose: ese viejo fantasma que atormenta a los hombres desde que el hombre es hombre. La cuidada cursilería con que nos deleita deriva en estropicio, la superficialidad de los sentimientos que se ponen en juego nos mueven al sopor, y la poca profundidad de las conversaciones ponen en evidencia una interpretación tan deficiente como malograda. Quizá Elena Anaya tenga un pase, pero el caso de Natasha Yarovenko, solo puede arreglarse con las listas del paro.

Los planos a menudo resultan demasiado artificiales y producen el efecto contrario al ideado. Cuando las actrices comienzan a contar su pasado, su biografía, su historia personal, los planos, el ambiente, y la interpretación no convienen en convocar la atmósfera adecuada para la desnudez del alma. Se nos cuenta una historia que pretende asemejarse a lo real y sin embargo la historia se aleja de la realidad, absurda y con tintes falsarios, aderezada con una alarde de sobreactuación tan anodina como acartonada.

Es imperdonable la impostura intimista que nos ofrece Medem. Un director que, cuando quiere, hace historias bellísimas y, que ahora, por el contrario, nos ofrece una historia mascada, barata, de no más de cuatro duros, una historia que ha filmado en un recinto limitado de unos 50 metros de superficie, sin exteriores, sin apenas secundarios, con tan sólo una pareja de actrices principales, con un guión no menos detestable y con el fuerte reclamo de las escenas de cama. Cualquier película porno es más satisfactoria. Es verdad. Pero aquí el Señor Medem tiene el renombre suficiente como para hacernos pasar por la taquilla y que soltemos los 7 putos euros esos de mierda.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

lunes, 22 de noviembre de 2010

SALIDOS DE CUENTAS (DUE DATE, 2.010) de Todd Phillips


Era domingo y andaba quemao por el cólico que me ha tenido tieso este último finde. Me fui con una amiga al cine del centro comercial Príncipe Pío. Eran las ocho y cuarenta y pillamos la película empezada, unos 5 minutos. Después de todo, aquella sala, aquella proyección, hizo que me olvidara de mis malos momentos. La sala estaba llena y al unísono rompíamos a reír como chavales de 15 años. Con independencia de que la película esté más o menos lograda, a uno le entretiene y no le da la sensación de que, como muchas otras veces, le han dado gato por liebre. El barbas, un tal Zach Galifianakis, lo hace de puta madre. Él sólo, con su talento, representa el centro sobre el que gira toda la película. Ha nacido para la comedia, le sale bien y con su interpretación deja en un segundo plano a un excelente Robert Downey Jr.. No obstante, el director, Todd Phillips, ha hecho una película pensada sólo para que Zach se luzca. Está hecha a medida. Ningún esfuerzo se le pide al barbas que está en su salsa, haciendo lo que mejor sabe hacer, lo que siempre ha hecho, y lo que, probablemente, siempre ha sido. La trama es muy sencilla y la película se reduce a un devenir de escenas que nos mueven a la gracia. Los dos protagonistas se ven avocados a realizar un viaje en coche de unos días, suceden cosas, no se aguantan, cada uno tiene que sobrellevar las rarezas del otro, tienen que adaptarse y, todo este proceso, finalmente, les transforma: acaban comprendido cosas que antes no comprendían. Como sucede en la leyenda griega, Ulises llega a Ítaca después de 20 años igual y diferente.
ANTONIO Martín de las Mulas

martes, 16 de noviembre de 2010

CAZA A LA ESPÍA (FAIR GAME, 2.010) de Doug Liman


"Caza al espía" aburre mortalmente. La chica que estaba delante de mi butaca se quedó 20 minutos dormida. Los de al lado estuvieron un rato comiéndose la boca. Otro se piró 15 minutos antes de que la película terminara. Y yo, estaba ya en un plan de contar ovejitas para que esto terminara de una vez por todas.  Quise irme, lo deseé con todas mis fuerzas pero me tuve que tragar los 106 minutos esos sólo porque está feo dejar a los colegas colgados. La película es una especie de telediario largo. El montaje está bien. La narración es, por momentos, liosa. Sean Penn lo hace bien, interpreta a Joseph, un diplomático que tiene movidas con la administración Bush. Naomi Wats está buena, e interpreta a Valerie Plane, la mujer de Joseph, que trabaja para la CIA y su trabajo consiste en evitar la proliferación de armas de destrucción masiva en Iraq. La administración Bush pone en marcha la maquinaria mediática, promueve la creencia de que se están desarrollando programas nucleares en estos enclaves, y de ahí, surge todo el mal rollo, porque Joseph sabe de primera mano, que lo que esta gente dice es falso, que están mintiendo y que están utilizando argumentos falsos para justificar la invasión de Iraq. A partir de ahí, esta gente que no ha leído "El Príncipe" de Maquiavelo (y ahora me refiero a los que han hecho la película) no comprenden la esencia de la ciencia política, y claro, así pasa que empiezan a largarnos el cuento ese de las enmiendas, las libertades, el honor, la verdad y cosas así muy abstractas y muy americanas que estoy cansado de ver en todas estas películas de segunda fila que no soporto más. 


ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS