viernes, 23 de octubre de 2015

Crítica de 'EL COMPLEJO DE DINERO (DER GELDKOMPLEX)' (2015) de Juan Rodrigáñez




‘El complejo de dinero’ es la  ópera prima del madrileño Juan Rodrigáñez, que adapta de forma libre la obra homónima de la escritora Franziska Von Reventlow publicada en 1916. Rodrigáñez presenta a unos personajes de los cuales poco sabemos, tan sólo que cada uno arrastra una relación con el dinero de forma, digamos, acomplejada, como ya nos indica el título. No se trata de un film al uso pues no es frecuente encontrar en nuestros días dentro de la industria cinematográfica algo de carácter tan reflexivo, no preocupado en exceso por explicar sino más bien por mostrar. ‘El complejo de dinero’ muestra a unos personajes dentro de un ambiente bucólico (con aire hippy y de comuna) para que el espectador reflexione a través de unos bellos fotogramas y unos mínimos diálogos.

Juan Rodrigáñez enfoca la historia (o más bien los diálogos, porque el argumento es mínimo) hacia el dinero: las relaciones de las personas con el poderoso caballero así como entre ellas mismas. O lo que es lo mismo, el dinero lo maneja todo, hasta las relaciones humanas, y por mucho que alguien crea que puede estar al margen de él le atrapará de un modo u otro. Los personajes se hallan durante todo el film en una casa de campo donde abundan los silencios, las situaciones cotidianas, el ambiente festivo y hasta el surrealismo propio de Buñuel (por ejemplo en la escena donde una de las protagonistas imita a una gallina). El cineasta insiste en mostrar planos de los paisajes que rodean al caserío, de los que parece intuirse una melancólica llamada a una vida más humana que ha sido arrebatada a los hombres por culpa del dinero, a través de unas relaciones que se han mercantilizado en cierto modo. Esta podría ser una una de las lecturas, ni mucho menos la única. Aunque no esté enmarcada en ninguna fecha ni época concreta, también puede hacerse una lectura más política mediante las referencias a la todopoderosa Alemania y sus ayudas económicas.



Resulta innegable admitir que la propuesta es arriesgada y valiente. Eso sí, todo el mundo no va a soportar fácilmente su pausado ritmo y su forma de ir a contracorriente, casi como si Juan Rodrigáñez se rebelara ante la forma más convencional de contar una historia. Pero tan sólo por la conciencia que despierta del mundo que habitamos merece la pena acercarse a ella. Se echa en falta, por otro lado, un guión de más calado que explote de manera más sutil las claves o referencias que ayuden a la interpretación, ya que en el fondo todo parece expuesto de forma bastante superficial. Dicho en otras palabras, quizá el discurso de Rodrigáñez peque de cierta pretenciosidad cuando en realidad el producto resultante no es algo intelectualmente tan brillante como podría parecer. 

EDUARDO M. MUÑOZ