miércoles, 16 de abril de 2014

LOS INFIELES (LES INFIDÈLES, 2012) de Emmanuelle Bercot, Fred Cavayé, Alexandre Courtès, Jean Dujardin, Michel Hazanavicius, Eric Lartigau y Gilles Lellouche




La nueva comedia de los ganadores del Oscar por ‘The artist’ Jean Dujardin y Michel Hazanavicius”. Con semejante reclamo en su cartel, es casi imposible resistirse a la tentación y no acercarse a ver esta película, estrenada tan sólo un año después de la tan aclamada producción muda que fue puesta en un pedestal por la crítica. Pero Los infieles nada tiene que ver con The artist, tan sólo que comparten actor protagonista (Jean Dujardin), nacionalidad (Francia), y director (Michel Hazanavicius). El trabajo de este último no es exclusivo, ya que comparte la responsabilidad de la realización nada menos que con otros seis directores, los cuales firman una desigual, irregular, hueca y caótica película de episodios donde lo único esperanzador que reside en ella son los créditos finales que nos liberan de un tormento que, dicho sea de paso, nos podríamos haber ahorrado.

Los infieles no es más que una sucesión de gags sobre las aventuras de unos tipos que son, o pretenden ser, infieles a sus respectivas parejas. Nada más. No hay ni trasfondo, ni mensaje, ni grandes pretensiones; tan sólo muchas ganas de conseguir un producto con apariencia de comedia moderna, pero resultando un fiasco de grandes dimensiones. Uno de los principales problemas que tienen las películas de episodios siempre ha sido la falta de unidad entre los mismos, donde algunos acaban sobresaliendo sobre los otros enturbiando el conjunto final. Además, la diferencia de estilo de los respectivos cineastas también acaba haciendo mella en el resultado, donde se acaba echando en falta homogeneidad formal. Todo lo dicho sucede en Los infieles, donde además todos los capítulos carecen del más mínimo interés y ninguno se salva de la quema. La diferencia de forma y estilo en cada uno de ellos es latente. Conclusión: Al final al espectador no le queda la sensación de haber presenciado una película coherente sino un caos de tomo y lomo. Dicho caos sólo podría haberse salvado a última hora en en la escena de la terapia de grupo, en el que todas las historias quedan representadas y, de algún modo, entrelazadas. Recurso facilón y metido con calzador que termina por derruir un edificio sin fundamentos que nunca debió ser construido.

EDUARDO M. MUÑOZ

martes, 15 de abril de 2014

EL CINE Y EL DESEO por José Manuel Campillo Ortega

Hoy hablaremos del deseo, esa fuerza irracional que nos impela en busca de mares ignotos y que estira nuestras capacidades con la misma decisión con la que Nadal pega drives en la central de Roland Garros. Esa Cupiditas que nos excede y proyecta hacia algo siempre superior a nosotros.

Haremos el recorrido a través de diez películas que pueden servir de paradigma para mostrar ese estiramiento del ente en busca del ser. O, sin ser tan metafísicos, del hombre en busca de aquello que él considera que lo completa, aunque algunas veces lo disminuya.

1) El coleccionista (amado).
Terence Stamp secuestra a Samantha Eggar con la intención de que se enamore de él. Considera que no debe hacer lo que todos los mortales, esto es, invitarla al cine, pagarle una cena, decirle mil lindezas, etcétera, etcétera, etcétera… para que al final le diga aquello de … te quiero como a un amigo. Él es más directo. Si bien, como nos muestra William Wyler, hay cosas que la voluntad no puede conseguir.

Evidentemente, no podemos forzar a nadie a que se enamore de nosotros. Incluso, es más, suele guardar una relación directa nuestro acercamiento con el alejamiento de la otra persona.


2) 9 semanas y media (sexual).
Con la música de Joe Cocker. Ya saben «You Can Leave Your Hat On», Kim Basinger levantó el banderín de salida para que nuestro lado más concupiscible aflorara. Bueno… y lo que no es el banderín. Creo que media España deseó a la Basinger durante todo un año. La otra… la sigue deseando aún.

Ese cubito que en la mente de algunos sigue sin derretirse, ha pasado al top ten del fetichismo cinematográfico. ¡Y por méritos propios! ¡Qué bien pespuntea la aterciopelada piel de Kim!


3) El paciente inglés (encontrarse).
A través de una remembranza sin semántica tramposa, Ralph Fiennes intenta hallar quién es y quién ha sido.

Si es difícil para cualquier mortal saber dónde está y adónde debe dirigirse, todavía lo es más para este personaje entreverado en una suerte de Lawrence de Arabia, General Custer y Rick Blaine.

Paradigmático sobre el carácter del protagonista es la escena en la que se nos muestra en el desierto, y comprobamos que en su mochila lleva un libro. ¡Increíble! Con las cosas que uno debe meter en un kit de supervivencia, y Fiennes lleva la Historia de Heródoto.  Por cierto, ¿qué libro llevarían ustedes?


4) El séptimo sello (metafísico).
Esta no es una historia sobre la metafísica, ya saben, ir más allá de la física, de lo evidente. Incluso, o sobre todo, de lo real. Esta es la historia de un director (Ingmar Bergman) que deseó ser tan metafísico que fue más allá de la propia metafísica. La he visto ocho veces y aún no les puedo decir claramente de qué va. Y he de confesarles que di una conferencia sobre ella. Aprovecho ahora para pedir perdón al escaso público.


5) El retrato de Dorian Gray (belleza).
No sé quién dijo que la belleza es una carta de recomendación a corto plazo, pero sí sé que Gray no se enteró.

Mediante un retrato que le hace su amigo Basil busca un pacto con el diablo que le otorgue la belleza eterna. Pero con el diablo, al no ser que seas tú también un pequeño Mefistófeles, no se deben hacer pactos: siempre se pierde.

La belleza y la juventud, al igual que nuestro proyecto de futuro, tienen una existencia exigua. Decaen con la rítmica cadencia de un vals de Strauss, aunque no de manera tan bella.


6) Doce hombres sin piedad (ecuanimidad).
Haciendo suya la idea de la ética habermasiana. Aquella de que mediante el dialogo racional (racionalidad comunicativa) podemos alcanzar la verdad y la validez normativa, Henry Fonda lucha contra la injusticia con la misma determinación con la que el Atlético de Madrid lo hace por la Liga. Con la frase de Thoreau ínsita en él: «Cualquier hombre que tenga más razón que sus prójimos ya constituye una mayoría de uno», no se concede tregua en su búsqueda de la verdad.


7) La naranja mecánica (violencia).
Alex de Largue y sus drugos suelen asistir al Korova Milk bar a beber un poco de leche-plus que potencia aquello que ellos tienen latente: la violencia. Se dedican, acompañados de la briosa gazza ladra de Rossini, a dar rienda suelta a la ultraviolencia que generan sus conexiones neuronales, o la ausencia de estas. En su estreno en Gran Bretaña tuvo que ser suspendida la exhibición porque aumentaron las pandillas violentas. Y es que ya se sabe: todo se pega…


8) Alguien voló sobre el nido del cuco (normalidad).
Randle McMurphy es la persona diferente que hace que nos planteemos si los que vamos en dirección contraria somos nosotros (ya saben el chiste). En una sociedad normalizada, ¿quiénes son los locos? Quizá los normalizados. Eso es lo que nos muestra Jack Nicholson mediante sus vivencias en el hospital psiquiátrico.            

Los cuerdos, dentro de sus particularidades, son los internos. Al fin y al cabo, ya se sabe que la normalidad y la patología la fijan las sociedades; y estas son tan variables como las promesas de amor eterno. Bueno, las promesas no, su cumplimiento.


9) El crepúsculo de los dioses (gustar).
Norma Desmond es la estrella Alfa que se apaga como si ya fuera Omega. No hay luz humana en el firmamento que no se apague. Y el que no comprenda esto que se haga desmoniano. Los egos son tan peligrosos como las malas ideas. Un ego no arrojado nunca al fango de la realidad nos puede hacer más daño que un mal libro.


10) Solo ante el peligro (deber).
Will Kane es el hombre que debe elegir entre la felicidad y el deber, y elige lo segundo. Antepone lo que su conciencia moral le dicta a sus deseos. Y eso lo convierte en una especie de héroe. No importa él, sí su conciencia. ¡Cuánta honradez hay en esa máxima!

Es verdad que los habitantes de Hadleyville nos muestran las miserias del ser humano pero, en contraposición, eso todavía hace más grande su leyenda. Y es que aunque Will esté solo ante el peligro, no hay miedo. Porque Will dispara con el revólver del deber, y este nunca falla.


Posdata: Se ha quedado fuera de esta lista El fontanero, su mujer y otras cosas de meter, pero es que solo podía poner diez. La iba a incluir en la categoría de deseo de… ¿Ustedes en cuál la incluirían? No, esa no. ¡Qué pícaros son! En la de buscar rimas consonantes hasta en el título. Si no me creen, véanla. Las onomatopeyas se lo confirmarán.

JOSÉ MANUEL CAMPILLO ORTEGA

jueves, 3 de abril de 2014

LA VENTANA INDISCRETA (REAR WINDOW, 1954) de Alfred Hitchcock


La virtud de la complejidad narrativa que sólo poseen los grandes maestros iba adueñándose cada vez más de la figura de Alfred Hitchcock, hasta el punto de alcanzar cotas difíciles (incluso imposibles) de superar, siendo La ventana indiscreta un claro ejemplo de lo que estamos diciendo. Hitchcock perfila un suspense dentro de algo más general que podríamos considerar un melodrama, donde la relación de amor entre Jefferies (James Stewart) y Lisa (Grace Kelly), parece ocupar el motivo principal. Esta técnica de servirse de un pretexto (o McGuffin) insertado cual muñeca rusa dentro del guión, que sirve para hacer avanzar el relato pero sin que resulte lo fundamental del mismo, llegó a convertirse en su estilo más relevante (véanse Los pájaros, Psicosis, Vértigo, Con la muerte en los talones…), y me aventuro a afirmar que pese a tener un suspense extraordinario, La ventana indiscreta se sirve de la misma premisa.

El típico suspense hitchcockiano gira en esta ocasión en torno a un posible crimen. Pero La ventana indiscreta también es, ante todo, un film sobre la condición humana y el mundo de la pareja. Todas las historias que Jefferies observa en las ventanas que tiene enfrente desde su inmovilidad para no morir de aburrimiento debido a una pierna escayolada, versan sobre las relaciones de pareja. De esta forma, a través de sus ojos (dicho punto de vista tan sólo se rompe ineludiblemente en alguna ocasión, por ejemplo cuando está durmiendo) somos capaces de entrar en cada una de las casas de sus vecinos, y ver así a una mujer que cada noche cena sola simulando que tiene un acompañante, a una pareja de recién casados que no dejan de hacer el amor durante toda la película, a una exuberante bailarina que se mueve sin descanso y que es puro deseo para los hombres, sin olvidar el matrimonio que debido al calor que azota la ciudad duerme en la terraza. También, como no podía ser de otro modo, en la ventana de la sospecha se sigue el mismo patrón creando el suspense a través de un matrimonio. Cada uno de estos escenarios es una película en sí misma, con su introducción, nudo y desenlace, siendo piezas fundamentales dentro de la obra general y para el mensaje que Hitchcock pretende transmitir.





Hitchcock se sirve de estos microuniversos con todo el cinismo del que es capaz, incluyendo por supuesto la historia de los dos protagonistas, para ofrecer su visión del matrimonio y de la pareja; al mismo tiempo que homenajea al propio cine y habla sobre nuestra condición de vouyeurs. Por eso la historia del asesinato, brillante en sí misma, no es más que un pretexto argumental para desarrollar dichas ideas, en un estilo formal y narrativo que hizo de Sir Alfred un cineasta único con un universo personal y de autor, como bien supieron ver Claude Chabrol, Eric Rohmer y François Truffaut en la época donde se le tachaba de director comercial y puramente técnico, sin mayor relevancia.




La ventana indiscreta es una obra maestra del cine de entretenimiento. Está llena de diálogos geniales, magistrales interpretaciones (Raymond Burr fue elegido porque se parecía físicamente a David O. Selznick, una broma del maestro) y emocionantes secuencias, así como de un brillante humor, especialmente en los momentos donde las dos mujeres que acompañan a James Stewart (una bellísima Grace Kelly y una impagable Thelma Ritter) empiezan a acompañarle en sus sospechas. Todo ello en un prodigio de producción para la que fue necesaria la construcción de un barrio entero en uno de los estudios de la Paramount, el más grande realizado hasta la fecha por dicha productora. Desde 1997 el film se encuentra en el National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de los EE.UU., como patrimonio fílmico incuestionable de la historia del cine.

EDUARDO M. MUÑOZ

miércoles, 26 de marzo de 2014

LA CUEVA DE LOS SUEÑOS OLVIDADOS (CAVE OF FORGOTTEN DREAMS, 2010) de Werner Herzog




La cámara de Werner Herzog siempre se ha caracterizado por dotar al fotograma de un realismo extremo, con cierto estilo documental fuera de todo artificio. Recordemos las asombrosas imágenes que nos regaló en la inclasificable Fitzcarraldo (1982), donde no se recurrió a ningún tipo de truco en las imágenes y en las que vemos cómo un barco es arrastrado en mitad de la selva por indígenas, hasta el punto de que alguno de ellos resultó gravemente herido durante el rodaje. O esas otras de Klaus Kinski a través del río Amazonas en Aguirre, la cólera de Dios (1972). Hasta en Nosferatu, vampiro de la noche (1979) Herzog parece estar filmando a un vampiro de verdad y no a una réplica encarnada de nuevo por Kinski. No es de extrañar, por tanto, que La cueva de los sueños olvidados esté firmada por Herzog, un maestro en el arte de atrapar la naturaleza en imágenes tal y como se presenta ante él. En ella introduce su cámara hiperrealista dentro de la cueva Chauvet, al sur de Francia, para mostrarnos in situ unas pinturas del hombre del Paleolítico de 32.000 años de antigüedad.

El documental  nos sitúa cara a cara ante las obras maestras realizadas por nuestros antepasados, como si el tiempo no fuera ni impedimento ni barrera, como si estuvieran recién pintadas. A través de angostos y oscuros pasillos bajo tierra, Herzog y su equipo parece que estuvieran buscando un tesoro, que hallaron en forma de bisontes, leones, caballos y diversos animales, los cuales fueron trazados por hombres que sabían jugar a la perfección con las formas irregulares de las paredes para conseguir así relieve y perspectiva en las pinturas, para que a través del fuego obtuvieran la sensación de movimiento. ¿Estaremos ante el descubrimiento de los verdaderos orígenes del cine?



Junto al equipo de filmación de Herzog presenciamos el asombro ante tal maravilla, como en ese momento donde, ante el silencio cautivador de la cueva, las pinturas hablan por sí solas. Los hombres primitivos encontraron la espiritualidad mediante el arte, y Herzog nos hace partícipes de todo ello. Y eso ya de por sí es un privilegio, teniendo en cuenta que el acceso a la cueva está cerrado al público en general. Únicamente los paleontólogos y arqueólogos pueden entrar, pero tan sólo un número muy limitado de veces al año, ya que hasta la propia respiración podría afectar a la conservación de las pinturas. El documental se pudo realizar gracias al permiso que obtuvo Herzog por parte del Ministro de Cultura francés, que permitió al cineasta introducir un pequeño equipo de rodaje para una duración total de seis días. El resultado es un viaje temporal de miles de años que difícilmente olvidaremos. Un viaje largo pero al mismo tiempo corto, ya que nos sitúa cara a cara con nosotros mismos.

EDUARDO M. MUÑOZ

miércoles, 19 de marzo de 2014

BATMAN BEGINS (2005) de Christopher Nolan



Si por algo destaca dentro de la historia del cine Batman Begins es, sin duda, por la obsesión que tuvieron sus creadores a la hora de mostrar algo de lo que carecían las anteriores películas del Hombre-Murciélago: los verdaderos orígenes de Batman. Se produce así un viaje iniciático a las profundidades psicológicas de su personaje. Mientras que Tim Burton no quiso ahondar en este punto más allá de un flashback hacia la mitad de Batman (1989), y se limitó a mostrar a un superhéroe atormentado y marginal cercano en esencia a sus villanos en Batman vuelve (1992) (lo cual no afecta para que ambas sean espléndidas películas, dicho sea de paso); los guionistas David S. Goyer y Christopher Nolan apostaron de firme en dicho aspecto para renovar la franquicia Batman dotándola de un realismo inusual hasta la fecha para una película basada en un personaje de cómic.

Batman había sufrido una muerte cinematográfica en toda regla desde el fracaso comercial y de crítica de Batman y Robin (1997). La saga iniciada por Tim Burton devino en caricatura, no sólo debido a la burda caracterización del héroe sino también de los villanos, consiguiendo que su director, Joel Schumacher, se preocupara únicamente del espectáculo visual (a quien le guste esa saturación de colores vivos que llenaban la pantalla y los decorados, por cierto) y el entretenimiento a costa de una historia vacía. Fue por eso por lo que Nolan no lo tenía fácil para recuperar la saga del Hombre-Murciélago, para colmo partiendo desde cero (una secuela no hubiera tenido sentido ante semejantes precedentes ni una precuela tampoco). Por si esto fuera poco, Nolan venía de hacer tres películas dentro del cine independiente y era la primera vez que se enfrentaba a una superproducción de estas características. El reto era alto, muy alto, pero la industria salió victoriosa.


Nolan y David S. Goyer, este último gran conocedor del personaje Batman, fueron fieles a los textos originales y prepararon el guión sobretodo a partir de Batman: Año Uno de Frank Miller, The man who falls (Dennis O’ Neil y Dick Giordano) y Batman: The Long Halloween (Jeph Loeb y Tim Sale). Sólo así se entiende la infinita sensación de respeto por el personaje original que desprende cada fotograma. En su libreto, optan por dotar al personaje de un hiperrealismo insólito a la par que una explicación de toda la idiosincrasia de Bruce Wayne/Batman con pelos y señales: desde el origen de sus juguetitos a la causa de sus miedos, sin olvidar los porqués de los diseños del Bat-traje o el Bat-móvil.

De esta forma se abandona drásticamente el humor al que ya estábamos acostumbrados en la franquicia y pasamos a una seriedad que confiere al relato un carácter legendario, épico si me apuran (sello personal que también predominará en las secuelas y que incluso en Man of Steel, la reciente película sobre otra leyenda del cómic, Superman, también podemos apreciar [bajo la batuta de Zack Snyder pero producida por Nolan y escrita por David S. Goyer]). Para reforzar ese estilo y esa idea, Nolan se sirvió de un espléndido reparto, donde los personajes secundarios hacen aún más grande el relato y lo enriquecen, contando con actores de lujo para la ocasión como Liam Neeson, Morgan Freeman, Katie Holmes, Michael Caine y hasta el mismísimo Rutger Hauer. Sin olvidar a Christian Bale, ¿el mejor Batman de la historia? Ahí lo dejo.


El espectáculo está servido, esta vez con menos acción (pero atención a la escena trepidante de la pelea en el tren y a la persecución en coche) y más desarrollo dramático de personajes, más gadgets, más villanos y hasta un nuevo Bat-móvil. Y veremos todo como lo más normal del mundo, como si en todas las ciudades fuera de obligado cumplimiento que existiera un Bruce Wayne con traje de murciélago para acabar con la corrupción y la delincuencia. Tal es su realismo.

EDUARDO M. MUÑOZ

martes, 11 de marzo de 2014

HER (2013) de Spike Jonze



La soledad me ha seguido toda mi vida. A todos lados. En las tabernas, en los autos. Por las aceras, en las tiendas. Por todos lados. No hay manera de escapar de ella. Dios me hizo un hombre solitario”. La cita, como la mayoría habrá adivinado, no pertenece a Her, sino a Taxi Driver (1976, Martin Scorsese). Sin embargo, salvando las distancias, dicha cita podría aplicarse a modo de monólogo del protagonista en el brillante film de Spike Jonze, ya que la soledad es su quintaesencia. Como metáfora queda reflejada visualmente a través de fastuosos rascacielos, en el contacto con la tecnología, en los flashbacks; sin olvidar los no pocos momentos cotidianos que presenciamos de su protagonista, Theodore, un Joaquin Phoenix soberbio, impecable y desgarrador.

La historia se desarrolla en un futuro no muy lejano. No sabemos nunca el año exacto pero deducimos que es así porque muchas de las situaciones que vemos en el film empezamos a intuirlas a día de hoy, el instinto visionario de Jonze es para echarse a temblar (¿es necesario recordar esa necesidad imperiosa que tenemos de no poder separarnos de los teléfonos móviles y las redes sociales?). El marco, el de una gran ciudad, se supone que Los Ángeles, que ya es un canto a la soledad en sí misma, con esos viandantes caminando por el asfalto cual modernos zombies inmersos en sus artefactos electrónicos como si no necesitaran de nada más.


Her refleja de un modo original lo que para Spike Jonze es un hecho evidente en sí mismo: La relación perfecta no existe por la incapacidad de comunicarnos y expresar nuestros sentimientos. Después de la incomunicación, la relación se tambalea y termina muriendo. Así, la soledad permanece como la única verdad inmutable del ser humano. Jonze se sirve de esta premisa para mostrar lo que parece algo descabellado pero que gracias a una inusual  delicadeza te lo crees de cabo a rabo y, de  paso, consigue una magistral reflexión sobre la relación del hombre moderno con las tecnologías: La relación amorosa entre un sistema operativo con voz femenina (una Scarlett Johansson invisible pero que sin embargo está presente al espectador en todo momento, algo así como una versión femenina y sexy de HAL 9000) y un hombre que acaba de sufrir una dolorosa ruptura sentimental.

Spike Jonze acierta creando un bello pero al mismo tiempo desgarrador y triste relato sobre el hombre y el contacto con su mundo, apoyado por un espléndido guión que fue merecedor del Oscar de Hollywood en la última edición de los Premios de la Academia, el primero, por cierto, que escribe en solitario. Pero además de todo lo anterior, no hay que olvidar que Her es también una curiosa historia de amor, de las más originales que se recuerdan. Un romance que atrapa, divierte, emociona y nos hace reflexionar a partes iguales, porque en el fondo habla de lo que somos, de unos seres que necesitan (e incluso reclaman) ser amados, ya sean sistemas informáticos o personas.


Acabemos nuestro escrito renegando de la Academia de Hollywood, que no gozó de la sabiduría necesaria para nominar siquiera a Joaquin Phoenix por su espléndido trabajo. Uno de esos  papeles difíciles (aquéllos donde el actor tiene que dar todo de sí y mostrarse creíble sin aspavientos, gesticulaciones y sobreactuaciones varias, en situaciones cotidianas y sin más compañía que una voz femenina). No todos los días se puede disfrutar de una interpretación tan veraz. Por cierto, Scarlett Johansson también merecía su nominación aunque no la veamos nunca en pantalla, pues sólo el uso de su voz la ilumina. Pero de los absurdos e injusticias que llenan la historia de los Oscar, nos ocuparemos otro día. Hoy, sólo nos queda aplaudir ante el colosal trabajo de Spike Jonze. Bravo.

EDUARDO M. MUÑOZ

miércoles, 29 de enero de 2014

EL LOBO DE WALL STREET (THE WOLF OF WALL STREET, 2013) de Martin Scorsese


Pese a sus 71 años, el genio de Martin Scorsese sigue estando en plena forma. Después de deleitar al mundo entero con esa declaración de amor al cine titulada La invención de Hugo (2011), el cineasta neoyorquino regresa con un título fiel a las entrañas de su filmografía, al Scorsese más gangsteril. Resulta difícil no emparentar El lobo de Wall Street con reconocidos títulos dentro de su carrera como Uno de los nuestros (1990) y Casino (1995); en ella existen tantas mujeres, excesos, lujos, dinero a expuertas y personajes sin escrúpulos como en las mencionadas, sólo que aquí los brutales asesinatos se cambian por la droga y la codicia.

Estamos ante una película de tres horas de duración, pero que no tiemble nadie, Scorsese siempre demostró ser un virtuoso del ritmo y del montaje y aquí lo sigue haciendo. La película no se hace larga nunca porque lleva la virtuosa firma de Scorsese, que mantiene en todo momento un pulso firme, vertiginoso y a toda pastilla con el espectador, y ya lo creo que lo gana.


El lobo de Wall Street es una película desconcertante, nerviosa, gamberra, desquiciada, alocada, electrizante. No hay otro ejemplo de lo mismo en toda su filmografía. En ella somos testigos de la ambición sin límites de un broker (Jordan Belfort) y del mundo que le rodea, de sus juergas y fechorías inmorales, en tono jocoso y dicharachero para hacerlas digeribles. El discurso que predomina en el film es el de la comedia absurda, tanto que en ocasiones las situaciones se acercan al surrealismo y a lo inverosímil, si bien a lo largo de su metraje asistimos a pasajes no tan divertidos para su protagonista que confieren a la cinta un tono más dramático (sobre todo al final), al igual que es fácil advertir una crítica social desde el principio. Todo ello en una orgía constante de despampanantes mujeres, drogas, alcohol, fiestas, yates y coches de lujo, un mundo que pueden permitirse estos lobos gracias a sus estafas millonarias. Perdón, a su trabajo.

Estos lobos de Wall Street capitaneados por un enorme Leonardo DiCaprio en estado de gracia siguen los mismos patrones que los gángsters que Uno de los nuestros, la única diferencia es que Wall Street vive bajo la bandera de la ley (aparentemente) y no existen crímenes bajo su fachada (al menos no vemos sangre). Pero por lo demás, estos tipos no merecen más respeto que un gángster. Por todo ello Martin Scorsese parece encontrar un filón en la obra autobiográfica de Jordan Belfort, demasiadas similitudes con su propio universo cinematográfico como para dejar escapar el guión de Terence Winter (guionista de lujo en cuyo currículum albergan libretos tan destacados como el de Los Soprano o Boardwalk Empire).


Una de las bazas de este film, dejando de lado las artes prodigiosas del maestro Scorsese, es su fabuloso reparto, en el que destacan (parece ya un tópico, pero hay que decirlo) Leonardo DiCaprio, uno de los grandes intérpretes de la escena actual, que va camino de convertirse en leyenda; que realiza un fantástico dúo con un soberbio Jonah Hill, que tanto recuerda al formado por Robert De Niro y Joe Pesci  (y atención a la breve pero intensa aparición de Matthew McConaughey, robando protagonismo al mismísimo DiCaprio).

Sin embargo, hay quien la tacha de obra maestra y yo no iría tan lejos. Si bien es una  película que contiene, sin duda, secuencias imborrables a enmarcar dentro de lo mejor del cine de Scorsese y su visionado resulta una delicia gracias a una infinita sabiduría escondida tras la cámara, el carácter repetitivo de muchas de sus secuencias consiguen inconscientemente un tono machacón en el que todo empieza a sonar a conocido pasado el ecuador de la hora y media. Y si a ello sumamos que su final resulta predecible cuando empieza a rondar el fantasma de Uno de los nuestros, restamos gancho al asunto. Con 40, 50 o 60 minutos menos, hubiera sido otra obra maestra, al menos, dentro del trabajo de Martin Scorsese. No hacía falta subrayar tanto la moraleja. El espectador la hubiera captado igual sin necesidad de caer en la repetición y la sucesión de gags. Por lo demás, otra obra imprescindible de un cineasta irrepetible dentro de la historia del cine que cumple una de las reglas de oro de la industria del séptimo arte: conseguir que el espectador no aparte la vista de la pantalla.

EDUARDO M. MUÑOZ

miércoles, 18 de diciembre de 2013

PERDICIÓN (DOUBLE INDEMNITY, 1944) de Billy Wilder



Hoy les voy a hablar de música. Concretamente del juguetón Mambo. Palabra de origen africano que ha sido traducida como «conversación con los dioses». Una tertulia que en Perdición (Double indemnity) emprendemos cuando aparecen las palabras The End. Es el momento en el que nos subimos a Pegaso para dialogar con ellos sobre la esencia del cine. Bailemos.

1,2,3,4,5,6,7,8........................MAMBO.

1. Un coche a demasiada velocidad. Un hombre herido. La noche. Una confesión en flash-back. Una rubia peligrosa. Un hombre incorruptible. Y engaño... Ecuación que nos da como resultado cine negro de una luminosidad cegadora.

2. Billy Wilder es el director. Basada en un libro de James M. Cain, el escritor de El cartero siempre llama dos veces. Guión firmado por el propio Wilder y Raymond Chandler. Demasiados buenos bailarines para que el espectáculo no sea el adecuado.

3. Música de Miklós Rózsa (La jungla de asfalto, Cinco tumbas al Cairo, Canción inolvidable, El extraño amor de Martha Ivers) que busca el desasosiego con el mismo ímpetu con el que Bárcenas hacía apuntes contables. Y Correa regalos.

4. Excelente fotografía de John F. Seitz, con ribetes del expresionismo de Doctor Mabuse o El Tercer Hombre. Un blanco que se oscurece y un negro que se aclara. 



5. La presencia de Edward G. Robinson, el mejor principal de todos los secundarios. O el mejor secundario de todos los principales. O (que el reduccionismo de los conceptos no nos aleje de la verdad) un actor como la copa de un pino. Un pino de los de antes, claro.

6. Y un Fred MacMurray que es como cualquiera de nosotros. Y esa, a priori, simpleza hace que entremos de lleno en la historia para convertirnos en el vendedor de seguros que se deja seducir por esa femme fatale llamada Barbara Stanwyck.


7. La trama maneja los tiempos cinematográficos con precisión. Muestra la cadencia absorbente de un vals y los giros sorprendentes de un compás tres por cuatro.

8. El primer encuentro en la escalera entre Fred y Barbara y la dignidad con la que MacMurray se despide de Robinson ya valen por toda una película. O más.

Esta es la historia de alguien que, parafraseando la idea del libro de Trueba, no sabe perder. Hay momentos en la vida en los que uno debe aceptar que es lo que es. Aunque ese es sea nada. Es el momento en el que comprendes que no vas a ser el mejor escritor, ni el más guapo, ni el más listo, ni el más generoso. Es el instante en el que uno dice: Ya. No soy más que lo que soy. Es triste, pero es. Es un saber perder que te aleja de los sueños y te reconcilia con la realidad cotidiana. 


Si no sabes perder, lo más normal es que la caída sea brutal. Aunque te puedes levantar. Si sabes perder, estarás siempre en el suelo. ¡Decidan!

Posdata:  Es una de las mejores películas de la historia. Siento que mi reseña no esté a su altura. Pero es que yo soy de los que no saben perder. Y siempre perseguiré el sueño de la escritura, aunque no le rinda el tributo que se merece.  ¡MAMBO!

JOSÉ MANUEL CAMPILLO ORTEGA, autor de Kubrick y la Filosofía.