sábado, 29 de enero de 2011

EL ÁNGEL EXTERMINADOR (1.962) de Luis Buñuel


Ambientada en el seno de la burguesía mexicana El ángel exterminador se decanta con una sutilidad y una delicadeza a la que no estamos acostumbrados en nuestro cine más actual. Todo está medido con precisión milimétrica. Las escenas, los planos, el movimiento de las cámaras o el desarrollo narrativo tienen el tiempo justo y la precisa forma. Buñuel no cae en la desfachatez ni en las formas groseras, de ningún modo es bruto. Todo avanza con donaire y rigurosidad. Su filmación, la trama que construye destila una elegancia deliciosa y al tiempo comedida. Técnicamente carece de fisuras, y hay una sensación de redondez en toda la película.

Con el propósito de celebrar un evento social y como por efecto de un extraño encantamiento, los anfitriones y los invitados se quedan atrapados en el salón de un palacete durante algo más de una semana. El encantamiento se proyecta sobre la voluntad, de tal suerte que la voluntad de los invitados decae incomprensiblemente ante los umbrales de la salida. Nadie puede salir del salón por su propio querer.

De esta forma Buñuel articula una crítica mordaz y formidable contra las altas clases de nuestras sociedades. El rigor que imponen las apariencias, la falsedad de las buenas maneras, el gusto por lo sofisticado saltan por los aires cuando la alta burguesía se ve obligada a estar en el infierno de convivir con sus semejantes en un estado de naturaleza. Acontece la verdad de cada uno, la condición neolítica del hombre y vemos como los renombrados personajes del mundillo intelectual descerrajan los muebles, asestan hachazos contra el violín de las galas, o destrozan los alicatados de los baños y las tuberías de la casa por un poco de agua.

En El ángel exterminador, estos muros interiores que limitan la voluntad del hombre representan las estructuras de comportamiento que le constriñen cuando vive en sociedad. Hay un paralelismo claro. En estas escenas los personajes viven sin voluntad para hacer algo tan sencillo como traspasar un umbral, de la misma manera que en la vida diaria esta limitación también se da, cuando por ejemplo la convenciones sociales, las formas, las costumbres o la alta etiqueta nos imponen unos modos que nos son ajenos, nos coartan nuestra libertad individual y nos impiden ser quienes somos.

Desde entonces, entre los personajes no vemos a psiquiatras o médicos, ni vemos a condes y duques o abogados, vemos sencillamente a hombres, solo a hombres que creen que van a morir tarde o temprano por inanición. El encerramiento y la desesperación les ha quitado su horizonte de futuro, sus roles sociales, sus disfraces, sus caretas, sus galas nobiliarias. Les ha dejado desnudos ante el fuego de la caverna.

Con esta contraposición Buñuel pone de relieve la función de las estructuras de comportamiento de nuestra sociedad. Saca a relucir nuestra propia falsedad para con nosotros mismos y para con los demás. Vemos como el hombre se pierde en estas estructuras exteriores a él pero connaturales a su forma de vida en comunidad. Las estructuras se vuelven así en contra de aquellos que la cimentan cada día. Se da paso a la verdad del hombre: su condición precaria en este mundo, su desvalida posición ante los propios límites. Buñuel nos enfrenta a un espejo donde vemos lo que somos, nuestro ser verdadero. Un enfrentamiento éste que va más allá de las instituciones que modelan nuestros actos, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, y más allá de nuestras formas y nuestras conductas cotidianas. Va más allá de todo porque nos pone ante la muerte misma. El encerramiento en el salón infunde en los presentes la idea de la muerte. Todo lo cual romper con nuestras formas sociales y saca hacia fuera nuestra furia interior, nuestra miseria íntima, nuestra rabia y fiereza en nuestra condición de hombres. La muerte, el hambre, la vida, los instintos se dan cita aquí. La verdad sale a la luz, la misma que se oculta tras las formas que conciertan los cánones, las instituciones sociales, la burguesía, el clero o los poderes económicos.


Cuando los personajes recobran su posición inicial, cesa el encantamiento y quedan libres por fin de ser lo que son y lo que siempre fueron. Hombres sin rigores ni formas. Hombres puros. Pero irónicamente con esta libertad se vuelven a encerrar en el rigor que imponen las estructuras sociales y la etiqueta implacable. Lo que siempre quisieron. Los hombres somos libres para hacernos exclavos por propia voluntad. Buñuel con brillantez denuncia el miedo de los hombres a ser libres, su imperiosa necesidad de hallarse sometidos a un papel muy concreto, ¿cuál?, el que la economía capitalista nos asigna en el teatro del mundo.


ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

No hay comentarios: