miércoles, 24 de agosto de 2011

EL CABO DEL MIEDO (CAPE FEAR, 1.991) de Martin Scorsese


El cabo del miedo (1.991), catapultó el prestigio del director Martin Scorsese en los años 90. Subió su cache y se consagró como uno de los grandes del panorama cinematográfico norteamericano. Desde entonces vinieron otros sonados éxitos de taquilla y talento como las célebres y renombradas Casino (1.995), Gangs of New York (2.002), o El aviador (2.004), la fallida Infiltrados (2.006), o Shutter Island (2.010), que por enésima vez han dejado constancia tanto de su capacidad para contar historias épicas como para tenernos pendientes de la trama durante todo el metraje. 


Sin embargo, a pesar del éxito de El cabo del miedo, y apesar de su interesantísima trama el filme adolece de serias carencias, tachas y deficiencias muy características del cine de Scorsese. Por regla general la rigidez desangelada, el fondo desalmado, y el intelectualismo improcedente obstaculizan la redondez de sus filmes, la plenitud absorta. Porque no hay quien soporte más que ciertos personajes de sus filmes citen a Shakespeare, a Nietzsche, a Silesius o a su puta madre. ¡La gente no va por ahí citando a los clásicos!. 


En este caso Robert de Niro hace una magnífica interpretación de Max Caddy, un recluso excarcelado con ansias de venganza, que cita a Nietzsche y a tantos otros, porque en el fondo Martin Scorsese encarna en él al concepto del superhombre que ha hecho correr ríos y ríos de tinta en la literatura filosófica alemana. No obstante a Max Caddy le queda bien la cita constante de los clásicos pero hasta cierto punto. Llega un momento en que se pasa de listo y todo se tiñe de un halo artificial.

En general en muchas de sus películas y, en igual medida ésta, el desarrollo de las escenas se desenvuelve con crasa rigidez. La interpretación de los actores, incluso algunas de las acciones de estos, desprenden una cierta artificiosidad de ejecución. Y ello es así, no por falta de pericia de los actores sino más bien por una obcecada torpeza en la dirección de los mismos. Falta magia y naturalidad, falta alma y falta algo de fluidez. Las formas se destilan desde cauces demasiado previstos.


Porque Martin Scorsese es un director frío, intelectual, racionalista, y por lo tanto ordena las escenas, las acciones, los gestos, los diálogos del guión, de manera inflexible, sin corazón, sin alma. Y da la sensación de que no abre un espacio para la improvisación, la espontaneidad y la frescura de los intérpretes. Todo lo cuadra y lo ajusta a un limitado espacio de actuación: el que viene en los papeles, el que está preconcebido, el que ha sido pensado. 

El reparto de los actores tiene sus más y sus menos. Hay que apuntar que si es cierto que Nick Nolte pasa sin pena ni gloria y no deja una huella memorable, no es menos cierto que la pequeña Juliette Lewis borda una interpretación sobresaliente y que Robert de Niro desborda su talento por todos los poros de su piel. Robert de Niro deja de ser Robert de Niro para dar lugar a otra persona diferente, a Max Caddy, un hombre atravesado por la negligencia de un abogado y el pensamiento de Friedrich Nietzsche. 

La trama, el argumento, incluso la posición del cuerpo que en ocasiones adoptan los actores posibilitan una lectura simbólica de la película. Un ejemplo muy claro de esto lo vemos al final de la película donde Robert de Niro comparece con la cara quemada como si se tratara de un demonio llamado del infierno para ajustar las cuentas (no olvidemos la mitología cristiana que subyace en el filme), o a Nick Nolte, el abogado, que de pronto lo vemos en cuclillas, desolado, con una piedra entre las manos, como si fuera un mono, o mejor dicho un hombre que regresa o retoma la condición precaria y básica de sus antepasados primates. 


Martin Scorsese rubrica una película emocionante, interesante, y entretenida. Sin embargo no acaba de latir con un pulso más humano, con un alma a flor de piel, ni con un soplo de humanidad entre las manos. Hace bien, pero, dada su posición, debiera ir más allá.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

4 comentarios:

Lillu dijo...

A mí me gustó muchísimo allá cuando la vi en los noventa, pero años más tarde la revisé y me decepcionó bastante. Incluso Robert de Niro me parecía demasiado sobreactuado en algunas escenas ya, en comparación con lo que me había fascinado su actuación la primera vez. Supongo que será el paso del tiempo, que no ha tratado bien a esta peli. Eso sí, coincido contigo en que Juliette Lewis está maravillosa :D

saluditos

Muñoz dijo...

Scorsese nunca ha logrado superar sus cumbres cinematográficas: TAXI DRIVER (1976) y TORO SALVAJE (1980). Siempre le falta algo. Aquéllas, sin embargo, son obras maestras del cine contemporáneo.

Lo que Coppola quiera dijo...

Gracias Lillu y Gracias Edu. Taxi Driver es un clásico de esos de todos los tiempos. A mí, además, me gustó mucho El color del dinero, El aviador, y Goodfellas. Toro salvaje no la he visto pero seguro que como dices está muy bien. ;)

Muñoz dijo...

¡Ostras! Olvidé, en efecto, otra obra maestra: UNO DE LOS NUESTROS.
¿Qué no has visto TORO SALVAJE? ¿A qué esperas, chaval? ;-)