lunes, 3 de enero de 2011

BALADA TRISTE DE TROMPETA (2.010) de Alex de la Iglesia. Una tercera interpretación.



Me esperaba algo más. Salí decepcionado. No disfruté. Otros más previsores se levantaron de la butaca 10 minutos antes de que terminara la función. Porque la película hace aguas por todos los costales, está deshecha y desvencijada. Y más vale revisar aquellos primeros filmes del director con los que dio en ganarse un reconocimiento en el mundo del celuloide; y en forjarse un estilo personal con el que, para satisfacción de todos, nos ha deleitado en más de una ocasión. En efecto,¿dónde está aquel Alex de la Iglesia que nos deleitó con El día de la bestia, (1.995), Perdita Durango (1.997) o La comunidad (2.000)?, ¿dónde están los trabados guiones de sus primeros trabajos?, ¿dónde están los montajes ordenados y efectivos?, ¿cómo es posible que un director de cine tan experimentado como Alex de la Iglesia se despache con una cinta como ésta tan deslavazada como deshilvanada?.

Menos mal que por lo menos la película se abre con unos títulos de crédito que son de los mejores, -por no decir los mejores-, que una recuerda de la historia del cine español. Ellos mismos por sí solos podrían representar una composición video artística del más alto nivel. La música que lo acompaña, poderosa y marcial, sucede jalonada con un buen elenco de imágenes poderosas. Vemos entre ellas obras de arte universales, el rostro escultural de una virgen llorando, o retratos de artistas renombrados del panorama internacional de aquella época. Todo ello, - música e imágenes -, se integran magistralmente con el inicio del filme mediante una transición donde los acentos del ritmo musical se transforman en el ritmo que producen los golpes que un hombre asesta contra una puerta de hierro.

Las primeras escenas, soberbias, dan paso al inicio del fiasco. El director no acaba de encontrar el pulso a la tragicomedia grotesca, esperpéntica y caricaturesca que trata de componer. El filme no está conforme consigo mismo. Tiene hallazgos de mérito pero pronto decaen ante el fracaso del montaje y la inconsistencia del guión. Cabe mentar la fuerza visual de algunas escenas que embelesan a la sala de cine. ¿Quién no recuerda al payaso triste embebido en una rabia descorazonadora, y consumido en su afán de ametrallar los estantes de un bar de carretera?, ¿quién no recuerda al payaso triste caído y disfrazado de hombre de hojalata mientras la trapecista desciende paradisiacamente de lo alto?. La poética visual y las referencias cinematográficas a otras películas vertebran el devenir del filme. Es el cine de la postmodernidad. Hay alusiones claras a Allen, Duguay, Hitchcock, Welles, Gutiérrez Alea, Tarantino, Robert Rodríguez y tantos otros.

Destacan los actores principales, tanto Carlos Areces que interpreta al payaso triste como Antonio de la Torre que interpreta al payaso tonto, quienes no sólo rubrican una actuación impecable sino que además representan el motor de la historia con una mediocridad grandilocuente. Porque hay que aclarar que una cosa es valorar la interpretación de los actores escena por escena, una a una por separado, y otra cosa muy distinta es hacer esa valoración desde el conjunto total de las escenas montadas. En el bien entendido de que si hay claras carencias en las interpretaciones de los payasos, éstas no son debidas tanto a una falta de pericia personal de Carlos y Antonio, como a una nefasta dirección de los mismos a lo largo de toda la trama. El guión y el montaje imponen a los actores unas maneras que dan en desensamblar el argumento.

Pienso por ejemplo en el acceso a la locura que experimenta el payaso triste a quien nadie pone en duda su excelente interpretación, pero que no obstante se enfrenta al absurdo de volverse loco de la noche a la mañana, o mejor dicho, de una escena a la siguiente, máxime teniendo en cuenta la causa tan nimia que motiva esta locura como es la de haber vivido un desengaño amoroso y la de haber vivido una experiencia traumática en el pasado: la de la guerra civil española. Esta transformación tan drástica y repentina no hace uso del tiempo suficiente como para que todo cobre algo de sentido, y por lo tanto convierte la película en un pastiche insufrible que da al traste con todas sus virtudes. El proceso de transformación que vive el payaso triste es grosero, artificial y forzado, y se echa de menos la implementación de ciertas elipsis narrativas u otras técnicas cinematográficas que den lugar al aquilatamiento de los tiempos del argumento. Hay que ralentizar el devenir atropellado de los sucesos para que los asuntos adquieran visos de veracidad.

Por otro lado la nefasta actuación de los actores secundarios brilla por su falta de verismo. Ni Santiago Segura, ni Fernando Guillén Cuervo, ni pollas en vinagre. Ambos son acreedores de una actuación impostada y no menos desmerecedora de su profesión. ¡Esta gente no sabe interpretar!. Dicen lo que dicen en medio de la guerra civil española y parece que estén en medio del cumpleaños de Milikito. Probablemente el film tiene más suerte fuera de nuestro país con los actores de doblaje. En cualquier caso destaca la actuación de un espectacular Sancho Gracia que aquí como en casi todas sus películas, nos deleita con una humanidad y un buen decir que lo elevan a los estantes más altos del olimpo de la interpretación de nuestro cine patrio.

A lo anterior hay que sumar los defectos del montaje. Un destrozo en toda regla. Un destrozo, o si se me permite la  ironía, una referencia cinematográfica más al monstruo de Frankenstein. Porque la película está desorganizada, desestructurada y desacompasada. La trama se desarrolla mediante unas escenas principales a la que se le añaden, artificiosamente, una serie de sketch que desconciertan la línea argumental. Repárese en aquella en la que el payaso triste sale del hospital, le parte la cara al payaso tonto, y, como por arte de magia, sin venir a cuento, de buenas a primeras, lo vemos en medio de un monte rodeado de vegetación y animales salvajes, lo vemos desnudo y comiendo carne cruda de ciervo, actuando como un perro salvaje, quemándose la cara con una plancha y echándose sosa cáustica en el rostro. ¡Esto no tiene sentido si se narra tan rápido!. ¡La locura se cuenta en un instante!. Es drástico, forzado, repentino, inexplicable, improvisado, y no concierta ninguna lógica con el desarrollo natural que requieren las escenas anteriores.

Lo mismo cabe decir de la escena del atentado de Carrero Blanco: otro sketch y otro pastiche. El bombazo que hace saltar por los aires el coche de Carrero Blanco hasta el ático de un edificio es absolutamente excesivo.  Esta escena además tiene otro grave defecto y es que entrelaza groseramente imágenes digitales que rematan la película indecorosamente. No quedan nada bien ni las digitales del atentado de Carrero Blanco ni las digitales del final de la película que se ruedan en lo alto de la cruz. Y por si esto fuera poco, en otro momento se montan otra serie de imágenes en blanco y negro de noticieros de periódicos que tampoco vienen al caso, que están de más y que no obstante están ahí, no con el fin de dar conformidad a la película, sino con el de forjar referencias cinematográficas a clásicos de antaño, en este caso a Ciudadano Kane. Todo este totum revolutum viene aderezado con otras escenas sin sentido donde por ejemplo vemos al hombre de la moto del circo que salta para darse un porrazo contra el pilar de la cruz del Valle de los Caídos o aquella otra en la que vemos a los compañeros del circo del payaso triste que aparecen de la nada para entretener a la policía y que éste pueda escaparse. Son escenas que no vienen a cuento y que acontecen sin ningún suceso anterior que las motive.

En general la falta de trabazón del guión, el montaje desarreglado, rudimentario, desestructurado y desacompasado, la fatal mezcolanza de las tomas digitales con las tomas que no lo son, el montado de escenas absolutamente innecesarias, los pegotes absurdos, los sketch impertinentes y ajenos al desarrollo principal del argumento, convierten esta película en la peor de la carrera de Alex de la Iglesia, un fracaso absoluto que sin duda alguna merece los premios a la mejor dirección y al mejor guión del Festival de Venecia o un oscar honorífico. Porque quizá fuera mejor que el director le diera un giro de 180 grados a su carrera y se dedicara a dirigir los sketch de fin de año, los de José Mota, pero asistido, eso sí, de algún guionista experimentado con algo más de gracia.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

9 comentarios:

Anónimo dijo...

El cumpleaños de Milikito jajajajaja eres un CRACK!!
Buena critica, pero ya sabes que discrepo discrepo discrepo discrepoooo, desde el cariño y el respeto.
EDU

javier dijo...

estoy de acuerdo, Sancho Gracia está espléndido, como siempre. Me encanta.

Anónimo dijo...

Gracias Edu. Quedó gracioso.
Gracias Javier.
Anto

Carlitos way dijo...

Estoy de acuerdo con alguna cosa , pero es una pelicula que entretiene mucho para el publico de hoy en dia es mas que suficiente , ya que ven cosas peores en el cine , esta pelicula es mas de lo que se ofrece hoy en dia en nuestras carteleras. No estamos ante un Capra , Bergman , o berlanga . Es lo que hay.

Lo que Coppola quiera dijo...

Hombre, si lo comparamos con la basura americana que nos está llegando últimamente, desde luego que sí.

E. Muñoz dijo...

La he vuelto a ver en DVD. Impacta menos que en el cine pero sigo diciendo que es una buena película. En un segundo visionado se aprecian detalles, sobre todo en torno al personaje de Carlos Areces y su "mutación", que se escapan la primera vez y engrandecen el conjunto.
Tan sólo veo que no encaja nada y que sobra el personaje del motorista volador.
Saludos.

Anto dijo...

Es como un scary movy a la española. El montaje es muy a ese estilo, con escenas que salen de repente, así de sopetón...

Eduardo M. Muñoz Barrionuevo dijo...

te has pasado incluyendo esta pelicula en "Basura", jejejej

Lo que Coppola quiera: Blog de cine dijo...

Es que no me gustó nada tío. Me gustó la construcción del personaje. Pero bueno es que salí hasta de mala leche de la sala.