sábado, 8 de enero de 2011

UN BURGUÉS PEQUEÑO, MUY PEQUEÑO (UN BORGHESE PICCOLO PICCOLO, 1977) de Mario Monicelli



La vida es algo que se nos escapa de nuestras manos, por mucho que nos obstinemos en controlarla con esfuerzos inútiles. Esto parece querer decir Mario Monicelli en Un burgues pequeño, muy pequeño de 1977.

Monicelli es el más olvidado, junto con Germi, Risi y otros nombres menos germinados en el subconsciente colectivo. Monicelli se suicidó hace un par de meses y la noticia pasó sin pena ni gloría, parece que es más noticia el insoportable Leslie Nielsen que el gran Mario. Autor de grandes obras como Rufufú (1958), Guardias y Ladrones (1951) o la maravillosa La Gran Guerra (1959), su estilo tragicómico, tuvo mucha influencia en directores, como Berlanga, también desaparecido hace poco tiempo (el 2010 fue un año terrible para el cine con mayúsculas). La forma de retratar a los individuos, siempre con un sentido cómico que no decae incluso en las situaciones más amargas, sus banalidades , angustias y mediocridades, le hace un gran observador del género humano, de las miserias y contradicciones de la humanidad. Pero como en la vida, que algo no es sólo blanco o negro, la tragedia debe albergar situaciones cómicas y no por eso deja de ser menos tragedia, se convierte en vida simplemente.

Un burgués pequeño, muy pequeño es una obra extraña, muy amarga y con Sordi. Alberto Sordi era un gran actor del cine italiano, era único en la comedia, sólo su presencia, su expresión corporal parecían bastar, y como demuestra en esta obra, en el drama. Sordi es un empleado de un ministerio a punto de jubilarse, que por conseguir un puesto a su único hijo en el mismo ministerio, la secuencia de los compañeros de Sordi hablando entre muros de expedientes es descacharrante, es capaz de hacerse masón. Hasta aquí , el planteamiento es de una comedia a la italiana, reflejando a este pobre padre embobado con su hijo, sus conflictos y su forma de manejarse por la vida. Cuando Sordi acompaña a su niño a unas oposiciones, la película da un giro de 360 grados. Pero no por ello deja de mostrar momentos muy cómicos, la visita al cementerio es colosal. Sordi cambia el enfoque del personaje pero sin dejar de lado la idiosincrasia de este burgués muy pequeño. En esta película el sentimiento de desazón es más latente que en otras obras del cineasta, la forma de reflejar al italiano medio de entonces, al problema del hombre con una existencia que nunca comprenderá por su carácter caprichoso, nos acerca a uno más de los grandes del cine italiano. A uno que jamás (la década de los prodigios) volverá y, tiempo al tiempo, se olvidará. Sordi refleja todos los oscuros y claros del alma humana y eso señores, no está de moda. ¿Tal vez por ignorancia, por cultura del tresillo?. Creo, sinceramente, que es la obra que plantea más dilemas existenciales con un esbozo de sonrisa. No, no es un gran director filosófico, un patético catedrático de Facultad, es un gran señalador de lo que ocurre en la calle. No por mucho encerrarte en ti mismo, y creer que tenemos respuestas a las preguntas y aborregar al espectador con nuestra doctrina, somos mejores directores (artistas, como gusta en Europa). Monicelli sabía lo que hacía.

¿Algo más?. Claro. La secuencia de la persecución de Sordi con su coche, un utilitario dada su condición, es puro cine, cine de acción. Vale, pues muy bien. Pero dentro de esta película, es algo más, que se me antoja indeterminado, pero cine. Desde luego que es lo que respira.

JUAN AVELLÁN