miércoles, 8 de junio de 2011

MÁS MADERA, MÁS MADERA, MÁS MADERA...




Más que nunca en nuestros tiempos actuales estamos hasta arriba de estrenos de películas. Nuestros cines rebosan y nuestra cartelera. El setenta por ciento o quizá más aún son filmes que nos llegan de la gran factoría. La industria americana produce sin parar y nuestras salas de cine no confían en nuestros largometrajes. Miles de cintas y cintas y más cintas atoran el mercado. Filmes americanos. En su gran mayoría destrozos comerciales.  Cualquier basura renta si en sus carteles consta el nombre de los grandes. Es suficiente esto. Directores o actores, productoras constituyen ahora un aliciente básico que potencia el consumo de las malas películas. Los consagrados se han vuelto nuevos dioses y nuevos moradores del Olimpo divino, aquellos que nos harán llorar, reír o lamentarnos. Porque un actor bendito o una actriz atractiva representa un reclamo impagable y un garante de ceros y más ceros en un cheque bancario. El caché del reparto es el caché de la película. Se da el contrasentido de que actores con fama y con carisma interpretan guiones que dan pena leerlos.  Lo curioso y lo extraño es que la gente vaya a ver estos bodrios; y que al cabo estas cintas devengan tan rentables. ¿Cómo tienen estómago para tragar tropezones?. Cada mes nos proponen la comedia romántica de turno, el thriler y el dramón de cada día. ¡No puedo soportarlo!. Es normal que sean malas, que no se puedan ver, es normal si tenemos en cuenta que el objetivo no es alcanzar la excelencia, la obra cumbre, o la calidad altísima. El objetivo es otro: hacerlas de inmediato, hacerlas por hacer, producirlas, dirigirlas, distribuirlas, venderlas en el mundo, obtener rendimiento, y volver otra vez a realizar otras tantas. Nuestra industria del cine no puede sostenerse sino gracias al colmo de un consumo masivo.  Igual que las antiguas locomotoras de vapor, las calderas precisan más madera, más pasto para el fuego, más consumo. Nos hallamos inmersos en una gran vorágine. Y mientras tanto nadie ha tomado conciencia de esta farsa. Entramos en las salas atraídos por fuerzas que nos llaman desde el fondo. Los actores de moda, los trailers bien montados, el márketing publicitario, los críticos corruptos, conforman estas fuerzas que poco a poco actúan sobre los subconscientes. Antes los cineastas para hacer una “peli” tenían que esperar a que la musa les soplara en el rostro. Por suerte todavía persisten cineastas que alientan a la musa, que no se precipitan. No todo es el dinero. Es verdad. Pero así son las cosas.

ANTONIO MARTÍN DE LAS MULAS

2 comentarios:

Eduardo Muñoz dijo...

Verdades como puños.

Lo que Coppola quiera dijo...

Verdades como puños.