sábado, 28 de noviembre de 2015

Crítica de '45 AÑOS' (2015) de Andrew Haigh




 En ‘45 años’ el cineasta Andrew Haigh nos propone un viaje donde el tiempo tendrá un protagonismo especial. 45 años no son pocos, los suficientes para que sirvan como fundamento de algo sólido e inquebrantable, sea lo que sea de lo que estemos hablando, por ejemplo un edificio o un matrimonio. Pero sabemos desde Einstein que el tiempo es relativo, por eso lo mismo da 45 años que una semana para que cualquier edificio, por muy estable y sólido que parezca, pueda venirse abajo. Y precisamente son esos caprichos perpretados por el tiempo los que presenciaremos en ’45 años’, último film de Andrew Haigh basado en el relato corto de David Constantine.

45 años’ es un relato sobre las apariencias, sobre matrimonios estables que no lo son tanto, sobre antiguos amores que son más reales que los presentes y sobre la mentira que el ser humano es capaz de arrastrar toda una vida. La forma en la que Andrew Haigh estructura el relato y la temática misma recuerda al Bergman de ‘Secretos de un matrimonio’ (1973), donde la evidencia de una tragedia se va mascando poco a poco a través de la rutina de un anciano matrimonio que a través de 45 años han tejido una vida en común y que ahora se sumerge en la música de Bach, paseos por el campo y lecturas de Kierkegaard.


El guión lo firma el propio Andrew Haigh, que sabiamente va uniendo todas las piezas del puzzle sirviéndose de simbolismos y elementos como la banda sonora para ir tejiendo el mensaje que pretende transmitir (desde el cuerpo congelado del primer amor, metáfora desgarradora, al irónico tema elegido para el baile nupcial, “Happy Together” de ‘The Turtles’). Todo parece aparentemente sencillo, pero hasta los encuadres responden a la narración y Andrew Haigh se sirve de elementos bien escogidos, como en el caso de objetos y decoración. Tal vez algún espectador pueda encontrar el ritmo algo lento, sin embargo el film va adquiriendo según transcurren los minutos un interés añadido que termina en un final redondo. Mención aparte merece la interpretación de los actores protagonistas, en especial la de Charlotte Rampling, quien solamente a través de la mirada, en un trabajo comedido sin aspavientos transmite todo, en la que probablemente sea la mejor interpretación de su carrera.

EDUARDO M. MUÑOZ