lunes, 17 de octubre de 2011

MISTERIOSO ASESINATO EN MANHATTAN (MANHATTAN MURDER MYSTERY, 1993) de Woody Allen


Woody Allen no estaba pasando por una buena racha en 1992, pese a haber conseguido su película más taquillera hasta la fecha con Maridos y mujeres, una brillante radiografía sobre uno de sus temas fetiche: el mundo de la pareja. Su separación en el terreno personal (e inevitablemente en el profesional) de la que fuera su musa y pareja Mia Farrow fue un episodio desagradable para el cineasta neoyorquino, quien tuvo que seguir los consejos de sus propios personajes de ficción y refugiarse en el cine. El cuerpo le pedía hacer una comedia y de esta forma recurrió a Marshall Brickman, con quien había escrito los guiones de algunos de sus mejores films, como El dormilón (1973), Annie Hall (1977) y Manhattan (1979), para escribir con él el libreto de la que es, sin ningún género de dudas, una de sus joyas más preciadas: Misterioso asesinato en Manhattan.

La autoría de Allen suele transitar frecuentemente por esos lugares tan queridos de la cinefilia. En esta ocasión el homenaje se halla en Hitchcock y La ventana indiscreta (1954) como principal referente, además de Perdición (Billy Wilder, 1944), que sirve incluso de elemento narrativo explícito para la acción ya que los protagonistas la están viendo en un cine e influirá sobremanera en el personaje encarnado por  Diane Keaton.

La sospecha de Carol Lipton (Diane Keaton) de que se ha cometido un crimen en su vecindario, quien ha sido perpetrado supuestamente por su vecino Paul House (Jerry Adler), sirve a Woody Allen para hacer una brillante disertación sobre la esencia del matrimonio. Lo aborda desde la perspectiva que mejor domina, la del humor, pero su visión no está demasiado alejada de la de otros cineastas que han tratado el tema, como la de su admirado Ingmar Bergman en Secretos de un matrimonio (1973). Cuando Carol y Larry (Woody Allen) son invitados por sus ancianos vecinos a tomar café, a Carol le asalta después en su dormitorio un sentimiento que le hace replantearse si no son ya, ella y su marido, un matrimonio mayor y aburrido, en un homenaje al citado film de Bergman. Es precisamente el aburrimiento el detonante principal que consigue que Carol haga las veces de detective para intentar desvelar el misterio que tiene enfrente, puerta con puerta. Una forma de huir de su rutina con un marido con el que poco tiene en común.


Precisamente lo antagónico del matrimonio compuesto por Larry y Carol está expuesto desde el principio, cuando ella está aguantando estoicamente el aburrimiento que le supone ver un partido de hockey sobre hielo a cambio de que Larry acuda con ella a una ópera de Wagner, situación que crea una de los momentos más divertidos de la película, cuando Larry sale disparado de la ópera y cita la siguiente perlita: “No puedo oír tanto Wagner. Me entran ganas de invadir Polonia”.

Misterioso asesinato en Manhattan es una nueva vuelta de tuerca, por tanto, de su filosofía de siempre en torno al mundo de la pareja, como  ya hemos podido ver en tantas y tantas películas, cuyo exponente más explícito quizá sea Annie Hall (1977), donde al final del film la voz en off de Alvy Singer (Woody Allen) pone la puntilla sobre las relaciones humanas con ayuda de un chiste: «Un tipo va al psiquiatra y le dice: "Doctor, mi hermano está loco. Cree que es una gallina" Y el doctor le responde: "¿Por qué no lo mete en un manicomio?". Y el tipo le dice: "Lo haría, pero necesito los huevos". Pues eso, más o menos, es lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿saben? Son totalmente irracionales y locas y absurdas, pero... supongo que continuamos manteniéndolas porque, la mayoría, necesitamos los huevos».

En este sentido el misterio de la película no deja de ser un pretexto argumental, que si bien aborda la totalidad del film y constituye la trama principal, sirve de excusa para una nueva incursión en el tema favorito de Allen, el amor. El guión está construido bajo esta premisa y así el resto de personajes. Los roles creados por los talentos interpretativos de Alan Alda (Ted) y Anjelica Huston en el papel de una escritora, quienes repiten con Allen tras la magnífica Delitos y faltas (1989), son fundamentales al respecto. El interés mostrado por Ted desde el principio por resolver y crear postulados acerca del crimen le sirve de acercamiento hacia Carol, de quien siempre estuvo enamorado; de forma análoga, existe una pulsión evidente entre Larry y la escritora. En cuanto al resto de personajes, la pluma de Woody Allen no deja títere con cabeza al respecto. Su visión de la pareja es desoladora pero, eso sí, termina con un sabor optimista ajeno al pesimismo de Annie Hall.


Woody Allen nunca ha sido un gran director de cine, un gran creador de imágenes en el sentido estricto del término. Exceptuando Manhattan (1979), cuyo poderío visual trasciende al resto de su obra y probablemente sea su película mejor rodada, Allen basa en líneas generales toda su fuerza y talento en crear films de ritmo vertiginoso, dotando como nadie a sus maravillosos personajes de una excepcional verborrea, donde detrás de todo ello se esconde una historia en la que no cabe ningún fleco suelto ni ningún hilo descosido. Woody Allen es por eso, ante todo, un escritor, un creador de palabras, un narrador excepcional. Ahí está su clave y su secreto, su don, que brilla en Misterioso asesinato en Manhattan como uno de sus más ilustrados ejemplos. La forma de conducir el relato es admirable, gracias sobre todo a los giros de guión y a su brillante capacidad cómica, donde cada frase es un pequeño monumento a lo sublime.

Pero la maestría de Woody Allen en este film y en muchos otros se queda ahí, en su majestuosa habilidad narrativa. En el plató resuelve la mayoría de escenas únicamente con cámara en mano, la cual dota de realismo las situaciones pero acaba resultando repetitiva. La cámara de Allen se limita a seguir a los personajes de un lado para otro en lo que parece una completa aversión al plano-contraplano y a la estructuración de planos y secuencias tan típica del cine clásico americano. La casi completa ausencia de cortes dan al conjunto del film un tono teatral muy loable pero lejano a las grandes creaciones de los grandes maestros. No obstante, en el señor Allen no nos molesta. La brillantez de todo lo dicho, sobre todo del ritmo y de una dirección de actores magistral bastan para darnos cuenta de que Woody Allen ha sido y será uno de los grandes creadores de su tiempo y de toda la historia del cine.



Sin embargo en Misterioso asesinato en Manhattan hay una secuencia de cineasta con mayúsculas que prevalece sobre el resto, digna de ser expuesta dentro de lo mejor de la historia del cine. Un momento cinematográfico puro, loable e imprescindible para todos aquellos que deseen deleitarse con unos planos de impecable hechura. El momento en cuestión es la secuencia-homenaje a La dama de Shanghai (Orson Welles, 1947) con los espejos. De la misma forma que Welles, Allen utiliza éstos para multiplicar a sus personajes hasta el infinito y añade, además, la proyección de dicha película en un antiguo cine. El film de Welles, ficción dentro del relato de Allen, es utilizado como elemento transmisor de lo que sucede al otro lado de la pantalla, en el mundo real, en los caracteres y el mundo creado por el cineasta neoyorquino. Una brillante manera de utilizar elementos metacinematográficos que demuestran sobradamente su talla de genio absoluto. Una talla que desde su primer film como director, Toma el dinero y corre (1969), no ha hecho más que afianzarse año tras año, película tras película, guión tras guión.

EDUARDO M. MUÑOZ

2 comentarios:

CAROL LEDOUX dijo...

Divertidísima... Todavía me meo cada vez que la veo con las ocurrencias de estos "detectives" tan entrañables y eso que la he visto mil veces.

a mejor comedia de Woody con diferencia.

Besos.

Lo que Coppola quiera dijo...

A mí me pasa igual, no sólo con esta película, sino con todas las comedias de Woody Allen en general. Las he visto mil veces y me sigo riendo. La genialidad de este hombre es inagotable.